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El resplandor que nos crió: KoЯn en Chile y la noche donde volvimos a encontrarnos con quienes fuimos

“Quizás por eso la noche tuvo algo tan difícil de explicar. Entre el frío, la multitud, las pantallas levantadas y la inmensidad del recinto, apareció de pronto esa vieja sensación que muchos creíamos perdida”.

La jornada había comenzado con los nacionales de Chances y su bella ejecución, que como siempre se eleva con la sorpresa de quienes los escuchan por primera vez o quienes ya reconocemos su inconfundible sello, que es el que le otorga su vocalista, Tam Rivas. Para luego continuar con Seven Hours After Violet, el proyecto encabezado por Shavo Odadjian, histórico bajista de System of a Down. Su presencia tenía un atractivo inevitable por el peso simbólico de Shavo dentro del metal alternativo de las últimas décadas, pero también por la curiosidad que genera una agrupación todavía joven intentando construir identidad propia. El show funcionó especialmente bien en los momentos más cercanos al deathcore y al metal moderno estadounidense, con breakdowns densos y una ejecución instrumental precisa. La banda mostró energía genuina y una intención clara de ganarse al público chileno desde la intensidad más que desde la nostalgia. Después llegó el esperado debut de Spiritbox y aquí ocurrió algo curioso. Aunque musicalmente el grupo estuvo impecable, gran parte del público respondió de forma contenida, casi distante, generando una percepción algo plana para quienes conocen el verdadero potencial escénico de la banda. Sin embargo, bastó que entraran sus composiciones más agresivas para que todo cambiara ligeramente. Courtney LaPlante posee uno de los guturales fry scream más reconocibles y técnicamente sólidos del metal contemporáneo, su capacidad para alternar registros melódicos cristalinos con explosiones vocales extremas sigue siendo impactante en vivo. Escucharla gritar fue, sencillamente, hipnótico. Más todavía cuando Mike Stringer comenzaba a lanzar esos armónicos artificiales filosos y disonantes que caracterizan tanto el ADN de la banda. Ahí apareció la verdadera esencia de ellos, pesada, emocionalmente incómoda, agresiva y hermosa al mismo tiempo. Quizás el público chileno todavía estaba guardando energía para KoЯn, quizás muchos no conocían suficientemente su repertorio, pero hubo momentos donde quedó clarísimo por qué Spiritbox se convirtió en uno de los nombres más importantes del metal moderno.

Hubo un instante, apenas se apagaron las luces del Parque Estadio Nacional, en que el frío dejó de sentirse como clima y empezó a sentirse como un flashazo en la cabeza. Miles de pantallas flotaban encendidas sobre las cabezas, grabando compulsivamente un momento que jamás iba a caber dentro de un teléfono. Chile esperaba a Korn como se espera a esos familiares que uno no ve hace décadas, pero cuya voz sigue viviendo intacta en alguna parte del cuerpo. Este concierto tan esperado era la reaparición de algo que había permanecido suspendido desde la adolescencia para muchos. Ese pequeño incendio interior que comenzó cuando escuchamos por primera vez “Blind” en un MP3 pirateado, en un Discman rayado o en la radio de una micro de camino al colegio. Y entonces ocurrió lo que veíamos tan lejano, Jonathan Davis salió al escenario con esa mezcla irrepetible y enigmática, sobreviviente y niño roto convertido en leyenda, y todo volvió a encenderse, lo cierto es que muchos pensamos no sobreviviríamos a la tempestad del publico y la infernal colisión de cuerpos, pero quien espero tanto por esto no daría un paso atrás sin disfrutar primero y creo que esa reflexión fue colectiva.

El setlist fue una obra maestra, un viaje colosal por todo el imaginario que nos ha cobijado hasta hoy y lo mejor de todo es que hubo ni intentos de maquillar el pasado con modernidad artificial. “Blind” abrió como se suponía debía hacerlo, con brutalidad seca, exacta, con ese golpe sincopado de Fieldy todavía capaz de alterar la respiración de miles de personas al mismo tiempo y ritmo. El sonido estaba calibrado con una precisión impresionante, los graves golpeaban el pecho sin embarrar las guitarras de Head y Munky, cuya afinación en A estándar baja continuó demostrando por qué KoЯn redefinió el lenguaje del metal moderno en los noventa. Cada riff sonó grueso, elástico, casi biomecánico, era como si todos estuvieramos con nuestros audífonos vacilando en presencia de la banda. “Twist” apareció como una anomalía deliciosa, ese minuto y medio absurdo y perturbador que sigue funcionando como un canto de los raros dentro de la historia del nü metal. Después vino “Here to Stay”, ejecutada con una contundencia en cuerdas que se sintió hasta la medula. Ray Luzier merece una mención aparte, porque su trabajo en batería no solo sostiene el show, sino que transforma cada transición en una detonación tan bien controlada que emociona. Sus dobles bombos durante “Got the Life” hicieron vibrar el suelo con una limpieza técnica admirable, incluso en un espacio abierto y complejo acústicamente como la explanada del Nacional.

