Nota: jaime_gonzalez_vocalista | Fotos: sebastiandominguez.photo
Se sentía la ansiedad en el aire. No era para menos, se trataba de la primera venida de Old Man’s Child a Chile. A medida que la gente rellenaba el Teatro Cariola, por todos lados se escuchaba lo mismo, anécdotas de vida pegados a sus discos, el esfuerzo brutal para estar ahí y la resaca física y económica tras unas Fiestas Patrias que dejaron a varios tambaleando. Pero el metal no entiende de excusas, y cuando se trata de una banda que te acompañó en la juventud, la cita es obligatoria.
El calentamiento de motores arrancó con los nacionales Sol Sistere, una agrupación que desde 2013 sostiene un trabajo constante, sobrio y dedicado. Con un catálogo consistente entre LPs y EPs, la cancha se nota de inmediato. Entraron a golpear con un sonido fuertísimo, una verdadera masa de black metal atmosférico ejecutada tal como manda el canon, denso, profundo, envuelto en una reverberación constante y sentido.
Su vocalista, Alfredo Pérez, usó su voz como una muralla por sobre la trama musical, sosteniendo guturales extensos y tonos graves con una postura de entrega total, escupiendo cada palabra con convicción. En las guitarras, el rasgueo incesante sonaba a lamento lejano, mientras que detrás de los platos, el experimentado Pablo Vera castigaba la batería con un nivel técnico y una potencia impresionantes.
El setlist paseó por distintos pasajes de su discografía, destacando piezas como “Nothofagus”, “The Narrow Path”, con una lírica de aislamiento y búsqueda interior tan propia de su propuesta, la introspectiva “Chasm’s Odyssey” (un descenso mental hacia el caos y la angustia) y “Seeker of Souls”. Sol Sistere no necesitó artificios adicionales para mostrar el por qué son un referente del género en Chile.
Me niego a decir que Hecate Enthroned fueron teloneros anoche. Con más de 30 años de carrera desde sus días bajo el nombre de Amethyst, los británicos irrumpieron para desplegar un manto de oscuridad absoluta. Si por milagro había algún cristiano infiltrado en el público, seguro salió a rezar escondido en algún rincón ante semejante rito de blackmetal melódico.
Su frontman, Joe Stamps, dio una lección de registro vocal, transitando sin problemas entre chillidos agudos y estridentes, dignos de una bruja de bosque ancestral, y guturales pútridos, graves y profundos. Por momentos parecía un cuerpo poseído por distintas entidades turnándose para vociferar blasfemias. La banda funcionó como un reloj analógico de precisión, los teclados envolvían los tiempos desgarradores de Matt Holmes en la batería, mientras el corpse paint y el sudario negro de Stamps transformaron el escenario del Cariola en un altar de cementerio.
Repasaron clásicos ineludibles, la apertura con “Beneath a December Twilight”, la furia de “Dark Requiems, and Unsilent Massacre”, y la joya de su etapa noventera llamada “TheSpell of the Winter Forest” (extraída de su emblemático The Slaughter of Innocence de 1997), cargada de imaginería anticristiana y brujería nocturna. Con “Deathless in the DryadGlade” y la épica “The Pagan Swords of Legend” sellaron una presentación impecable, invocando sombras y batallas paganas que dejaron el ambiente en el punto exacto de ebullición.
Para contextualizar la importancia de anoche podemos decir que nacieron en Oslo en el año 1993 desde las cenizas de Requiem, donde Galder y sus compañeros partieron haciendo covers de Metallica y Slayer, Old Man’s Child creció en el corazón palpitante de la segunda ola del black metal noruego. Sin embargo, mientras la escena buscaba el underground más crudo alrededor del circuito de Helvete, Galder refinó un estilo donde la agresión implacable convivía con arreglos melódicos, teclados teatrales y una atmósfera majestuosa. Siete discos bastaron para consagrarlos como leyendas, aun cuando llevábamos más de 15 años sin escuchar material nuevo en estudio.
Cuando Galder irrumpió en el escenario, el griterío fue ensordecedor. Pasar de ver durante décadas sus fotos y portadas a tenerlo enfrente, luciendo ese característico corpse paint y una puesta en escena que respiraba la vibra noruega noventera, provocó un impacto inmediato.
El arranque con “Towards Eternity” y “King of the Dark Ages” declaró la euforia, pero fue con “Doommaker” donde la banda mostró su mayor virtud, una capacidad única de entrelazar riffs afilados con melodías adictivas. Poco después, “Hominis Nocturna” desató un mosh pit rabioso en la cancha que no decayó en toda la noche.
Sonaron gemas como la legendaria “Born of the Flickering”, “The Soul Receiver”, “Twilight Damnation” y “God of Impiety”, pero los puntos culminantes de la jornada llegaron con “The Dream Ghost”, Una verdadera catedral del metal extremo donde la guitarra de Galder vuela entre la velocidad y el lirismo oscuro. “Unholy Vivid Innocence” es una pieza donde la banda explora magistralmente el contraste entre la corrupción, la belleza trágica y la profanación. “The Millennium King” fue coreada a rabiar de principio a fin, con el público metido en el bolsillo y entregado por completo.
Lo más curioso de la noche era el contraste de Galder, mientras tocaban, presenciábamos un ritual satánico frío, imponente y sobrecogedor, pero apenas terminaba la canción, aparecía un tipo cálido, afable, sonriente y saludando en español para conectar con una fanaticada que esperó media vida por este momento.
Quizás el único detalle fue que no se logró un sold out absoluto, algo completamente justificable al ser un martes inmediatamente posterior a las Fiestas Patrias, con la consiguiente frustración de la gente de regiones que no pudo viajar. Pero para los que estuvimos ahí, la sensación al salir a la calle era unánime, nos había pasado una aplanadora por encima. Un concierto impecable que saldó una deuda histórica y que, sin duda, dejó a Galder con ganas de no tardar tanto en volver a pisar suelo chileno.

















