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Editorial

Opeth, la bestia musical que aprendió a mutar sin dejar de rugir y conquistó nuevas dimensiones del universo progresivo

Hay criaturas extrañas que sobreviven adaptándose, dominando el territorio al que llegan, Opeth una especie mucho más peculiar y única que parece alimentarse de sus propias transformaciones.

Desde sus primeros rugidos de death metal hasta sus actuales pasajes de rock progresivo, la agrupación sueca ha cambiado de piel tantas veces que seguir su discografía se parece a observar la evolución de una bestia en plena actividad. Sus mutaciones no han sido simples giros estilísticos ni decisiones tomadas para perseguir una tendencia. Han sido movimientos orgánicos, expansiones de un lenguaje que Mikael Åkerfeldt ha construido durante más de tres décadas, llevando a Opeth desde los pantanos del metal extremo hasta territorios donde conviven el jazz, el folk, la psicodelia, el rock de los años setenta y una sofisticación compositiva que trasciende las fronteras del género. Lo fascinante es que, incluso cuando parece haberse convertido en otro animal, todavía conserva algo de aquella criatura que comenzó a tomar forma en Estocolmo en 1990. Su primera mutación importante ocurrió durante los años noventa, cuando Orchid (1995) y Morningrise (1996) mostraron a una banda que no estaba interesada en limirtar el death metal a una sucesión de riffs violentos y guturales. Había acústicas que parecían extraídas de un bosque antiguo, guitarras que dialogaban entre sí y composiciones capaces de alternar belleza y ferocidad sin perder continuidad. Con My Arms, Your Hearse (1998) y Still Life (1999), esa criatura comenzó a desarrollar una arquitectura más narrativa y sombría. Las canciones ya no eran solamente extensiones de una idea musical, sino capítulos de historias atravesadas por la pérdida, la obsesión y la muerte. La brutalidad seguía presente, pero ahora tenía profundidad, atmósfera y una capacidad de transformación interna que anticipaba lo que vendría después. Opeth estaba descubriendo que podía asustar sin necesidad de permanecer siempre en la oscuridad y que un pasaje acústico podía resultar tan inquietante como el rugido más profundo de Åkerfeldt.

A comienzos de los dos mil, la bestia alcanzó una de sus formas más imponentes. Blackwater Park (2001), Deliverance y Damnation (ambos de 2003), y Ghost Reveries (2005) consolidaron una identidad que convirtió a Opeth en una referencia fundamental del metal progresivo. La banda podía pasar de la violencia de “The Leper Affinity” o “Master’s Apprentices” a la delicadeza de “Windowpane” sin que ninguna de esas facetas pareciera ajena a su naturaleza. La colaboración con Steven Wilson, cerebro de Porcupine Tree y productor decisivo en esa etapa, ayudó a ampliar las posibilidades de su sonido, especialmente en la exploración de texturas, voces y dinámicas. Mientras Deliverance profundizaba en los riffs aplastantes y las estructuras complejas, Damnation revelaba una sensibilidad mucho más contemplativa. Dos discos concebidos y grabados en el mismo periodo demostraron que Opeth no necesitaba escoger entre la bestia y su lado vulnerable. Podía darles existencia simultánea. Ghost Reveries llevó esa combinación a una escala monumental, con teclados envolventes, cambios de ritmo, melodías memorables y una violencia que parecía emerger desde las profundidades de cada composición. Watershed (2008) fue la última gran expresión de aquella etapa antes de una de las mutaciones más discutidas de su historia. Con “Heir Apparent”, “The Lotus Eater” y “Hessian Peel”, Opeth llevó su mezcla de death metal y progresivo a un nivel de complejidad extraordinario, pero también dejó señales de que Mikael Åkerfeldt comenzaba a mirar hacia otros horizontes. En 2011, Heritage hizo oficial el cambio. Los guturales desaparecieron del repertorio del álbum y las guitarras distorsionadas dejaron espacio a teclados vintage, pasajes instrumentales, armonías y estructuras inspiradas en el rock progresivo de los setenta. Para una parte del público, la criatura había perdido los colmillos; para otra, estaba desarrollando órganos nuevos. Lo importante es que la mutación no fue una ruptura improvisada. Era el resultado de una fascinación por la música progresiva clásica que Åkerfeldt llevaba años cultivando. Pale Communion (2014) refinó esa dirección y Sorceress (2016) incorporó una sonoridad más áspera, psicodélica y oscura. En esos años, la voz de Mikael dejó de funcionar como el rugido de un depredador para convertirse en la de un narrador capaz de conducir la tensión con matices, melodías y una interpretación cada vez más expresiva.

