Por @jaime_gonzalez_vocalista | Fotos @brutal_pebre_
Pareciera que el narrador de la historia de Chile fuera un experto en crear situaciones especiales. En Santiago, el inicio del otoño marcaba un cambio de estación y también de ánimo, la lluvia caía persistente, envolviendo la ciudad en un velo gris que daba la impresión de estar preparado para la ocasión. La antesala meteorológica era el escenario perfecto para una jornada donde la introspección, la melancolía y la oscuridad tomarían forma. Bajo ese clima, las puertas se abrían para recibir a quienes venían a vivir música y sumergirse en ella.
MORTAJAS:
Desde Villa Alemana, Mortajas se ha ido posicionando como una de las propuestas más densas y reflexivas del doom nacional. Formados en 2020 y profundamente arraigados en el existencialismo como eje lírico, su música busca instalar una sensación y carga emocional que se arrastra como una sombra. Y anoche tuvieron una apertura que pretendía sumergir lentamente al público, en una introspección pesada, incómoda, pero necesaria.
Su inicio con “Miedo y dolor” hizo que el ambiente se volviera espeso, como si el aire mismo adquiriera peso. La banda avanzaba con la lentitud característica del doom, donde sus notas parecen pensadas para quedarse suspendidas en el tiempo. La presencia de Daniel Pérez en el bajo era imposible de ignorar, firme, dominante, marcando una columna vertebral que sostenía toda la estructura con tremenda autoridad. En “Caretas”, uno de los puntos más altos del set, las armonías vocales emergieron con fuerza, generando un contraste entre lo humano y lo desgarrado, como si distintas voces internas dialogaran en medio del colapso. “Liber elgis” continuó profundizando esa sensación de viaje sin retorno, una especie de descenso consciente hacia territorios emocionales más oscuros, hasta llegar a “He perdonado”, para lograr una calma inquietante.
El público, lejos de la euforia inmediata, se mostró respetuoso, atento, completamente absorbido. No era un show para gritar, sino para sentir en silencio. Y en ese contexto, con un Teatro Cariola que ya mantenía un gran marco de público producto del sold out, Mortajas logró algo difícil en una apertura, dominar el ánimo sin necesidad de velocidad ni estridencia. Como ellos mismos nos señalaron, la jornada marcaba el cierre de un ciclo y el inicio de una nueva etapa. Y si este fue el umbral, lo que viene promete ser aún más profundo, más oscuro y más honesto.
MOURNERS LAMENT
Con más de dos décadas de historia forjada entre ausencias, quiebres y retornos, MournersLament representa una de las expresiones más honestas del doom/death nacional. Nacidos en Viña del Mar en 2004, su propuesta es densa, oscura y profundamente humana. Sus composiciones se construyen desde la pérdida, la lucha interna y el peso invisible que deja el paso del tiempo sobre las emociones no resueltas. Con Mortajas se había abierto una grieta introspectiva, ahora con Mourners Lament se transformaba en un abismo.
Abrieron con “Towards Abandonment”, desplegando una densidad en sonido implacable, muy nítido y perfectamente definido que permitía apreciar cada capa de su propuesta. “Sadness Caress” profundizó la sensación de dolor. En “Slumbers”, la atmósfera se volvió aún más envolvente, con pasajes que parecían suspender el tiempo, mientras las guitarras y secuencias usadas tejían un paisaje lúgubre y melancólico. Aunque fue en “Mass Eulogy” donde todo terminó de converger, una ceremonia fúnebre, donde la banda alcanzó uno de sus puntos más altos de intensidad emocional.
Gran parte de este peso recayó en la interpretación de Alfredo Pérez, cuya voz se movía entre guturales profundos, desafiantes y momentos más contenidos, cargados de una tristeza densa que se filtraba en cada palabra. El público, ya con el recinto casi lleno, se mantuvo absorto, inmóvil en apariencia, pero completamente inmerso en la experiencia. Mourners Lament preparó un terreno de solemnidad difícil de romper.
MOONSPELL: El lobo interior, la noche y la belleza de lo monstruoso
Hay que entender “Wolfheart” como un manifiesto, un disco donde Moonspell dio forma a su identidad entre lo salvaje, lo poético y lo oscuro, lo que mostraron anoche fue la materialización completa de esa idea. Lo que se logró, fue habitar el disco, recorrerlo como quien entra en un bosque nocturno donde cada canción es un sendero distinto, pero todos conducen al mismo núcleo, al lobo interno que va mutando, jamás se domestica y que simplemente emerge a la evolución.
El inicio con “Wolfshade (A Werewolf Masquerade)” fue una algarabía inmediata. El público (unas 1300 personas) respondió coreando como si se tratara de una invocación. Ahí quedó claro el show no sería normal, sino una celebración profundamente arraigada en la memoria emocional. “Love Crimes” y “…of Dream and Drama (Midnight Ride)” continuaron ese descenso, donde lo romántico se distorsiona y lo onírico se vuelve inquietante, como si el deseo y la pesadilla se entrelazaran.
