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A.N.I.M.A.L. y Chile: una hermandad forjada a fuerza de metal, amistad y memoria

Hay bandas que vienen a Chile, tocan, se despiden y regresan cuando una nueva gira las obliga a cruzar la cordillera. Y hay otras para las que Chile termina convirtiéndose en algo parecido a una casa. A.N.I.M.A.L. pertenece, sin demasiadas discusiones, a la segunda categoría. Desde aquella primera visita a La Blondie en 1995, la historia de la banda argentina con el público chileno se ha construido a través de décadas de escenarios, pogos, amistades y una identificación profunda con una generación que encontró en sus canciones una manera de hablar de Latinoamérica desde Latinoamérica. Hoy, más de treinta años después de su formación, Andrés Giménez sigue hablando de Chile con una cercanía que difícilmente podría confundirse con una simple cortesía promocional: “Cada vez que vamos a Chile es como tocar en mi barrio”, declaró en 2026.

La historia comenzó en los años noventa, cuando A.N.I.M.A.L. todavía estaba construyendo ese lenguaje que terminaría convirtiéndola en una de las bandas fundamentales del metal latinoamericano. Su primer desembarco chileno ocurrió en 1995, con Fin de un mundo enfermo como carta de presentación. La Blondie fue el escenario de aquella primera experiencia, un lugar que Giménez todavía recuerda décadas después como uno de los shows más importantes de la historia de la banda. Después vendrían el Teatro Monumental, el Estadio Chile, Valparaíso, el Teatro Providencia, el Víctor Jara y numerosos escenarios más. Para una banda que defendía un metal cantado en español, con letras atravesadas por la identidad, la marginalidad, la historia y la problemática latinoamericana, Chile representaba mucho más que una parada geográfica: era uno de los territorios donde ese discurso encontraba una audiencia especialmente receptiva.

Y ahí aparece un elemento fundamental para entender esta relación: Criminal. A.N.I.M.A.L. y la banda de Anton Reisenegger compartieron escenarios durante aquellos años en que el mapa del metal sudamericano comenzaba a adquirir una identidad propia. Giménez ha recordado especialmente esa amistad, describiendo a Reisenegger como un “guerrero” y destacando su aporte al metal chileno y latinoamericano. Pero también recuerda a Chile como parte de una época en que las fronteras parecían hacerse más pequeñas: Argentina, Chile y Brasil comenzaban a conectarse mediante bandas, discos, intercambios y escenarios. En 2026, Giménez volvió a mencionar aquella época y atribuyó una importancia enorme a Alfredo Lewin y Cote Hurtado, cuyos espacios vinculados a Headbangers ayudaron a que músicos y fanáticos latinoamericanos descubrieran lo que estaba ocurriendo al otro lado de sus fronteras.

Ese fenómeno tiene una importancia histórica enorme. Antes de las redes sociales, Spotify, YouTube o Instagram, conocer una banda latinoamericana podía depender de que alguien viajara, trajera un cassette o CD, o de que un programa especializado decidiera darle espacio. Headbangers funcionó precisamente como uno de esos puentes culturales. Para A.N.I.M.A.L., significó encontrarse con una escena chilena que no solamente conocía sus canciones, sino que entendía el espíritu detrás de ellas. Y para muchos jóvenes chilenos de los noventa, escuchar a una banda argentina cantar sobre pueblos originarios, desigualdad, violencia, identidad y pertenencia en su propio idioma significaba descubrir que el metal también podía hablar de las calles, de la historia y de los conflictos de este lado del mundo.

Existe, además, un episodio particularmente poderoso que conecta directamente a A.N.I.M.A.L. con la historia mapuche en Chile. El 6 de diciembre de 1996, la banda se presentó en el Teatro Monumental de Santiago ante más de dos mil personas, en el marco de la promoción de El nuevo camino del hombre. Una investigación académica publicada por la Universidad de Chile recoge que, ante la posibilidad de regresar al país, los integrantes de A.N.I.M.A.L. manifestaron entonces su deseo de hacerlo “ojalá en un concierto para los pueblos mapuches”. Aquella frase adquiere hoy una dimensión especial al recordar que la identidad indígena, la resistencia y la denuncia contra la violencia histórica fueron elementos centrales del discurso de la banda.

Pero si existe una noche que Andrés Giménez lleva especialmente grabada en la memoria, es aquella en que A.N.I.M.A.L. abrió para Slayer en Chile. Para cualquier músico latinoamericano que haya crecido escuchando a la banda de Tom Araya, ese escenario ya era extraordinario. Para A.N.I.M.A.L., sin embargo, ocurrió algo que Giménez todavía recuerda con emoción: el público chileno no trató a la banda como un simple acto de apertura. El recibimiento fue tan intenso que el propio Tom Araya, según relató Giménez, se acercó después del show para felicitarlo y destacar la respuesta que habían obtenido. El recuerdo del pogo durante “Cop Killer” quedó para el cantante como una de esas noches capaces de cambiar la percepción que una banda tiene sobre su propia relación con un país.

