Hay algo extraño en que una banda vuelva cuando ya aprendimos a vivir sin ella. No porque haya desaparecido exactamente —los discos siguieron ahí, las canciones siguieron sonando, los nombres continuaron circulando entre quienes todavía guardan memoria de ciertas épocas—, sino porque el tiempo tiene esa costumbre de convertir a algunos artistas en fotografías. Old Man’s Child llevaba demasiado tiempo en ese estado. El proyecto de Galder, una de las figuras que ayudaron a darle forma al sonido extremo noruego de los años 90, pasó cerca de un cuarto de siglo lejos de los escenarios y, durante ese tiempo, su música quedó suspendida en un lugar bastante particular, lo suficientemente conocida para ser considerada una referencia, pero suficientemente ausente para adquirir ese pequeño halo de culto que tienen las cosas que ya no esperamos volver a ver. Ahora la fotografía se mueve. Return to the Throne Latin America 2026 puso nuevamente a Old Man’s Child en circulación y mañana, 22 de septiembre, Santiago será parte de ese regreso, en un Teatro Cariola que recibirá por primera vez a la banda. Y quizá lo más interesante no sea siquiera la palabra “regreso”, sino preguntarse qué significa que una música concebida hace tres décadas vuelva a enfrentarse a un público que vive en un mundo completamente diferente al que la vio nacer.
Porque reducir a Old Man’s Child al black metal sería quedarse con la carcasa y perder buena parte del asunto. Lo realmente interesante está en cómo Galder entendió la composición. En una época en que la música extrema podía medirse casi como una carrera por demostrar quién era capaz de sonar más brutal o lo sofucientemente perturbado para desbaratar la moral social, OMC introducía otra preocupación y era que la canción importara. Que después de la velocidad quedara una melodía y que debajo de la distorsión existiera una estructura en la que una guitarra pudiera ser agresiva sin renunciar a ser hermosa; que la atmósfera no fuera simplemente decoración, sino parte de la narración. Born of the Flickering, The Pagan Prosperity, Ill-Natured Spiritual Invasion y Revelation 666: The Curse of Damnation pertenecen a esa etapa donde el proyecto fue construyendo una identidad que hoy permite entender por qué su música puede ser relevante incluso para alguien que no se pasa la vida escuchando black metal. Hay algo profundamente musical en esa búsqueda y es la misma inquietud que ha movido a tantos compositores a lo largo de la historia — ¿puedo hacer que dos emociones aparentemente opuestas convivan en una misma canción?— aparece aquí disfrazada de guitarras afiladas, baterías violentas y voces desgarradas. Old Man’s Child no necesitó inventar la oscuridad, porque aprendieron a escribir dentro de ella.
Y después está Galder, que probablemente sea la razón por la que esta historia nunca terminó de desaparecer. Su trayectoria en Dimmu Borgir hizo que su nombre siguiera circulando mucho más allá del círculo específico de Old Man’s Child, mientras el proyecto original quedaba cada vez más cerca de convertirse en una pieza de archivo. Pero hay algo casi perverso en volver a abrir una puerta después de tantos años y es que ya no se puede volver exactamente al mismo lugar. La persona que escribió esas canciones no es la misma que las toca hoy, y tampoco lo es el público que las va a escuchar. Por eso esta gira resulta bastante más interesante que una simple operación de nostalgia. El regreso incorpora además a Tjodalv, baterista original de Old Man’s Child, haciendo que la formación en directo tenga una conexión física con aquella primera época. Y mientras el repertorio se concentra especialmente en los primeros discos, también existe material nuevo en desarrollo, lo que deja abierta una pregunta que me parece mucho más atractiva que cualquier discusión sobre “legado”: ¿qué hace un músico con una identidad que creó hace treinta años cuando tiene la oportunidad de volver a escribir desde ella? Repetirse sería fácil. Intentar sonar exactamente como 1997 también. Lo difícil es descubrir qué parte de aquella personalidad sobrevivió al tiempo y cuál necesita transformarse.