Los interludios de “Tenebrarum Oratorium” funcionaron como respiraciones, espacios donde la música se volvía atmósfera pura, acompañada de visuales perfectamente pensadas como extensión del relato. En las pantallas, el lobo avanzaba, mutaba, acechaba. Más allá de ser un símbolo estático, era un reflejo del viaje interno que proponía el disco. En “Luad’Inverno”, esa sensación se volvió más íntima, introspectiva, como un invierno emocional donde todo parece detenido, pero en realidad está gestándose algo más profundo.
Con “Trebaruna”, la aparición del fauno en las visuales añadió un matiz pagano y ancestral, reforzando la conexión con lo primitivo. “Ataegina” rompió momentáneamente la contemplación con saltos y energía más directa, mientras Fernando Ribeiro, completamente dueño del escenario, se dirigía en un español cercano, cálido, generando una conexión total con el público. Cada palabra suya ayudaba a la constante complicidad con los asistentes.
“Vampiria” y “An Erotic Alchemy” llevaron el show hacia un terreno más sensual, donde la oscuridad se tornaba en seducción. Las gráficas de fondo, con figuras entrelazadas, reforzaban esa idea de deseo como transformación. Aquí, la presencia de Eduarda Soeirofue fundamental, su voz, limpia, potente, de una nitidez impresionante, no competía con la profundidad grave de Ribeiro, sino que se entrelazaba con ella, creando una dualidad perfecta entre lo terrenal y lo etéreo. Lo genial, era que sus frecuencias no competían unas con otras, sino que ayudaban a la expansión del espectro emocional de lo fuerte que se vociferaban y enlazaban.
Y entonces llegó “Alma Mater”, que era obviamente la guinda que todos esperaban de esta inmensa torta musical. Antes de comenzar, Ribeiro hizo elevar los puños, presentó a la banda, y puso una bandera chilena en su atril. Lo que siguió fue una explosión, el público cantando cada palabra como si fuera propia, como si ese “mother tongue” trascendiera idiomas y se transformara en pertenencia pura. Alma Mater es un himno, una declaración de raíces y memoria de aquello que nos forma incluso en la oscuridad. Fue, sin duda, uno de los puntos más altos de la noche. Cada vez que venía el coro, en las pantallas en grande aparecían las letras ALMA MATER que sonaba como un Estadio Nacional estallando en un coro unificado.
Tras el encore, el viaje continuó con una segunda fase que expandió la experiencia más allá de Wolfheart. “Opium”, con el ojo de Horus proyectado al fondo, abrió un nuevo plano simbólico, más místico, aunque con una intensidad levemente contenida en su desarrollo. “Awake!” reactivó la energía, con las pantallas reforzando los coros y guiando al público en una participación aún más profunda. En “Extinct” y “Nocturna”, la banda mostró su evolución, manteniendo la esencia, pero explorando nuevas texturas.
“Nosotros somos escorpión”, dijo Ribeiro al presentar la canción que vendría, “ScorpionFlower” y volvió a destacar el trabajo de Eduarda Soeiro, en una interpretación donde su voz brilló con fuerza impresionante. Nuevamente, la dualidad vocal construyó un momento de gran intensidad emocional, donde lo femenino y lo masculino se potenciaban de forma hermosa.
A lo largo de todo el show, la banda se mostró sólida, precisa, completamente conectada. El trabajo de Pedro Paixão fue especialmente notable con su ejecución impecable, incluyendo el uso del teclado de tubos, y una entrega física admirable. Tenía un constante headbanging, como si estuviera atravesado por la misma energía que transmitía. Era evidente que estaba viviendo cada nota y eso, siempre se traspasa al público que admira ver músicos sintiendo de forma especial su propia música.
La iluminación, cuidadosamente secuenciada, jugó un rol fundamental, era un lenguaje paralelo. Sabía cuándo ocultar, cuándo revelar o intensificar alguna zona. Alumbraba al público en los coros más grandes, lo integraba a la escena, lo convertía en parte activa del espectáculo.
Finalmente en “Full Moon Madness”, con una luna imponente dominando el fondo, todo cobró sentido, el ciclo estaba completo. La noche, el lobo, la transformación.
Moonspell construyó una experiencia total, donde el impecable sonido, el refuerzo de la imagen visual y la transmisión de emociones se fundieron en una sola narrativa. Una donde quienes estuvimos presentes, en mayor o menor medida, debimos enfrentarnos a nuestra propia oscuridad… y abrazarla.
Como la lluvia golpeando la ciudad fuera del recinto y las hojas cayendo sin resistencia, todo apuntaba a lo mismo, aceptar el cambio, abrazar la sombra, entender que en la oscuridad también habita una forma de verdad. Y en esa verdad, la música siempre nos acompaña de forma inevitable.