La conexión volvió a demostrar su fuerza cuando A.N.I.M.A.L. regresó después de años de separación. En 2016, la banda volvió a presentarse en Santiago y Valparaíso, y Giménez hablaba entonces de un público chileno “muy cariñoso y muy fiel”, recordando actuaciones anteriores en lugares como el Estadio Nacional, el Estadio Monumental y el Víctor Jara. Pero hay algo todavía más significativo en sus palabras: aseguró que nunca sintió aquella supuesta rivalidad entre argentinos y chilenos de la que tantas veces se habla fuera del ámbito musical. Lo que él recuerda es exactamente lo contrario: una audiencia que adoptó a A.N.I.M.A.L. como propia.

La historia siguió escribiéndose. En marzo de 2024, A.N.I.M.A.L. regresó a Santiago para presentarse en Sala Metrónomo, en una noche marcada por el lleno total, los coros colectivos y un mosh que prácticamente no se detuvo durante el concierto. Días antes y después, la banda también llevó su música a Concepción como parte de Rock en Conce, una ciudad que hasta entonces no había visitado. El resultado volvió a sorprender a Giménez: encontró un público “recontra power” y afectuoso, confirmando que la relación ya no pertenecía solamente a Santiago ni a la generación que descubrió a A.N.I.M.A.L. durante los noventa.

Y entonces aparece una de las señales más hermosas de esta historia: las nuevas generaciones. En sus conversaciones recientes, Giménez ha contado que le resulta casi conmovedor llegar a un concierto y encontrar frente a la valla a jóvenes de 14, 15 o 16 años cantando junto a personas de 50 o 60. Esa imagen resume buena parte del fenómeno A.N.I.M.A.L.: una banda que nació en los noventa, atravesó separaciones, cambios de formación y transformaciones de la industria, pero que consiguió que sus canciones continuaran pasando de una generación a otra. Chile ha sido uno de los lugares donde esa transmisión se vuelve especialmente evidente.

En 2024, además, ocurrió algo que parecía escrito por la propia historia de la banda. A.N.I.M.A.L. decidió regresar para celebrar los 30 años de Fin de un mundo enfermo, precisamente el álbum con el que había llegado por primera vez a Chile. La gira pasó por Santiago y Concepción, y Giménez explicó que aquella promesa tenía que cumplirse porque Chile era “un país hermano” y porque sabía que allí existía una generación que había crecido con ese disco. La celebración tuvo incluso un componente simbólico: compartir escenario en Santiago con Dracma, banda chilena con la que mantiene una amistad de décadas.

Y la historia todavía no termina. En 2026, A.N.I.M.A.L. volvió a Chile como parte de RockOut, demostrando que aquella relación construida en La Blondie tres décadas atrás continúa completamente viva. Giménez llegó hablando nuevamente de Chile como un lugar donde se siente en casa, mientras la banda presentaba Legado, un álbum que él mismo define como un regreso a las raíces más crudas y viscerales de A.N.I.M.A.L. Pero el calendario todavía tenía otra página reservada: el 4 de septiembre de 2026, la banda regresará a Sala Metrónomo para celebrar los 30 años de El nuevo camino del hombre.

Quizás por eso resulta difícil hablar de A.N.I.M.A.L. en Chile simplemente como “una banda argentina que viene seguido”. La historia es mucho más profunda. Está en los primeros discos que cruzaron la cordillera, en las amistades con músicos chilenos, en las noches compartidas con Criminal, en la influencia de Headbangers, en aquel Teatro Monumental repleto, en los pogos de La Blondie, en la hermandad construida alrededor del metal latinoamericano y en la imagen de un adolescente que descubre hoy las mismas canciones que otra persona escuchó hace treinta años.

A.N.I.M.A.L. nació en Argentina, pero una parte importante de su historia también quedó escrita en Chile. Y quizá la mejor prueba de ello sea que, después de tres décadas, Andrés Giménez todavía no habla de este país como un lugar al que vuelve: habla de él como un lugar al que pertenece. “Si fuese por mí, hago diez shows en Chile”, dijo en 2024. Y quizás esa frase explique mejor que cualquier estadística la relación entre A.N.I.M.A.L. y el público chileno: una historia que comenzó con un concierto en La Blondie y terminó convirtiéndose, con el paso de los años, en una verdadera hermandad latinoamericana.

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Noticia publicada por el área editorial.

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