Si se quiere entender a Old Man’s Child desde la música y no solamente desde la etiqueta de género, hay que detenerse en la estructura de sus canciones. Galder trabaja el riff como unidad melódica y rítmica al mismo tiempo, utilizando progresiones de acordes, tremolo picking, intervalos disonantes y líneas de guitarra superpuestas para generar movimiento sin depender exclusivamente de la velocidad. En sus composiciones conviven recursos provenientes del black metal, el thrash, el death metal y ciertos procedimientos de tradición neoclásica, pero rara vez aparecen como piezas separadas, que se integran dentro de una misma estructura mediante cambios de densidad, alternancia entre pasajes de alta velocidad y secciones de tempo medio, figuras de doble bombo y capas de guitarra que permiten que una melodía continúe funcionando incluso cuando la base rítmica cambia. El teclado tampoco ocupa necesariamente el lugar protagónico que suele asociarse al metal sinfónico, en Old Man’s Child funciona muchas veces como timbre y profundidad armónica, reforzando determinadas progresiones o creando una segunda atmósfera alrededor del riff principal. Esa decisión resulta especialmente evidente en Slaves of the World, publicado en 2009 y hasta ahora último álbum de estudio de la banda, en donde allí Galder concentra prácticamente toda la composición y ejecución instrumental —guitarras, bajo, teclados y voces— mientras Peter Wildoer se encarga de las baterías, y el resultado muestra un sonido menos dependiente de las capas sinfónicas y mucho más apoyado en el peso de las guitarras, la percusión y los contrastes dinámicos. Escuchad con atención, toda la discografía funciona casi como una síntesis del lenguaje que Galder había desarrollado durante años, con la agresividad dejando de ser el objetivo y pasando a convertirse en una herramienta compositiva, mientras la melodía, el timbre, la dinámica y la repetición de motivos son los elementos que permiten que esas canciones tengan identidad propia.
Mañana, además, la historia no llegará sola. El escenario del Cariola reunirá a Hecate Enthroned, nombre fundamental del black metal sinfónico británico, y a Sol Sistere, representante chileno de esa vertiente atmosférica que ha encontrado en la melancolía, la expansión sonora y el paisaje una manera distinta de entender la música extrema. Y eso hace que la noche pueda leerse casi como un pequeño mapa de cómo un mismo impulso musical puede viajar, mutar y terminar hablando idiomas diferentes. Noruega, Reino Unido y Chile en un mismo escenario; tres aproximaciones a la oscuridad, tres momentos históricos y tres maneras de convertir ruido, melodía, textura y emoción en algo que pueda sostenerse durante una canción completa. Old Man’s Child llega con una gira que comenzó este mes en Latinoamérica y que contempla varias fechas regionales antes y después de Santiago, pero Chile tiene una particularidad grane, es su primera presentación en el país. No es entonces una banda que viene a cumplir una fecha pendiente dentro de una ruta interminable de conciertos. Es una banda que, después de años de ausencia, finalmente entra en un territorio donde su música hasta ahora solo había existido en audífonos, discos, archivos digitales y recuerdos ajenos.
Cuando Old Man’s Child toque mañana en Santiago, lo que durante veinticinco años fue posible escuchar esta música sin preguntarse demasiado cómo sonaría al otro lado de un escenario. Ahora esa pregunta tiene respuesta. Después de eso quedará lo importante, que ninguna biografía puede explicar, el volumen, el cuerpo recibiendo el golpe de la batería, una melodía que aparece donde uno no esperaba encontrarla, Galder tocando canciones que llevan décadas cargando con su propia historia y Tjodalv regresando a una parte de ella que parecía definitivamente archivada. Old Man’s Child no necesita demostrar que sigue siendo 1998; justamente el interés está en comprobar qué queda de aquella banda cuando el calendario le ha quitado casi todo lo que tenía alrededor. Mañana, Chile no solamente recibe una banda histórica del metal extremo: recibe una pieza musical que estuvo demasiado tiempo fuera de circulación y que ahora vuelve a respirar frente a un público que, probablemente, tampoco es el mismo que la escuchó por primera vez. Y eso, más que cualquier etiqueta de género, es lo que convierte este concierto en una historia que vale la pena contar.


















