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Conciertos Rock & Metal

8 de Mayo, Movistar Arena

Nota : Freddy Veliz – Fotos: T4F – Bizarro

 

En 1992 Ozzy Osbourne anunciaba su retiro de los escenarios sin siquiera cumplir cincuenta años de edad, finalmente eso nunca ocurrió y continuó girando por el mundo y grabando discos. Ahora, 25 años después, al parecer es su despedida definitiva, no de los estudios, pero sí de los extendidos tours. El hombre cumplirá setenta años, y su vida no ha sido de las más pacíficas, eso es algo ampliamente conocido, pero los años pesan y probablemente Ozzy, o  John Michael Osbourne, el nombre con el que llegó a este mundo, siente que debe parar, al igual como lo decidiera Tony Iommi, su compañero y líder de Black Sabbath hace un tiempo atrás, despidiéndose con una gran gira, con la que los vimos actuar en el Estadio Nacional.

Esta vez, Ozzy Osbourne, decidió girar en solitario para despedirse también de los escenarios. Y su No More Tours 2 o Farewell Tour, tuvo su primera parada sudamericana en Chile  este 8 de mayo, en un atiborrado Movistar Arena. Ozzy es una verdadera leyenda, y era justo y necesario despedirlo como lo que es. En una primera instancia el concierto se desarrollaría en la Pista Atlética, lo que finalmente no ocurrió, y se trasladó al recinto ubicado en pleno Parque O’’Higgins, mismo lugar donde se presentó el 2011 por última vez en solitario.

Lo de ahora era especial, el llamado Príncipe de las Tinieblas vino a despedirse definitivamente de su público y lo hizo en grande. Con las primeras imágenes que repasaban la vida del legendario cantante proyectadas en una gran pantalla de fondo, en cuyo centro se apreciaba una gigantesca cruz que magnificaba el ambiente ritual, se le daba esa significancia retrospectiva del show, centrado en sus más clásicos álbumes, y por supuesto con algo de su repertorio junto a Black Sabbath. A las 21:30 se escucha la tradicional intro con O Fortuna (Carmina Burana) y el público se enfervorizó al instante, “Let the Madness Begin!” gritó Ozzy y comienza esta verdadera fiesta de heavy metal con el clásico “Bark At The Moon”, los asistentes saltan y corean con sus manos en alto, las voces retumbaban en el interior del recinto, mientras Zakk Wylde se desenvuelve con personalidad propia sobre el escenario, última vez que lo veríamos junto a Ozzy en Chile, y eso aumentaba aun más la importancia de este show.

Luego  en las penumbras se oían las primeras notas del teclado a cargo de Adam Wakeman (hijo del reconocido tecladista de Yes) para el clásico Mr. Crowley, con Zakk sacando fuego a las cuerdas con ese mítico solo inmortalizado en estudio por Rhoads. Wylde, pone de su cosecha y es ovacionado por el público. Por su parte Tommy Clufetos tras la batería, da golpes fuertes y certeros, contribuyendo junto a Rob ‘Blasko’ Nicholson (el bajista que alguna vez fue parte de Cryptic Slaughter, en sus tres primeros e históricos álbumes) a darle consistencia a una base rítmica explosiva. El set continúa sin muchas sorpresas, un repertorio muy similar a su último show en Chile, pero que al público parece no importarle, porque son clásicos que siempre queremos oír en directo, y ensordecernos con ese trallazo de guitarra aserrada de I’ Don’t Know, o esa primera mirada a Black Sabbath con la psicodelia pura de Fairies Wear Boots, durante la cual se proyectaban etéreas y coloridas imágenes en la pantalla, haciendo hincapié en el trasfondo lisérgico de un clásico imprescindible, son momentos que se atesoran en el corazón y la mente.