La genética de Opeth también puede rastrearse fuera de sus propios discos, aunque no siempre aparezca de forma evidente. Martin López, baterista de la banda entre 1997 y 2006, fundó Soen junto al vocalista Joel Ekelöf y otros músicos, llevando a ese proyecto una sensibilidad rítmica y progresiva que dialoga con su pasado sin reproducirlo literalmente. Martín Méndez, bajista de Opeth desde 1997, desarrolló White Stones como un espacio para explorar un costado más directo y extremo del metal, demostrando que la música de Åkerfeldt no agotó su interés por la brutalidad. Mikael, por su parte, participó como vocalista en Bloodbath, el supergrupo sueco de death metal que le permitió mantener vivo ese registro visceral mientras Opeth avanzaba hacia terrenos más melódicos. También existe una conexión histórica con Katatonia, banda contemporánea y cercana a Opeth dentro de la escena sueca, con la que comparte amistades, raíces y una evolución que llevó a ambas agrupaciones a explorar distintas formas de melancolía y progresividad. Ninguna de estas bandas es una copia de Opeth, y ahí está precisamente el interés de la comparación. La herencia no siempre se reconoce en un riff idéntico o en un gutural familiar. A veces sobrevive en la manera de construir atmósferas, administrar la tensión, combinar sensibilidad y peso o permitir que una canción respire antes de volver a golpear. Es una genética musical que puede pasar inadvertida hasta que uno aprende a escucharla. La historia de Opeth llegó a otra fase con In Cauda Venenum (2019), un álbum que combinó su vocación progresiva con una sensibilidad melódica madura, y con The Last Will and Testament (2024), su decimocuarto disco de estudio. En este último, la criatura volvió a mostrar los dientes. La voz gutural de Åkerfeldt regresó por primera vez en un álbum de Opeth desde Watershed, acompañada de una obra conceptual oscura, teatral y deliberadamente compleja. La vuelta de los rugidos no significa que la banda haya deshecho el camino recorrido durante más de una década. Al contrario, lo que aparece aquí es una bestia que conserva todo lo aprendido en su etapa progresiva y lo utiliza para recuperar la violencia desde otra perspectiva. El propio Mikael ha explicado que el regreso de esa voz estuvo relacionado con interpretar material antiguo en directo y descubrir que todavía le resultaba natural hacerlo. Con Waltteri Väyrynen en la batería desde 2022, junto a Fredrik Åkesson, Martín Méndez y Joakim Svalberg, Opeth ha encontrado una formación capaz de ejecutar esa complejidad sin renunciar a la espontaneidad. La diferencia entre el joven que rugía en Orchid y el músico que hoy alterna voces limpias y guturales no es solamente técnica. Es la distancia entre dos etapas de una misma vida artística.