Pero lo verdaderamente impactante fue observar cuánto creció la banda respecto a sus visitas anteriores a Chile. Muchos todavía guardamos la imagen de KoЯn en el Teatro Caupolicán el 2017, con una escenografía sobria, luces limitadas, la sensación de estar viendo a una banda gigantesca intentando comprimirse en un formato íntimo. Esta vez no. Esta vez aparecieron como lo que siempre fueron, nuestras estrellas fundacionales del metal contemporáneo. La estructura escénica estaba diseñada para envolver al público por completo, pantallas inmensas, visuales dinámicas, plataformas móviles, una iluminación sincronizada con cada cambio de intensidad y una dirección técnica donde absolutamente nada parecía improvisado. Incluso los silencios estaban calculados. En lo personal esperé tanto por el rugir de las guitarras de “Clown” y siento que superó incluso mi imaginación lo bien que se ejecutó ese gran himno de principios de los noventas…luego con “Did My Time” terminaron de romper cualquier resistencia emocional. Ahí ya no existía la distancia generacional ni la brecha entre canchas. Los adolescentes actuales convivían con adultos que crecieron escondiendo poleras de KoЯn para que no los retaran en el colegio, los recuerdos y las vivencias se alzaron como cantos y gritos en el frío cielo. Era hermoso observar cómo una banda que durante años fue tratada como un fenómeno pasajero hoy sostiene estadios enteros con absoluta naturalidad. El medley de “Shoots and Ladders” con el fragmento de “One” de Metallica fue uno de los puntos más finos de la noche. La ejecución estuvo cargada de tensión ambiental, especialmente gracias al trabajo textural de las guitarras, que transformaron el clásico de Metallica en algo espectral antes de regresar al caos tribal característico de KoЯn. Más adelante, “Coming Undone” incorporó el guiño a “Let’s Go All the Way” de Sly Fox, demostrando nuevamente esa habilidad tan propia de la banda para mezclar cultura pop, hip hop y metal sin perder identidad.

La sección media del concierto alcanzó una densidad emocional difícil de describir cuando “Reward the Scars” abrió un momento mucho más introspectivo, dejando ver a un Jonathan Davis menos teatral y más humano, casi recitando traumas sobre un escenario gigantesco dispuesto a canalizar todo. Después llegó “Cold”, pesada y elegante, sostenida por un trabajo de iluminación glacial que convirtió el recinto en una estructura azulada y fantasmal, ahí KoЯn demostró cuánto ha refinado su capacidad para construir aura sin perder violencia. “Twisted Transistor” irrumpió como una descarga infecciosa, con ese groove imposible que todavía suena adelantado incluso dos décadas después, mientras el público respondía como si hubiese esperado toda la vida ese coro. Pero fue con “Dirty” donde el concierto empezó a adquirir una dimensión distinta. La interpretación tuvo una crudeza impresionante, especialmente en las inflexiones vocales de Davis, quien arrastró cada frase con una tensión casi insoportable, acompañado por guitarras demenciales y un bajo que parecía emerger desde lo más profundo de la tierra. Y entonces apareció “Somebody Someone”, una canción histórica dentro del repertorio, la resurrección de una melodía antigua que muchos llevaban enterrada desde la adolescencia en la memoria. El riff cayó como una maquinaria oxidada reactivándose después de años, y de pronto miles de personas comenzaron a saltar con una desesperación hermosa, como si el tiempo hubiera colapsado para el deleite de todos. Durante esos minutos desaparecieron los celulares, el cansancio y el frío, sólo quedó esa conexión irrepetible entre una banda y las personas que crecieron sintiéndose fuera de lugar.

Y luego vino “Ball Tongue”. ¡Qué monstruosidad más maravillosa! Probablemente uno de los momentos más violentos y técnicamente fascinantes del concierto, en donde los cambios rítmicos imposibles, el groove enfermo del bajo y la interacción entre Davis y el público hicieron que el lugar completo pareciera retroceder directamente a 1994. Con un encore construido con inteligencia emocional y pensado para los fans de verdad, “4 U” funcionó como un momento ceremonial antes de la descarga final del hermoso punteo de “Falling Away From Me”, canción que nos elevó durante su ejecución y nostrabsporto a ese lugar que guardamos tantas veces como refugio…luego la magnificencia de “A.D.I.D.A.S.” y “Freak on a Leash” se hicieron presentes, convertidas en himnos solemnes de las generación X, de los millennials y aquellos principiantes del nuevo mundo. Ver a miles de personas gritando cada sílaba del scat vocal de Jonathan Davis no se sintió como nostalgia vacía carente de sentido, fue una travesía que nos brindó la chispa para seguir aquí respirando.

Quizás por eso la noche tuvo algo tan difícil de explicar. Entre el frío, la multitud, las pantallas levantadas y la inmensidad del recinto, apareció de pronto esa vieja sensación que muchos creíamos perdida. Esa pequeña luz que nació cuando éramos niños raros, adolescentes confundidos o jóvenes demasiado sensibles intentando sobrevivir al mundo. KoЯn no vino únicamente a tocar canciones y retirarse en silencio, porque dentro de sus filas también había uno de los nuestros, su bajista Ra Díaz, vino a recordarnos que seguimos aquí siempre esperándolos para demostrar cuán importantes son para nosotros y que, pese al tiempo, todavía queda fuego debajo de toda esta adultez letargosa. 

📸 @guilleasalazar
📸 @estricolor

Written By

Editora y Creadora de Contenido en iRock. Leal servidora del Rock, el Metal y los sonidos mundanos. Conductora en "La Previa" y Co-conductora en "Rock X-Files". | Mail: litta@irock.cl

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