“Suicide Solution” y “No More Tears” continúan poniendo la nota alta, ver a Zakk Wylde tocando el segundo tema de estos, fue un privilegio que en lo personal, nunca pensé que alguna vez se cumpliría en nuestro país, un single que dio título a un álbum icónico de Ozzy junto al guitarrista, que se transformó en uno de sus primeros grandes clásicos de los noventas. Las revoluciones bajan con “Road to Nowhere”, no así las emociones, con el público moviendo sus brazos y coreando junto al frontman, que vocalmente cumple con lo esperado, no podemos exigir mucho a un cantante cuya voz nunca ha sido de las más prodigiosas, pero que finalmente posee un registro tímbrico único, y que lo han convertido en la leyenda que es.

Las sirenas suenan, y láseres rojos apuntan desde el escenario, es el clásico antibélico de Black Sabbath “War Pigs” que desata la locura, el fuego se proyecta en la cruz del centro y por las pantallas, fundiéndose con las figuras de los músicos, creando una atmósfera infernal, antes de que Ozzy se retire y deje a Zakk Wylde poseído con las seis cuerdas, que baja a la barricada y junto al público apostado en las primeras filas, ejecuta junto a sus compañeros quienes se mantienen en el escenario, un medley de canciones como Miracle Man, Crazy Babies, Desire y Perry Mason, siguiendo con un solo donde la guitarra la ubica en su espalda o la toca con sus dientes al más puro estilo Jimi Hendrix. Zakk Wylde sabe como entregar un espectáculo vibrante y potenciar un momento que sirve para rellenar, mientras ‘el jefe’ se toma un descanso. Tommy Clufetos toma la posta y se luce con un solo de batería, antecediendo a una de las sorpresas de la jornada, “Flying High Again”, un clásico de ‘Diary of a Madman’ que pocas veces la voz de Black Sabbath interpreta en vivo, y que funciona bastante bien como himno de estadio, al igual que Shot In The Dark y I Don’t Wanna Change the World, coreadas por los miles de fanáticos que llenaban cada rincón del Movistar Arena. Es indescriptible las emociones que se generan con esta invasión de grandes canciones, que están grabadas en el inconsciente de varias generaciones de rockeros a nivel mundial.

El tiempo pasa rápido y nos acercamos al final, y uno de los grandes himnos de la etapa solista de Ozzy mantiene el fervor, es “Crazy Train”, un favorito de gran parte de los fans del cantante, lamentablemente el característico riff del inicio, no se escuchó claro, pero eso poco importó entre el griterío de los fanáticos, que desgarraron sus gargantas con un track incombustible, antes de dejarse llevar por la sutileza y las emociones de “Mama, I’m Coming Home”. Ozzy sabe lo que la gente pide, y el mismo se encarga de realzarlo, agitando a la audiencia para pedir una canción más, el público obedece y el distintivo riff de “Paranoid” de Black Sabbath desata nuevamente la locura y el concierto culmina con la adrenalina elevada al máximo. La audiencia grita One more Song!. pero todos sabemos que es el fin, y la banda se despide, con Ozzy diciendo adiós a los escenarios que lo han visto vivir sus más paranoicas experiencias, un lugar que él mismo confiesa lo transforma, y que siente ser poseído por algo incontrolable.

Es difícil imaginarlo retirado, estas despedidas siempre generan dudas, Osbourne cumplirá 70 años, una vida que ha sabido de dulce y agraz, con excesos y malas costumbres, un verdadero sobreviviente de una camada de artistas que murieron o se retiraron. Él sigue en pié, dándolo todo en el escenario y entregado el máximo de sus capacidades. Ayer se vio incluso mucho más conectado con el público que en su despedida junto a Iommi y compañía. Por ahora solo nos queda dejarlo descansar, quien sabe que deparará el futuro, no tiene que rendir cuentas a nadie, lo hizo todo y nos ha legado un catálogo impresionante de buen rock. El dice que no quiere cambiar el mundo en una de sus canciones, yo le respondo, pero sí que lo ha hecho más entretenido.

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