Conciertos

Pet Shop Boys: más que sofisticación bailable

Su regreso a Chile confirma que el pop también puede ser inteligente, elegante y profundamente vigente.

Durante décadas, hablar de Pet Shop Boys fue hablar de elegancia electrónica: sintetizadores pulcros, melodías precisas, ironía británica. Sofisticación bailable. Pero reducirlos a eso es cómodo. Porque debajo de esa superficie impecable siempre hubo algo más incómodo: crítica social, ambigüedad emocional y una mirada lúcida sobre el deseo, el poder y la ciudad moderna.El dúo entendió desde el inicio que el pop podía ser arquitectura. No necesitaban guitarras estruendosas para construir identidad; bastaba una línea de bajo sintética y una letra que pareciera ligera hasta que empezabas a escucharla de verdad. Ahí estaba la trampa. Mientras el cuerpo seguía el ritmo, la cabeza empezaba a trabajar.

El pop que piensa mientras baila

En los años 80, cuando el espectáculo muchas veces priorizaba exceso y volumen, Pet Shop Boys optó por el control. Canciones como West End Girls no eran solo éxitos radiales: eran retratos urbanos. Clase, aspiración, distancia social. El ritmo era bailable, pero el mensaje no era liviano.Ese fue siempre su gesto más radical: demostrar que el pop no tiene que gritar para ser incisivo. Que puede hablar de consumo, religión, política o sexualidad sin perder elegancia. Que puede instalar preguntas sin abandonar el estribillo.

Frialdad estética, emoción contenida

Hay algo calculado en su puesta en escena, en su estética minimalista, en esa distancia casi teatral. Pero esa frialdad es parte del lenguaje. Pet Shop Boys nunca vendió catarsis desbordada; vendió control. Y en ese control hay una forma distinta de intensidad: menos visceral, más cerebral, pero no por eso menos profunda.En tiempos donde la emoción se sobreactúa y la exposición es permanente, su propuesta se vuelve incluso más vigente. La contención también comunica. El silencio entre beats también dice algo.

Vigencia sin nostalgia

Su regreso a Chile no es solo un ejercicio de memoria para quienes los escucharon en vinilo o CD. Es la confirmación de que su catálogo sigue dialogando con el presente. La electrónica actual le debe más de lo que suele admitir, y la idea de que el pop puede ser inteligente sin dejar de ser popular sigue siendo una lección pendiente.Porque Pet Shop Boys nunca fue solo sofisticación bailable. Fue —y sigue siendo— una manera de entender que la música puede moverse entre pista de baile y comentario cultural sin pedir permiso.Y quizás ahí está su verdadera relevancia: no en la nostalgia, sino en la coherencia. En haber demostrado que el pop puede ser elegante, crítico y masivo al mismo tiempo. Que se puede bailar… y pensar.

En un presente donde el ruido compite por atención y la inmediatez devora matices, su propuesta sigue siendo vigente. No vienen a recordarnos el pasado: vienen a demostrar que el pop, cuando está bien construido, no envejece. Se transforma. Y todavía tiene algo que decir.

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