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Taxi Driver: La rabia como lenguaje en la música

La rabia no es un error. Es un lenguaje que algunos prefieren no escuchar.

Hay películas que no envejecen porque siguen siendo incómodas. No porque anticiparon el futuro, sino porque el futuro terminó pareciéndose demasiado a su diagnóstico. Taxi Driver no es solo la historia de un hombre aislado; es el retrato de una sociedad que no sabe qué hacer con el malestar y prefiere llamarlo locura antes que examinarse profundamente.

En tiempos donde todo debe ser funcional, amable y emocionalmente gestionable, la incomodidad se convierte en un error de sistema. No está bien estar roto. No está bien estar furioso. No está bien sentirse desplazado. La cultura actual no prohíbe la rabia de manera explícita: la vuelve improductiva. La convierte en algo que hay que “trabajar”, “superar”, “optimizar”. Pero ¿qué pasa cuando la rabia no quiere ser corregida, sino atravesada para ser comprendida?

La incomodidad como síntoma

Travis Bickle no es un héroe. Tampoco es un modelo. Es una grieta. Y lo que molesta de Taxi Driver no es su violencia, sino su lucidez intermitente: esa sensación de que algo está podrido y nadie quiere nombrarlo. La ciudad no es solo un escenario sucio; es una metáfora de la alienación. El insomnio no es un detalle estético; es el síntoma de quien no logra encajar en la narrativa dominante.

La película nunca nos pide que lo admiremos. Nos obliga a mirarlo. Y esa diferencia es crucial. Porque lo perturbador no es que Travis explote, sino que durante gran parte del metraje su malestar es invisible para todos menos para él. Su rabia no nace del capricho: nace del aislamiento, del rechazo, del fracaso íntimo.

En una época que exige equilibrio permanente, la figura de Travis resulta casi subversiva. No porque sea un ejemplo, sino porque encarna algo que preferimos negar: el derecho a atravesar la oscuridad sin maquillarla de aprendizaje inmediato.

La música como territorio del malestar

Y aquí es donde el metal, el rock progresivo, la música compleja e intensa encuentran su espejo. No están diseñados para ser cómodos. No buscan agradar. Exigen atención, paciencia, incluso resistencia. Son, en cierto modo, el sonido de una emoción que no quiere ser simplificada.

Bandas como Meshuggah, Opeth o Tool, no construyen canciones para acompañar la productividad; construyen laberintos. Cambios de tempo que descolocan, estructuras que se estiran hasta la incomodidad, clímax que no llegan cuando el oído los espera. No es capricho técnico: es tensión emocional traducida en sonido.

La rabia en la música no siempre es grito, aunque también está bien que lo sea. A veces es estructura imposible. A veces es repetición obsesiva. A veces es un riff que no resuelve cuando debería, como si se negara a entregar alivio. La distorsión, el tempo irregular, la densidad musical no son excesos gratuitos: son una forma de decir que no todo cabe en la armonía prefabricada ni en la playlist diseñada para no molestar a nadie.

En ese sentido, la música se convierte en un espacio donde el malestar puede existir sin ser inmediatamente corregido. No para glorificar la caída. Sino para atravesarlo sin anestesia. Para entender que no todo proceso emocional tiene que ser limpio, luminoso y compartible en formato frase motivacional.

Quizás por eso Taxi Driver sigue resultando incómoda. Porque no ofrece redención fácil. Porque no convierte la herida en merchandising emocional. Porque no simplifica la rabia para hacerla digerible. Y quizás por eso seguimos volviendo a ella.

Para recordar algo que hoy parece casi prohibido: que el malestar también habla. Que la oscuridad, si se la escucha, puede volverse lenguaje.

Y a veces, antes de sanar, antes de “superar”, antes de optimizar cualquier herida… lo único honesto es dejar que suene.

Porque no todo lo que duele necesita silencio. A veces necesita volumen. Más distorsión, menos anestesia.

Taxi Driver (1976) – Music Video – New York City at Night

MESHUGGAH – Bleed (Official Music Video)
TOOL – the pot

Opeth – By the Pain I See in Others

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