El regreso de Steve Hackett a Chile no se plantea desde la nostalgia, sino desde la vigencia de una obra que sigue encontrando nuevas formas de desplegarse en vivo.
Lejos de cualquier recurso accesorio, el concierto se construye desde la interpretación, con un enfoque donde cada detalle responde a una comprensión profunda del repertorio y de su lugar dentro de la historia del rock progresivo.
Acompañado por Genetics, Hackett presenta una formación que destaca por su solidez y por un dominio técnico que no se exhibe, sino que se pone al servicio de la música.
La ejecución se caracteriza por un equilibrio poco común: precisión en los pasajes más complejos y sensibilidad en las dinámicas, con una sección rítmica capaz de transitar entre intensidad y sutileza sin perder definición.
Las guitarras y teclados construyen capas con claridad estructural, permitiendo que cada composición respire y mantenga su identidad. El resultado es un sonido amplio, articulado y cuidadosamente trabajado.
El material vinculado a Genesis aparece desde una perspectiva que evita la reproducción mecánica.
Hay una lectura activa de estas composiciones, donde se respeta su arquitectura original, pero también se les permite evolucionar en el contexto actual. Esa tensión entre fidelidad y reinterpretación, delicada y con sentido, es lo que mantiene al repertorio en movimiento.
No se trata de volver atrás, sino de proyectar una obra que sigue teniendo sentido en el presente.
Dentro de esa rigurosidad, Hackett mantiene una relación directa con el público, con gestos que refuerzan la cercanía, como intentar comunicarse en español y compartir el disfrute de lo que ocurre en escena.
Esa dimensión humana convive con la precisión musical, generando un equilibrio que evita que la propuesta se vuelva distante o excesivamente académica.
Lo que se presenta en escena no responde a una fórmula ni a una simple revisión de catálogo, sino a una obra que sigue encontrando sentido desde su propia complejidad y belleza. Hay una precisión interpretativa que no se limita a lo técnico, sino que construye atmósfera, profundidad y una una narrativa musical con identidad propia. En ese nivel, el concierto trasciende cualquier expectativa inicial y se instala como la confirmación de un legado que no solo permanece vigente, sino que continúa evolucionando desde la interpretación.
Y es ahí donde todo termina de tomar sentido: en la respuesta de un público que no solo acompaña, sino que se involucra por completo con lo que ocurre en escena. Hay conexión, hay emoción y hay una sensación compartida de estar frente a algo que trasciende lo inmediato. Porque cuando una obra alcanza este nivel de interpretación y profundidad, deja de ser solo un concierto y se convierte en una experiencia que el público no solo presencia, sino que termina haciendo propia.



















