Editorial
Desafíos para el 2026: El público cambió y los conciertos también deberán hacerlo
El cambio profundo exige mirar con honestidad los desafíos que enfrentaremos en 2026, no desde el miedo ni desde el alarmismo burocrático propio de quienes jamás han pisado una cancha o han estado dentro de un pogo, sino desde una comprensión de lo culturalmente significativo que es ese público que, en cierto sentido, no quiere solo ver el show sino más bien quiere ser parte de él.
Si algo dejó claro el año 2025 en la escena de conciertos, es que la relación entre público, producción y medios ha cambiado radicalmente. La audiencia especialmente en los espacios del rock y del metal ya no es un receptor pasivo que solo disfruta como espectador. Se ha transformado en un sujeto activo que reconfigura el sentido del espectáculo, que interpela los límites normativos, que crea su propio lenguaje de experiencia colectiva y que reclama un lugar legítimo en la construcción misma del evento musical, haciendo incluso su propio espectáculo como lo vivido en conciertos gigantes. Por eso resulta imprescindible revisar una de las escenas que marcó con fuerza la memoria colectiva de 2025, las imágenes que circularon masivamente en redes sociales de asistentes escupiendo y portando fuego en medio de los mosh pit durante distintos conciertos en Chile, protagonizadas por un “fan” que, para muchos, ya formaba parte de una tradición no oficial de la escena. Lejos de ser un acto aleatorio o meramente provocador, este gesto puede leerse como una expresión identitaria profunda, una metáfora visceral del deseo de pertenecer y de empujar los límites del aquí y ahora del concierto, sin embargo, cuando los medios optan por reducirlo al sensacionalismo —enfocándose únicamente en el riesgo y despojándolo de todo contexto cultural— se clausura la posibilidad de un diálogo honesto entre producción, público y sociedad civil, profundizando un quiebre que potencia negativamente la estigmatización de las tribus culturales, porque al final del día solo quienes habitamos y vivimos la experiencia del concierto somos quienes contamos con un veredicto genuino sobre lo que allí ocurre, y esa verdad no admite atajos ni simplificaciones.
El caso del joven conocido como Demon Essence, quien se hizo conocido por escupir fuego en conciertos y que recientemente anunció su retiro debido a la polémica y la presión institucional, es un ejemplo paradigmático. Él mismo explicó que sus actos no buscaban fama ni protagonismo, sino una forma de expresión que lo conecta con su propia historia y con una comunidad cultural específica. The Clinic. Peor aún, cuando las autoridades o ciertos medios simplifican esta conducta como un peligro sin interlocución cultural, se instala una lógica de criminalización que no sirve a nadie. La clave no está en pensar que estos actos sean intrínsecamente buenos o malos, sino en entender qué significan, por qué ocurren y cómo podemos construir junto a la escena una convivencia más consciente y responsable.
Pero ¿cómo educamos al público sin domesticarlo? La discusión sobre los mosh pits y otras expresiones intensas en conciertos no puede desligarse de décadas de diálogo —explícito e implícito— entre productores, artistas y comunidades de fans, donde la propia cultura rockera ha construido códigos no escritos que han funcionado en relativa armonía por años. Todos sabemos que si alguien cae, se le levanta, pues la violencia no es el objetivo, sino la catarsis compartida, sostenida por un fuerte espíritu de ayuda mutua incluso en la vorágine del pit. Algo similar ocurre con las bengalas, sin intención de defender su uso, es innegable que también existen códigos colectivos que regulan cuándo y cómo se encienden, supeditados al consentimiento del grupo y a las condiciones del entorno, y cuando estas no son óptimas, muchas veces el propio público se adapta y desiste, no es casual que en Chile no se hayan registrado tragedias como la de Cromañón, considerando además que aquí se utilizan bengalas de luz intensa y no bengalas náuticas —como la que provocó la catástrofe en Argentina—, sumado a contextos de seguridad profundamente distintos, con recintos que, en su mayoría, cuentan con señalética adecuada, múltiples vías de evacuación y protocolos estrictos de autorización, fruto también de aprendizajes dolorosos de nuestro propio pasado, como la tragedia ocurrida en el show de Doom, que marcó un antes y un después en la conciencia colectiva y en la forma de habitar estos espacios.
Pero también es innegable que, cuando la intensidad no va acompañada de educación cultural explícita, los mismos gestos que históricamente han sido símbolos de comunión y entretención intensa pueden transformarse en prácticas que dañan a la comunidad. No basta con reforzar vallas, aumentar guardias o repetir protocolos técnicos de seguridad pensados desde una lógica externa a la escena, el verdadero desafío para este 2026 es articular seguridad con pedagogía cultural, antes, durante y después del concierto. Educar no es reprimir, es ofrecer marcos de sentido compartidos que expliquen por qué el pogo existe, qué valores lo sostienen, dónde están sus límites y cómo se cuida al otro sin apagar la energía del momento. Un público consciente no pierde fuerza, la canaliza. Y es aquí donde la producción cumple un rol ineludible y no puede limitarse solo a administrar los riesgos, debe asumirse como mediadora cultural entre los actores de cada evento. Códigos de conducta visibles, mensajes previos que hablen de cuidado mutuo, mensajes en off institucionales que no solo anuncian prohibiciones sino que convoquen a la empatía, al respeto y a la memoria de escena, son herramientas que ya han demostrado su eficacia en festivales internacionales. Cuando estas guías no se presentan como imposición sino como pacto colectivo —como ocurre en varios eventos documentados por plataformas especializadas— se genera una convivencia que no domestica la experiencia, sino que la fortalece. La seguridad, entendida así, deja de ser una amenaza al goce y se convierte en una extensión ética de la propia cultura del rock y el metal.
