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Live Review Internacional

Rhapsody of Fire y Delta: Gloria Perpetua

Por: @jaime_gonzalez_vocalista | Fotos: @ank.fotografia


La noche en Blondie prometía grandeza desde antes de que se encendieran las luces. Rhapsody of Fire regresaba a Chile con su imaginería de héroes, batallas y magia eterna, para celebrar el legendario “Dawn of Victory”, mientras que Delta abría la jornada representando la fuerza creativa local con una potencia escénica que nunca falla. Lo que seguiría sería un viaje entre lo mítico y lo humano, donde cada canción actuó como un capítulo de una historia destinada a grabarse en la memoria colectiva.


DELTA: LA FUERZA DE UNA FRONTWOMAN POR ESENCIA

Delta tomó el escenario con la convicción de alguien que sabe exactamente quién es y cuál es su lugar en la historia del metal nacional. Comenzando con “The Humanest”, el quinteto marcó de inmediato su sello, precisión, teatralidad justa y un dominio absoluto del escenario. Su sonido progresivo se desplegó como una arquitectura compleja y emocionante, poniendo en evidencia la madurez de una agrupación que ha atravesado décadas, y múltiples encarnaciones, sin perder su esencia.

El despliegue vocal de Paula Loza fue, simplemente, descomunal. Su capacidad para alternar entre voces limpias llenas de dramatismo y guturales salvajes dejó al público atónito desde “New Philosophy” y “Dilemma”. Canta habitando cada canción, la empuja, la quiebra y la vuelve a levantar con una presencia escénica atractiva. Aunque el momento decisivo llegó con “My Addictions”, cuyo final se convirtió en una muestra de poder vocal pocas veces vista, Paula sostuvo un gutural prolongado, durante varios segundos y sin música, obligando al recinto entero a contener la respiración. Fue un instante que detuvo el tiempo, un golpe directo al pecho de todos los presentes.

El nivel instrumental fue igual de imponente. Nicolás Quinteros, líder y arquitecto sonoro de Delta, volvió a demostrar por qué es uno de los tecladistas más respetados del país. Su experiencia en proyectos como Ghee-Yeh y Domić se nota en cada arpegio, textura y decisión interpretativa; su impronta dirige la narrativa musical con autoridad y emoción. A su lado, Víctor Quezada brilló como un auténtico dios de las seis cuerdas, entregando solos que equilibraron técnica y sentimiento con maestría. Con piezas como “Appassionata”, la banda selló un show sólido, impecable y profundamente conmovedor, reafirmando su vigencia y su capacidad para sorprender incluso a quienes ya conocen de memoria su trayectoria.

Rhapsody of Fire en Blondie: crónicas desde los reinos del acero inmortal

La noche cayó como un telón místico en la Blondie, anunciando que las historias de dragones, hechiceros y espadas eternas volverían a resonar en nuestro país. Rhapsody of Fire regresó para desplegar sus himnos épicos ante un recinto repleto de fieles guerreros del metal sinfónico, listos para ser convocados nuevamente a la batalla.

El estallido inicial llegó con “Rain of Fury”, y el público respondió como un ejército despertando bajo una tormenta invocada por antiguos magos. Los coros se alzaron con fuerza, siguiendo los teclados que, aunque épicos, eran una sombra dolorosa por sí solos: no había rastro de Alex Staropoli en el escenario. La banda explicó que una enfermedad lo había dejado fuera del combate en medio de la gira, y ese vacío se sintió como un hechizo incompleto, un conjuro ejecutado sin la mano de su propio creador.

“I’ll Be Your Hero” y “Chains of Destiny” disminuyeron un poco el frenesí inicial; fueron pasajes más tranquilos dentro de la trama, como capítulos que preparan el terreno. Pero entonces, Giacomo Voli tomó el mando con la astucia de un bardo guerrero, pidió un mosh, prometió lanzarse, y cumplió. En medio del solo de guitarra, saltó desde el escenario directo al círculo de batalla, cantando rodeado de fanáticos que lo acogieron como a un héroe caído del Valhalla.

