Live Review Internacional

Candlebox en Santiago: La conexión real que lo cambió todo

Un show sólido en ejecución, pero marcado por algo más profundo: una forma de conexión con el público que transformó completamente la experiencia.

Lo de Candlebox en el Teatro Coliseo no se explica solo desde la música. Hubo algo en la forma en que la banda se relacionó con el público que terminó por definir completamente la noche.

Desde el inicio, con Arrow y Simple Lessons, quedó claro que el grupo mantiene una solidez indiscutible. El sonido es compacto, bien equilibrado, con una ejecución que no deja espacios débiles y que sostiene el set con naturalidad a lo largo de todo el recorrido.

La base instrumental funciona con precisión. Adam Kury aporta un bajo firme y constante, mientras que BJ Kerwin impulsa desde la batería con potencia y control, destacando especialmente hacia el final con un solo que elevó la intensidad del concierto a un nivel impresionante. En guitarras, Peter Klett combina solidez técnica con una cercanía evidente, reforzada por el trabajo de Island Styles, que completa un sonido cohesionado y sin ninguna grieta.

Hasta ahí, todo responde a lo esperable de una banda con trayectoria. Pero en este caso, eso no alcanza para explicar lo que pasó. El centro de la noche estuvo en Kevin Martin.

Desde lo vocal, se mantiene en un nivel notable. Su voz conserva el carácter, la intensidad y ese filo propio del sonido de Seattle en cada canción, con una energía que no da señales de desgaste. Pero quedarse en eso sería, en este caso, quedarse corto. Porque lo que realmente marcó la diferencia fue otra cosa.

Es una forma de estar en el escenario que no es habitual. Lejos de la distancia habitual con acercamientos mínimos como parte de la “obligación de interactuar”, Martin la elimina. No como gesto puntual, sino como una actitud constante que atraviesa todo el show.

El contacto con el público fue permanente: acercándose a la barricada, interactuando sin filtro, firmando todo lo que llegaba a sus manos -desde objetos personales hasta situaciones completamente improvisadas- y generando momentos que rompían cualquier lógica de concierto tradicional.

No se trató de un par de guiños. Fue una disposición total.
Hubo gestos que lo resumen con claridad: hacer circular objetos entre los músicos en plena canción para devolverlo firmado por toda la banda, detener el flujo natural del show para responder a lo que ocurría abajo del escenario, o simplemente quedarse el tiempo necesario para que ese vínculo no se sintiera forzado.

Una experiencia que cambia todo. Porque lo que se construyó no fue solo un concierto, sino una sensación de cercanía real. No hubo distancia entre escenario y público, sino una especie de punto común donde todo empezó a funcionar como una sola cosa: la banda, la gente, incluso quienes estaban detrás del escenario.

Y es en ese punto donde el espíritu del grunge deja de ser una referencia y vuelve a sentirse como algo vivo. No desde la nostalgia, sino desde la forma en que se experimenta el momento.

El cierre con Far Behind, incluyendo un guiño a The Jimi Hendrix Experience, y la respuesta del público en canciones como You o Rain, terminaron de confirmar esa conexión. Pero más allá del repertorio, lo que quedó fue otra cosa.

Porque cuando una banda de esta trayectoria logra generar ese nivel de cercanía sin convertirlo en recurso, sino en una forma genuina de estar, el resultado deja de ser solo un buen show. Se convierte en algo difícil de repetir.

Candlebox
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