En Chile, esa evolución también ha tenido escenarios y experiencias diferentes. La primera visita, el 4 de abril de 2009, encontró a Opeth en el ciclo de Watershed, cuando su identidad todavía estaba dominada por el contraste entre la agresividad del death metal y los pasajes acústicos. El Teatro Caupolicán fue el lugar de ese encuentro, con canciones como “Heir Apparent”, “Ghost of Perdition”, “The Leper Affinity” y “The Lotus Eater”, además de un recorrido por distintas etapas de su catálogo. Tres años después, el 28 de marzo de 2012, la banda regresó al mismo recinto para presentar Heritage, en una visita que puso a prueba la relación entre el grupo y un público acostumbrado a sus rugidos. El repertorio incorporó canciones del nuevo álbum junto a piezas como “Windowpane”, “Face of Melinda”, “The Drapery Falls” y “Deliverance”. Una nueva gira con la posibilidad de experimentar en directo una mutación que ya había dividido opiniones en todo el mundo. En 2015, Opeth volvió al Caupolicán para una nueva etapa de su trayectoria, con Sorceress todavía en el horizonte y una discografía que seguía ampliando sus contrastes. Para entonces, la banda ya había demostrado que su público chileno estaba dispuesto a seguirla más allá de las expectativas iniciales. El Teatro Nescafé de las Artes permitió experimentar otra dimensión de ese recorrido durante la etapa de Sorceress, con presentaciones de formato más íntimo que contrastaban con la escala y la contundencia del Caupolicán. Allí, los matices de las guitarras, los teclados y las voces adquirían una presencia distinta, más cercana a la experiencia de escuchar un álbum progresivo en toda su amplitud. En febrero de 2023, Opeth volvió al Caupolicán con dos fechas, el 10 y el 11, en una celebración de su historia musical que incluyó composiciones de Orchid, Morningrise, My Arms, Your Hearse, Still Life, Blackwater Park y sus trabajos más recientes de entonces. La inclusión de “Black Rose Immortal”, una extensa pieza de Morningrise, fue especialmente significativa para quienes habían seguido la transformación de la banda desde sus primeros años. En abril de 2025, su participación en Masters of Rock Chile trasladó esa experiencia al Movistar Arena, dentro de un festival compartido con Judas Priest, Savatage y Pentagram. Fue un encuentro de otra naturaleza, con los límites de tiempo propios de un cartel múltiple y la oportunidad de ver a Opeth en una producción de gran escala. Cada recinto ha ofrecido una lectura diferente de la misma criatura, desde la cercanía de los conciertos propios hasta la amplitud de un festival internacional.

El próximo 1 de noviembre de 2026, Opeth regresará a Santiago para presentarse en el Santander Arena con un espectáculo propio, según la cartelera del recinto. Esta vez no llega solamente como una banda histórica que vuelve a visitar un país donde ya tiene una relación consolidada con sus seguidores. Llega después de publicar The Last Will and Testament, un álbum que recupera la brutalidad vocal sin renunciar a la sofisticación que ha desarrollado durante décadas. La diferencia con la visita de 2025 es importante. En un concierto de cabeza de cartel, la banda dispone de un marco distinto para construir su recorrido, combinar épocas y desplegar composiciones que necesitan espacio para revelar sus cambios de intensidad. El regreso representa una oportunidad para encontrarse con una formación que no ha convertido su pasado en una pieza de museo, sino en un organismo que sigue incorporándolo a su presente. Para Chile, además, completa una trayectoria que ha pasado por recintos de distintas dimensiones y por etapas musicales que no siempre fueron recibidas de la misma manera, pero que hoy forman parte de una historia compartida. La verdadera grandeza de Opeth no está en haber sido una banda de death metal que se volvió progresiva, ni en haber recuperado los guturales después de años de ausencia. Está en haber demostrado que una identidad artística puede sobrevivir a transformaciones profundas sin quedar reducida a una fórmula reconocible. Sus discos funcionan como registros de una evolución que nunca ha sido lineal, sus músicos llevan parte de ese lenguaje a otros proyectos y su influencia aparece tanto en quienes adoptan sus contrastes como en quienes aprenden de su paciencia para desarrollar una idea. La bestia no necesita rugir de la misma manera en todas sus épocas para seguir siendo la misma. A veces ataca, otras veces observa, se repliega, cambia de piel y vuelve a emerger con una forma que nadie había anticipado. El 1 de noviembre, Santiago tendrá otra oportunidad de contemplarla en movimiento. Y quienes han seguido a Opeth desde sus primeras mutaciones podrán reconocer algo que permanece intacto bajo todas sus transformaciones: esa capacidad extraordinaria de convertir la música en un territorio vivo, impredecible y profundamente humano.

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Editora y Creadora de Contenido en iRock. Leal servidora del Rock, el Metal y los sonidos mundanos. Conductora en "La Previa" y Co-conductora en "Rock X-Files". | Mail: litta@irock.cl

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