Por: @jeff.qlo
Anoche llegaba la despedida de una de las bandas más emblemáticas del punk, The Adicts aterrizaba en Chile con su “Adiós Amigos Tour”, marcando un cierre que muchos sabían que no iba a ser simplemente un concierto más. Había algo en el ambiente que anticipaba intensidad, emoción acumulada, nostalgia y también tensión. Porque antes de que empezaran a tocar, afuera del Teatro Coliseo, el caos ya había comenzado.
Una multitud agolpada, desordenada, con la peligrosa práctica de la avalancha como detonante, terminó por desbordar la situación. La llegada de fuerzas especiales, el guanaco y los gases lacrimógenos convirtieron la previa en un escenario áspero, casi contradictorio con lo que se suponía sería una celebración.
Afuera, gente corriendo, tosiendo, lanzándose agua en la cara para poder respirar, mientras que adentro, una espera tensa, con media hora de retraso que se sentía eterna. Ni siquiera los guardias escaparon de quedar empapados, mientras la incertidumbre se mezclaba con la ansiedad.
Pero todo eso se quebró en el momento exacto en que la banda apareció en escena.
Lo que vino después fue una liberación total. Como si todo el peso de lo ocurrido quedara atrás en un segundo, el público se entregó por completo. The Adicts, con más de cuatro décadas de trayectoria desde finales de los 70, no necesitaba presentacion, su presencia bastaba. Era historia viva del punk, pero también una forma distinta de entenderlo, más teatral, más festiva, casi como una obra que se desarma entre risas, caos y energía cruda.
Había de todo y por haber, parejas abrazadas, niños sobre los hombros, gente mayor que probablemente los seguía desde sus primeros años, y jóvenes que los descubrían en este mismo momento. Distintas generaciones compartiendo un mismo pulso, algo que pocas bandas logran generar con tanta naturalidad.
El segundo tema, “Joker in the Pack”, fue el punto de quiebre definitivo. Los que estaban atrás, observando con cierta distancia, fueron absorbidos por el mosh que ya no se detendría en toda la noche. La bengala, infaltable en este tipo de festividades, terminó de darle ese carácter fiesta, casi cinematográfico, donde la música no solo se escucha, se vive con el cuerpo completo.
El show avanzaba como una especie de carnaval, el punk también puede ser celebración, juego, espectáculo. Globos cayendo, serpentinas flotando, sonrisas cruzadas entre la banda y el público. Todo se sentía genuino, sin pretensión, como si ese momento fuera único e irrepetible.
Y en medio de esa energía desbordada, llegó uno de los instantes más íntimos de la noche. Cuando Keith Warren tomó un corazón en sus manos y comenzaron los acordes de “I Am Yours”, el ambiente cambió por completo. Fue un quiebre emocional. Parejas bailando entre la multitud, una bengala encendida, todo muy poético.
Ahí, entre luces, humo, risas y sudor, The Adicts demostró por qué su legado trasciende. Nunca fueron la banda más agresiva ni la más política dentro del punk, pero sí una de las más auténticas en su propuesta, en la que establecieron transformar la rabia en celebración, el caos en espectáculo y la despedida en un momento que, lejos de ser triste, se sintió profundamente vivo.
Y cuando todo terminó, no hubo una sensación de cierre inmediato, sino algo más extraño, más profundo. Como si nadie quisiera aceptar del todo que ese había sido el último momento junto a The Adicts en Chile. Porque no se iba solo una banda, se iba una forma de vivir la música, esa mezcla de caos, alegría y teatralidad que convirtió cada show en un recuerdo imborrable. Las luces se encendieron y la banda seguia despidiéndose de la audiencia, como si ellos tampoco quisieran despedirse, pero le decian adiós a todos sus amigos que los acompañaron por tanto tiempo.


