Si observamos con detención los conciertos de 2025, resulta imposible separar esa necesidad de educación y cuidado del contexto emocional que atravesó a la escena, un año marcado por pérdidas simbólicas profundas, como la muerte de Ozzy Osbourne que no fue solo la partida de una figura histórica, sino también la confirmación de que nuestros padres culturales, aquellos pioneros que rompieron el molde cuando todo parecía estar en contra, están desapareciendo. Con ellos se va una parte de nuestra memoria viva, y ese vacío no es inocuo, este remueve identidades, provoca duelos masivos y reconfigura la forma en que el público se posiciona frente a la escena. No se trata de una pena paralizante, sino de una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué hacemos ahora con ese legado? El desafío no es conservarlo intacto ni reproducirlo como dogma, sino construir nuevas genealogías contraculturales que dialoguen críticamente con el pasado. Esa tensión —entre tradición y reivindicación, entre libertad expresiva y cuidado colectivo— atraviesa hoy cada recital. En un escenario saturado de modas mainstream, estéticas vaciadas de contenido y discursos que glorifican el individualismo, ser parte del rock y el metal exige una conciencia distinta, en donde comprender que pertenecer a esta cultura implica responsabilidad, memoria y proyección es un avance importantísimo. No es mirar hacia atrás con melancolía, sino hacia adelante con criterio, sabiendo que lo que hoy cultivemos como público será el suelo sobre el que se parará la escena del mañana.
El rol de ciertos medios oficiales en 2025 fue revelador, algunas coberturas presentaron comportamientos extremos de asistentes como algo peligroso o incluso antisocial, reforzando estigmas que ya han perseguido históricamente a tribus culturales alternativas. Esto ocurre en un contexto global donde nuevas olas conservadoras buscan normar conductas, desacreditar culturas juveniles y proteger una idea de orden que no siempre se corresponde con la realidad de los espacios artísticos. Frente a esto, nuestra respuesta no puede ser defensiva, ni idealizante. Debe ser crítica, fundamentada, articulada desde adentro de nuestro espacio y hacia la sociedad entera. Defender nuestra escena implica poner en valor nuestra historia, nuestras formas de cuidado, nuestra ética de comunidad y la creatividad con la que hemos sabido construir significado en cada concierto. También es urgente abrir una reflexión honesta sobre el uso de los celulares en los conciertos. No solo porque resulta incómodo —y muchas veces frustrante— mirar el escenario a través de una muralla de pantallas, sino porque la imagen que proyectamos como público habla de cuánto estamos realmente habitando la experiencia. La contaminación visual que dejan los teléfonos en alto empobrece el registro colectivo y desvirtúa la energía del momento, está bien capturar 20 o 30 segundos como recuerdo, pero grabar una canción completa es innecesario y, francamente, una conducta ridículamente desconectada del sentido del show. Hoy existen medios y equipos profesionales dedicados a documentar los conciertos, confiar en ellos también es un acto de respeto hacia la música, hacia los artistas y hacia la comunidad que está allí para vivir —no archivar— el espectáculo.
Caminar hacia un 2026 más consciente no solo es posible, sino necesario, y exige una evaluación permanente de nuestras prácticas como escena y como comunidad ha demostrado históricamente una enorme capacidad de autorregulación, de creación de sentido y de cuidado mutuo incluso en los momentos de mayor euforia, pero también ha quedado en evidencia que esa autorregulación requiere hoy herramientas explícitas de educación, diálogo real con las productoras y políticas de seguridad que no anulen la agencia del público ni pongan en riesgo vidas y en ese cruce, la industria del espectáculo tiene la responsabilidad de incorporar códigos de conducta claros y construidos junto a la comunidad, de educar antes y durante los eventos sobre lo que implica habitar una experiencia intensa, de generar territorios seguros dentro de los recintos donde la energía pueda expresarse con conciencia, y de escuchar como interlocutores válidos a los agentes de la escena —desde bandas locales hasta fans con trayectoria—, mientras que el público, por su parte, enfrenta el desafío de reconocer su enorme fuerza simbólica sin renunciar al cuidado colectivo, sosteniendo una escena viva sin reproducir dinámicas que solo conducen a la estigmatización, en este sentido, 2026 se abre como una oportunidad histórica no para domesticar la pasión ni neutralizar el impulso expresivo, sino para integrarlos en una narrativa cultural que reconozca al público como actor central, portador de una ética comunitaria y de una responsabilidad compartida, entendiendo que un concierto no es solo una sucesión de canciones ni un conjunto de protocolos, sino un espacio de memoria afectiva, de construcción de sentido y de comunión radical entre cuerpos, energías y significados, donde, si asumimos esa profundidad, los eventos no solo serán más seguros, sino también culturalmente más ricos, más dignos y más vivos, porque un público que sabe quién es, de dónde viene y por qué está ahí no puede ni debe ser domesticado, sino escuchado y convocado como protagonista del proceso sociocultural que estamos construyendo juntos.