En medio de la ovación que siguió, Voli anunció un viaje a lo profundo de la fantasía para interpretar “The Magic of the Wizard’s Dream”, una dedicatoria directa a Staropoli, ausente pero presente en cada nota. Luego, un momento inesperado, el cantante improvisó “The Rhythm of the Night” de Corona, arrancando risas y coros espontáneos,  aunque, tal vez, hubiera resultado mejor si hubiera preguntado “son Reebok o son Nike…” antes de iniciar a capella “Challenge the Wind”, grabando desde su celular un recuerdo del público chileno cantando con él como un solo gigantón místico.

Pero todo cambió cuando los primeros compases de “Dawn of Victory” estallaron como una carga de caballería rompiendo las puertas del amanecer. Fue el primer gran clímax de la noche, el público, convertido en una legión de voces, desató un vendaval de energía que transformó Blondie en un campo de batalla glorioso. Sin descanso llegó “Triumph for My Magic Steel”, vibrante como una espada recién desenvainada, seguida del canto festivo y casi folclórico de “The Village of Dwarves”, donde nadie dejó de cantar.

La devoción se hizo absoluta con “Dargor, Shadowlord of the Black Mountain”, himno del lore que la audiencia recitó como un grimorio aprendido desde la infancia. Voli aprovechó para presentar a la banda, pero el verdadero homenaje vino después: “Holy Thunderforce” desató un mosh gigantesco, acorde a una canción cuya letra habla de estar en medio de la tormenta divina y responder con furia heroica. Fue el rugido de un rayo golpeando directo en el corazón del público.

“A New Saga Begins” sirvió como un breve descanso narrativo, una pausa antes del ascenso final. Voli bromeó sobre su edad y su resistencia diciendo  “Estoy viejo para esto…” antes de lanzarse a “Land of Immortals”, otro salto al pasado glorioso. Pero nada preparó al público para el último ritual. El cantante dividió Blondie en dos mitades, exigiendo un grito desde las profundidades del alma: “¡EMERALD!” por un lado y “¡SWORD!” por el otro, como si cada lado del recinto fuera un ejército empuñando una parte del arma legendaria. El cierre con “Emerald Sword” fue el segundo clímax definitivo, una explosión de épica pura donde la letra cobró vida, todos, absolutamente todos, buscando “el poder de la gloria” entre acordes que han definido generaciones del power metal.

Lo vivido fue un cruce de destinos, una convergencia de historias, disciplinas y espíritus musicales que, por un par de horas, transformaron el lugar en un bastión donde lo humano rozó lo mítico. Rhapsody of Fire nos llevó hacia tierras encantadas, recordándonos que la fantasía es un arma capaz de abrir la imaginación como una herida luminosa; Delta, por su parte, añadió el filo humano, la lucha interna, la construcción emocional que nace de la fragilidad y del fuego personal. Dos visiones distintas del metal convergieron para demostrar que la épica no solo está en las letras ni en las escenas inventadas, sino también en el acto íntimo de sostener una nota, lanzarse a un mosh, o gritar un estribillo con el pecho abierto.

Porque al final, más allá de los solos perfectos, del virtuosismo o del espectáculo, lo que queda grabado es la comunión. Ese instante en que el público deja de ser masa y se convierte en ejército; en que el escenario deja de ser tarima y se transforma en reino, templo o campo de batalla. Lo que ocurrió anoche fue una demostración de que la música sigue siendo uno de los pocos lugares donde la realidad se quiebra lo suficiente como para dejar entrar lo extraordinario.

Y así, entre espadas de esmeralda, tormentas de furia, filosofías nuevas y demonios internos que cada uno carga en silencio, la noche cerró con la certeza que mientras exista alguien dispuesto a levantar la voz, a tocar una cuerda o a hacer temblar el suelo con un gutural prolongado, el metal seguirá vivo. Como una llama perpetua que, concierto tras concierto, vuelve a encenderse en cada uno de nosotros.

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Noticia publicada por el área editorial.

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