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9 de abril 2017 | La Batuta

Nota: Freddy Veliz | Fotos: Pablo Fuente

 

Una jornada dominical fuera de lo común viviríamos este 9 de abril, La Batuta abriría sus puertas para que a  eso de las 20:00 horas, comenzáramos a vivir un encuentro musical donde el stoner y las atmósferas lisérgicas resonarían con fuerza en el legendario local ñuñoíno.

La ya veinteañera agrupación norteamericana The Atomic Bitchwax llegaba a Chile para debutar frente a un público leal que no afloja y llega en masa al recinto donde también tuvimos la oportunidad de disfrutar de la propuesta ofrecida por los penquistas Kayros, quienes llevan una década dedicados al más fiel sonido árido proveniente de la octava región.

Puntualmente a las 20:00 horas los chilenos se embarcan en una apertura donde las arrastradas guitarras nos sumergen en su eficaz y envolvente sonido. Stoner del más puro, sin aderezos extras, solo la convincente puesta en escena donde la música es la protagonista. Se respira honestidad en la agrupación que cuenta con una reciente placa de estudio titulada ‘Hombre de Piedra’ desde donde extraen gran parte del set presentado. Sin embargo, no dejan fuera parte de sus otras obras, temas como “LSD”, “Obituario” con David Véliz de Demonauta invitado en la guitarra, “Tierras Infértiles” o “Pozo Negro” de su álbum debut, van completando un show bien pensado para encaminarnos hacia el plato de fondo. Kayros proponen con solidez un trabajo que ha logrado notoria madurez, el género muchas veces es criticado por no salirse de un esquema que se torna repetitivo, pero los oriundos de Concepción, sin mayores pretensiones que su propia música, enganchan y captan la atención de un público que celebra sus creaciones, dotadas de instantes que nos invitan a un laberinto de sonidos lisérgicos y bastante sabáticos.

Luego de un breve intermedio, The Atomic Bitchwax, banda oriunda del estado de New Jersey es recibida entre aplausos por una Batuta repleta, mientras interpretan como introducción, el clásico “In the Flesh!” original de Pink Floyd, desde donde rápidamente continúan con “Stork Theme”, corte que abre el disco debut homónimo de 1999, así comienza un recorrido por gran parte de su discografía que comprende seis álbumes.

The Atomic Bitchwax, más allá de representar un género como el stoner, en su propuesta, donde abundan psicodélicos pasajes, fluyen además por terrenos del hard rock más clásico, incluso llegando a flirtear en ocasiones con una base emparentada con el metal. El trío que conforman el baterista Bob Pantella (Monster Magnet), el bajista y cantante Chris Kosnik (Monster Magnet, Godspeed) y el guitarrista y también cantante Finn Ryan (Core) se sienten a gusto en el escenario, y miran sonrientes a un público receptivo, que grita y levanta los puños acompañando cada verso que sale de la dupla de voces que tenemos enfrente, un detalle que marca el sello de la banda.

“Hang Me”, “45”, “Shit Ficker” o “Birth on Earth” son cortes que mantienen el peso  y dinámica de la presentación, Pantella se roba gran parte de la película con su precisa solidez en las baquetas, y el muro  indestructible de los riffs que se esparcen potentemente por nuestros oídos, disparados por Ryan, más el peso de las cuerdas graves provenientes del bajo de Kosnik, solo nos demuestran que el rock sucio , distorsionado y que nos invita a trips sonoros al más puro estilo de las bandas de los 60s, está vivo en bandas como los Atomic. Sonidos entre los que seguramente o mejor dicho, fehacientemente no presentan gran innovación, podríamos incluso acusar de un copy/paste de ideas concebidas hace mas de 45 años, cuando Hendrix, Jefferson Airplane, Blue Cheers, Cream o Pink Floyd, estos últimos homenajeados con In the Flesh (como les contamos en un comienzo) y “Pigs”, irrumpían en el mundo llevando el sonido del rock hacia otras dimensiones. The Atomic Bitchwax no hace más que rescatar ese legado, un rescate que tampoco es de su propiedad dentro de la historia del stoner, pero que se cohesiona sólida en el escenario y se conecta con los fanáticos. Un buen concierto con un trío que nos desafía a viajar sin necesidad de ayuda sicotrópica, solo llevados por los caminos virtuales de la música.

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