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Sexo, Drogas y Rock & Roll: How the Gods Kill

Por K.O.

 

Estaba en ese exquisito momento del mejor apogeo sexual que he tenido, un gorjeo majestuoso era aquel que gustosamente encumbrábamos en la habitación mi perfecta amante y yo con nuestras manos completamente sumergidas en la cavidad del goce de cada una, cuando en eso veo la fotografía que se escapa de su cartera, esa maldita foto junto a una respuesta que no quería en absoluto saber…es la que finalmente frenó este magnánimo momento lesbiánico. –Muéstrame cómo llegué a eso, fue lo que exclamé apuntando el cadáver destrozado.

-Lo sabes perfectamente Helena, sabes la respuesta y la verdad, me respondió y ¡cresta que tenía razón! Estaba allí, perpleja contemplando las alternativas que me sostenían aún, que permanecían intactas como respiros taciturnos en la consciencia deslavada que comenzaba a enmarañarse, recuerdos, romanticismo sofocado por los golpes, una y otra vez una especie de Dr. Jekyll, opacando la llama que en algún momento me mantuvo cautiva como una polilla en la rejilla eléctrica de su trampa, maravillada por aquello que llamaban virilidad, que me vendieron como sueño y yo concebí como la gran pesadilla. Un retorcido paseo por una historia que no parecía ser mía, olvidada completamente porque no soy exactamente la joven que en algún momento fui, estaba por completo desorientada y los años golpeaban de sopetón al inmundo y a la vez inmaculado espacio, y así aquella habitación 2 del Motel se transformaba rápidamente en la basílica de mi tempestad y colisionaba mi realidad como un badajo. Mientras Camila, como se llamaba mi viva acompañante colocaba su música en el radio, How the Gods Kill de Danzig hacia su entrada sonora mientras intentaba limpiar el sangriento escenario para llevarme al mismísimo fulgor del punto G, mientras la confusa combinación de placer y memoria me arrastraban por la húmeda cama, y mi vehemente clítoris caía preso de la aterciopelada lengua de mi perfecta compañera, la gradación junto al espejo del techo entonces me atizaban sin misericordia.

Efectivamente Helena, ya no era 1988 y ya no eras la joven de 19 años, estabas totalmente poseída por la irreverencia de la venganza, pensaba entre mi mientras la histeria me embargaba.

Aquel cadáver masculino, aquél destrozado amante que fraccionado se deleitaba con ojos inertes con nuestro romance, no era ni más, ni menos que mi flamante esposo, el verdugo de toda una vida yacía esparcido por un grotesco altar de sabanas, sangrey fluidos corporales, mientras ella, mi mejor y fiel amiga me dedicaba los abrazos más contenedores de la galaxia humana, yo caía en un tormento repentino de lucidez que me disparaba mi pasado y presente. Llevaba años preparando este momento y aun así no concebía un orden cronológico para entender lo que había hecho.

Puedo relatar de ahora en adelante con las metáforas más monstruosas lo que están de a poco comprendiendo, pero aquí les diré fiel a la realidad que, sí, yo había asesinado al que alguna vez fue mi marido. Un plan que había preparado tan bien a la par con la que al parecer era mi amante, había proyectado todo tan meticulosamente pero no contemplé el poderoso buqué de deseos que las drogas tendrían a mi merced para convertirme en una necrófila.

Aquí la verdad, llevaba años diseñando cómo deshacerme de este maldito, que si no era para golpearme, insultarme o abusar de mí, no me dirigía la palabra más allá del insulto, había contraído matrimonio hace 10 años con éste impávido horror de la naturaleza que embusteramente me ofreció el paraíso para luego lanzarme al infierno del desgarro maltratador. Se suponía que iba a asesinarlo, sigilosamente, en una de las tantas noches que le gustaba llevarme al Motel para saciar sus inmundas fantasías de cogerme como a una puta mientras consumía sus secos hongos y escuchando Mayhem.

Pero en un definitivo cambio de designios, esa noche para darme valor consumí hasta la última gota del Bourbon y toda la colorida lamina que Camila me entregó en un beso en el baño del lugar antes del encuentro con, -no quiero nombrarlo por su nombre-, dejemoslo en “El hombre”. Creíamos ingenuamente, que esta novedosa dosis me daría el coraje, pero sencillamente gatilló una ópera prima de la fantasía más recóndita de mi insalubre adolescencia y en vez de solo cortar su tráquea mientras me hacía suya como había ensayado meses antes en mis sueños, me dejé envolver por la necesidad de destrozarlo como a un animal devorado por una jauría de hienas.

Y Camila, la mejor compañera que la mórbida adolescencia me pudo entregar en la vida, esa fiel amante que esperó años para abducirme en el placer de la carne femínea, que planificó todo junto a mí mientras engañábamos a todos con la fachada de las inseparables amigas, ella el verdadero amor de mi vida, gracias a todo mi ruidoso escándalo al reconocer el presente de mis acciones, esa sensual mujer era minutos más tarde abatida por los despiadados disparos. Siempre más violenta que yo, se abalanzó sin mesura sobre los polizontes que entraban a patadas a la habitación, que al ver la roja escena de carne comenzaron a descargar sin remordimiento sus calibres en el desnudado cuerpo de mi amada.

Y aquí me encuentro, años más tarde expiando el recuerdo de aquella larga jornada de sexo, venganza y algo más, en un mugroso papel que la guardia del psiquiátrico me cambió por un cigarrillo, mientras con un pequeño trozo de carbón les trazo en palabras la absoluta verdad de mi orgullosa fechoría, antes de dejarme caer por completo con la soga hecha de retazos de batas para al fin despedirme de esta infernal prisión llamada vida, y bueno, mientras la asfixia hace lo suyo les confirmo el mito, estoy teniendo el orgasmo más portentoso del puto mundo…

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Esta noticia fue publicada por el área editorial de iRock.CL

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