Hay discos que de alguna manera, nos encuentran en la vida…Mandylion llegó a mi vida cuando yo era apenas una niña, en una época en que descubrir música todavía podía significar que alguien apareciera con un VHS entre las manos y te mostrara un mundo que no sabías que existía. Ahí estaba The Gathering, registrado en vivo en aquellos años en que la banda parecía habitar un universo propio, y en él habitaba Anneke van Giersbergen, joven, sencilla, casi desprovista de artificios, pero llenándolo todo con una voz que encandilaba el alma de todos, cuál sirena mitoligica. Frente a ella estaban René Rutten y Jelmer Wiersma en las guitarras, Hugo Prinsen Geerligs en el bajo, Hans Rutten en la batería y Frank Boeijen en los teclados, esa formación que había convertido Mandylion en algo mucho más difícil de clasificar que una simple etiqueta de metal gótico. El disco, publicado en 1995 y grabado en Woodhouse Studios bajo la producción de Siggi Bemm, Waldemar Sorychta y la propia banda, fue además el primero de The Gathering con Anneke, y todas sus letras quedaron en sus manos mientras la música pertenecía al conjunto.
Y en ese recuerdo fue donde apareció In Motion #2. Recuerdo la sensación de escucharla sin tener todavía las palabras necesarias para explicar por qué aquello me estaba atravesando. Era metal, sí, pero no se comportaba como el metal que yo conocía. Las guitarras podían ser densas y pesadas, la batería tenía ese cuerpo solemne que empuja la canción con una fuerza sobrehumana, el bajo sostenía una profundidad casi física y los teclados abrían un espacio que parecía mucho más grande que el escenario y sin embargo, en el centro de todo estaba esa voz. No gritaba para vencer a la música, flotaba sobre ella. In Motion #2, con sus poco más de seis minutos, era una demostración de cómo The Gathering podía trabajar el peso mediante capas, dinámica, repetición y atmósfera, dejando que una melodía creciera sin necesidad de recurrir permanentemente a la violencia sonora. La canción forma parte de Mandylion y también quedó registrada en vivo durante aquella época en Pinkpop 1997, de hecho, fue interpretada entre Leaves y The May Song, dentro de un repertorio que repartía casi exactamente su tiempo entre Mandylion y Nighttime Birds.
Por eso Mandylion nunca fue simplemente un álbum para mí y más bien significó una puerta, una que se abría hacia un lugar donde no sabíamos a donde nos depararia. Su grandeza está en que The Gathering entendió que la intensidad no necesita de la velocidad, brutalidad o una voz desgarrada, sino también puede existir en una nota sostenida, en una guitarra que aparece lentamente, en un teclado que parece iluminar una habitación oscura, en una batería que sabe cuándo golpear y cuándo dejar respirar a la canción. El grupo venía de un pasado ligado al death-doom, pero aquí empezó a transformar esa oscuridad en otra cosa: música atmosférica, progresiva, melódica y profundamente emocional. Mandylion no abandonó el peso de todo eso, lo que hizo fue convertirlo en un paisaje al cual poder escapar. Y ahí es donde estuvo su gran hazaña sonora, en demostrar que una canción podía sentirse gigantesca sin dejar de ser creación delicada.
Desde entonces, The Gathering se convirtió en una de esas bandas que no solamente acompañan los momentos luminosos, también están ahí cuando la vida baja la voz. Hay música para celebrar, música para saltar, música para levantar los puños y existe otra que uno necesita cuando necesita de la introspección, cuando algo duele sin saber exactamente por qué, cuando la melancolía se instala en una habitación y uno entiende que no necesita expulsarla, sino encontrarle una banda sonora para sentirla aconcho… En esos paisajes apareció Anneke y su hermosa voz, aquela que tenía algo profundamente humano y, al mismo tiempo, parecía venir de un lugar antiguo, junto a una dulzura sin fragilidad, una fuerza sin estridencia, como si una entidad pagana hubiese decidido cantar en vez de invocar tormentas. Strange Machines, Leaves, Eleanor, Fear the Sea, Sand and Mercury, In Motion #1 y In Motion #2 fueron construyendo ese territorio donde el metal podía ser oscuro sin ser hostil y hermoso sin volverse inofensivo. Mandylion terminó siendo eso para quienes crecimos con él y no solamente como un disco que escuchábamos, sino un lugar al que podíamos volver y habitar en confianza.
Y ahora hay algo casi circular en todo esto. El 17 de octubre de 2026, The Gathering llegará al Movistar Arena para celebrar en Chile los 30 años de Mandylion con Anneke van Giersbergen nuevamente junto a René Rutten, Hans Rutten, Hugo Prinsen Geerligs, Frank Boeijen y Jelmer Wiersma, la formación asociada a aquella época irrepetible. El concierto fue anunciado como un show exclusivo para Chile y contempla el repertorio completo de Mandylion, además de otros clásicos de la banda. Y resulta imposible no pensar en aquella niña frente a un VHS, mirando a Anneke cantar con una naturalidad que parecía imposible, intentando entender por qué una canción podía provocar semejante emoción. Han pasado décadas desde entonces. Nosotros cambiamos, la vida cambió, algunos lugares desaparecieron y otros aparecieron; pero esas canciones permanecieron. Y ahora In Motion #2 ya no llegará desde una cinta gastada ni desde una pantalla pequeña: llegará desde un escenario, con nosotros dentro de la misma habitación sonora que alguna vez imaginamos.
Quizás eso sea lo más hermoso de esperar este concierto, en el que no se tratará solamente de ver una banda que muchos descubrimos demasiado temprano para poder comprender lo que significaba. Se trata de encontrarnos con quienes fuimos cuando esas canciones llegaron por primera vez a nuestras vidas. De escuchar nuevamente esas melodías sabiendo todo lo que ocurrió desde entonces. De comprobar qué sucede cuando una música que durante años habitó nuestros audífonos, nuestros dormitorios, nuestros viajes y nuestros momentos más melancólicos finalmente ocupa un espacio real frente a nosotros. Quizás cuando Anneke vuelva a cantar ocurra algo imposible de explicar con una reseña, porque habrá personas escuchando a The Gathering por primera vez y otras que llevarán treinta años esperando exactamente ese instante. Y quizás, cuando lleguen aquellas melodías, por unos minutos no importe cuánto tiempo haya pasado, habrán niños, niñas y adolescentes que volverán a mirar aquel pasado, volverán a descubrir una voz que parecía venir de otro mundo y entenderán, finalmente, por qué algunas bandas no pasan por nuestra vida y se quedan viviendo dentro de ella.


















