Nota: Litta | Fotos: Sebastián Domínguez
La noche de Unholy Trinity se corona como el festival de la fe invertida, un manifiesto sonoro en el que el satanismo, lejos de ser caricatura, se alzó como estandarte de libertad. Como dijo Glen Benton con una convicción que traspasaba la piel: “Esto es por Satán”. Y en esa frase no había mero escándalo, sino la revelación de un imaginario extremo donde la naturaleza humana puede mostrarse sin tapujos ni cadenas, donde lo inexplicable y lo inaceptable encuentran su cauce. El metal, en su forma más abrasiva y sacrílega, se convierte en la herramienta perfecta para esculpir esas visiones, tan brutales como bellas, tan insondables como el rugido de un riff que abre grietas en la moral establecida. Allí, en esa comunión blasfema, lo prohibido se volvió creación, y sonó más vivo que nunca.
La noche se abrió con un conjuro que vino desde lo más profundo de las catacumbas nacionales, Diabolvs. Con un despliegue crudo, implacable y sin concesiones, el grupo chileno se convirtió en la primera chispa que encendió la hoguera. Su sonido fue un filo en la oscuridad, directo, enérgico y lleno de esa rabia genuina que sólo puede nacer de un territorio donde el metal se cultiva como lenguaje. Los riffs sonaron como dagas, dejando claro que el suelo patrio tiene guerreros dispuestos a defender la blasfemia con uñas y dientes, incluso si el publico no es numeroso, canda ovación fue multiplicada por el orgullo. Luego, desde Polonia, emergió Nidhögg, trayendo consigo una atmósfera helada, casi bélica, que contrastó con la rudeza visceral de los chilenos. Su presentación fue como contemplar un ejército nórdico marchando en cámara lenta hacia la destrucción, frialdad inmutable y un despliegue que no buscaba agradar, sino más bien imponerse. El público, que aún estaba en su etapa de calentamiento, se encontró frente a un muro sonoro que preparó el terreno para lo que estaba por venir, cerrando su presentación con un poderoso cover de “Territory” de Sepultura, agitando así a las hordas.
Y entonces llegó el turno de Deicide. Glen Benton, ese profeta del anticristo que se niega a bajar la guardia, se plantó con la furia de un general en campaña. El setlist fue una procesión de herejías clásicas, “When Satan Rules his World ”, “Once Upon the Cross”, “Satan Spawn, the Caco-Daemon”, “They are The Children of The Underworld”, “In Hell I Burn” y “Scars of the crucifix” se convirtieron en letanías de guerra. La banda sonó brutal, afilada y sin concesiones, logrando que cada palabra blasfema rebotara contra las paredes como un eco maldito. En su segunda arremetida, Benton y los suyos invocaron himnos que hicieron temblar el suelo, “Dead by Dawn” y “Homage for Satan” cerraron el ritual con violencia inhumana. El mosh de cancha, incansable, parecía no obedecer a las leyes humanas, era la encarnación misma de esas quimeras luciferinas, un torbellino de carne y furia que canalizaba la energía de todos los cuerpos en movimiento. Deicide arrasó y ofreció un espectáculo demencial que fácilmente podría estar dentro de lo mejor del año 2025 .
El epicentro de la jornada no solo se libró sobre el escenario, sino que también se desbordó hacia las afueras, como si las invocaciones blasfemas hubiesen encontrado eco en la ciudad misma. Disturbios, forcejeos y sirenas recortaron la noche, tiñendo el aire de un caos paralelo al que rugía dentro. Fue como si la violencia sonora de las bandas hubiera fracturado los muros del recinto y liberado demonios en carne viva, un espejo brutal de la furia que el metal despierta cuando se vuelve ritual colectivo. Dentro, en contraste, el espectáculo vivió un extraño fenómeno. ya que tras la descarga implacable de Deicide, las galerías comenzaron a vaciarse lentamente, dejando un vacío espectral que revelaba cómo buena parte del público había llegado con un único objetivo, ser testigos de la masacre comandada por Glen Benton. Aquella retirada, casi silenciosa, otorgó un aire fantasmagórico a la segunda mitad del festival, donde los que permanecieron se sintieron parte de una congregación más íntima y selecta.
Lo destacable también es que ni Deicide ni Behemoth necesitaron grandes decorados para sostener semejante energía. La escenografía era mínima, apenas sugerida, y la iluminación funcionaba como un telón austero que dejaba toda la carga al sonido. Y allí estuvo magistral, cada instrumento sonó con una perfección quirúrgica, sin fisuras, sin desbordes innecesarios. No había artificios que ocultar; lo que se ofrecía era la verdad desnuda del metal en su máxima crudeza. Cada golpe de batería, cada riff, cada alarido era un puñal de acero entrando directo al cráneo, una violencia sonora que no requería maquillaje para ser devastadora. Fue esa austeridad, paradójicamente, la que amplificó la grandeza de lo vivido.
Pero si lo de Deicide fue un ataque frontal, lo de Behemoth fue la construcción de un imperio sonoro. Con “Ora Pro Nobis Lucifer” y “Demigod” como pilares de su entrada, Nergal se erigió como un sumo sacerdote que no predica, sino que dicta sentencia a sus multitudes. La banda desplegó un setlist monumental donde “Conquer All”, “Ov Fire and the Void” y “Bartzabel” se sintieron como capítulos de un grimorio vivo. El público, ya mermado en número, encontró en esas canciones una liturgia imponente, que combinaba teatralidad con la precisión marcial de un ejército en trance. La última fase del ritual behemothiano fue directamente devastadora, “Wolves ov Siberia”, “Pale Horse”, “Chant for Eschaton” y ” O Father O Satan O Sun!”, sellaron la noche al estilo de un pacto de herejía.
Negra y compañía, con cada gesto, con cada rugido, parecían invocar no solo al público, sino a algo más allá de nuestro umbral terrenal, como si buscara que el propio infierno respondieran al llamado. Fue la culminación de una jornada épica que no necesitó adornos ni artificios, porque bastaba con la fuerza de la música misma para aplastar y elevarse a la vez. El escenario de Behemoth se erigió como un altar profano donde cada gesto, vestidura y movimiento se transformó en símbolo de un mandato oscuro, en la que lo visual dictaba el pulso del rito, con los músicos desplazándose como sombras conscientes de su poder, envolviendo al público en una ceremonia que no admitía escapatoria y donde arte y abismo se fundieron en un solo acto irrepetible.
La velada terminó como había comenzado, con la certeza de haber sido parte de un ritual donde cada banda ofreció una pieza de un todo mayor. Desde el filo crudo de Diabolvs hasta el reinado colosal de Behemoth, pasando por la carnicería absoluta de Deicide y la frialdad guerrera de Nidhogg, Unholy Trinity fue, en verdad, una congregación de quimeras, pertenecientes a un ejército luciferino que dejó su huella en la tierra, en los huesos y en la memoria de todos los asistentes.


















