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Conciertos Rock & Metal

Por PJ Rojahelis.

 

Siempre me ha sorprendido lo que ocurre en el mundo cuando un músico se despide de la vida terrenal, hoy quizás mucho más que antes gracias a las redes sociales y la cantidad de  decesos ocurridos en el último tiempo, cosa muy triste por supuesto, pero me atrevo a hacer un análisis sin nombres, desde el impacto, la reacción, y el comportamiento de los medios, los fanáticos, y los no tanto.

Cuando algo como esto ocurre siempre es un día extraño, todas mis redes se vuelcan hacia un pésame de interminables horas, con sentidas palabras y algunas otras que parecen sacadas de algún meme o robadas del Twitter de un comentarista “taquillero”, lugares comunes quizás, al parecer es cierto eso de “No hay muerto malo”, eso suele crear un ambiente confuso, y a ratos un aire circense envuelve el real cariño de los fans, el legado musical, y la objetividad de algunos que en su necesidad de atención y expresión más parecen celebrar una suerte de navidad de los “likes” que un ferviente amor por la música del que ya no está.

La imagen del difunto artista colma todos los medios, incluso como música de fondo en el segmento de deportes de cierto canal de televisión, aparecen muchísimos fanáticos que no sabiamos que existían en las redes, gente a la que quizás nunca vimos publicar ninguna canción o imagen del interprete desaparecido repletan ahora las líneas de tiempo de todo el mundo, y una oleada de su música parece al fin haber cobrado todo el sentido que tenía, como si la muerte presionara un switch que al fin lleva sus canciones hacia la tierra prometida.

Cuando todo esto ocurre me pregunto ¿cuánta verdad hay en esto?, es como si sólo pudieramos apreciar el arte desde la desgracia y el sufrimiento, como si el valor sólo apareciera con el deseo de figurar, y el oportunismo fuera el motor para encontrar la razón en cada sonido y en cada texto. Aparece también la especulación, las teorías de conspiraciones varias y la reluciente ignorancia que ajusta al ídolo a su propia conveniencia.

En momentos como este leo cosas como “El Rock ha muerto” y se me revuelven las entrañas, porque si bien es cierto que se van perdiendo íconos, la música no muere jamás, siempre pienso que si alguien dice algo como eso simplemente se quedó atrás, lo que ha muerto no es el Rock, es algo dentro de esa persona lo que fallece, eso es lo que ya no lo deja ver más allá, y lo dejará celebrando viejas glorias mientras el Rock sigue su curso. Los nuevos artistas siguen recogiendo influencias para seguir el camino que se ha ido pavimentando, la música crece, progresa, se defiende, y se impone, nadie se sienta un minuto a pensar que tal vez cuando murió Lennon nuestros padres dijeron lo mismo, y algunos de ellos se quedaron ahí, escuchando el álbum blanco como lo más rockero de sus vidas, cerrando sus oídos a los que vinieron después, a los que continuaron desarrollando un estilo, o que crearon uno diferente desde ese legado, los que en sus propuestas integraron nuevos elementos y que hoy otra generación considera “clásicos del Rock”, pero a algunos les gusta coleccionar arrugas y crear la convicción de que todo tiempo pasado fue mejor.

Ahora bien, ¿qué pasa con los fanáticos?, a ratos me hacen sentir que somos una generación que adora los fantasmas, que quiere congelar la creación, que prefiere disfrutar la música desde un video con la seguridad de que jamás podrá vivir eso en vivo, amando lo imposible, añorando la posibilidad de haberlo hecho en vida, pero olvidando que hay otros que aún siguen de pie y que quizás llorará cuando se vayan, pero da lo mismo, siempre creen que habrá tiempo, ya habrá una oportunidad de verlos, ya existirá el día de compartir su música, llegará el momento de tomar sus letras y apreciarlas, pero ese instante muchas veces sólo llega cuando es demasiado tarde, es entonces cuando aparece la valentía de ser fan, las lágrimas de cocodrilo, y el aprecio olvidado por tanto tiempo, el deseo de homenajes, miles de versiones del éxito más representativo, y el amor inconmensurable que el artista parece jamás haber recibido de forma tan masiva.

La muerte de un artista es muy triste, y el sincero aprecio por ellos es algo maravilloso, pero estoy seguro que ellos lo necesitan y aprecian mucho más cuando están vivos, cuando se la juegan con un disco extraño, cuando lanzan su debut, o cuando aún son la banda del barrio que toca en el bar de la esquina.

El Rock no ha muerto, pero quizás tu si te has quedado dormido.

 

 

 

 

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