Por Jaime Gonzalez - Fotos @crisrock_photography
En un triste día que marca la partida de este plano del Príncipe de las Tinieblas, Ozzy Osbourne, el ambiente previo no era muy de regocijo. Hasta que las luces del recinto bajaron y un zumbido de emoción cruzó el aire cuando los primeros acordes de “In God We Trust” resonaron en el escenario. La versión actualizada del clásico, cargada de energía, fue el disparo de partida para una noche inolvidable donde Stryper, por tercera vez en nuestro país, ofreció una clase maestra de heavy metal con mensaje y convicción. Le siguió “Revelation”, que no solo mantuvo el frenesí del arranque, sino que dejó espacio para un espontáneo canto de cumpleaños desde el escenario al público, gesto que fortaleció el vínculo inmediato.
Desde los primeros segundos, veíamos que no se trataba de un show cualquiera. Aparecieron con sus tradicionales trajes negros y amarillos, emulando a unas auténticas avispas del metal. Esa estética, que podría parecer solo anecdótica, cobró profundidad al comprobar que todo, desde las luces hasta el fondo del escenario, estaba cuidadosamente coordinado en esos tonos, generando una identidad visual coherente y envolvente. El sonido fue otro punto alto: potente, definido, sin una sola falla técnica. Cada riff de Howie Simon, quien reemplazó a Oz Fox, sonó tan certero como las armonías vocales lideradas por un impecable Michael Sweet, quien no desafinó una sola nota durante toda la noche.
“Calling on You”, “Free” y “Sorry” desataron un coro constante entre los fanáticos, aunque uno de los momentos más emotivos llegó con “Always There for You”. Esta power ballad, lanzada en 1988, explora el compromiso incondicional del amor verdadero desde una óptica cristiana. Con una melodía melancólica pero esperanzadora, fue coreada con devoción, como un himno de consuelo que conectó profundamente con quienes han buscado sostén en tiempos difíciles.
Luego vendrían joyas como “Divider”, “The Valley” o “Yahweh”, que marcaron el tramo más espiritual del set, antes de llegar a un clímax absoluto con “More Than a Man”. Este tema, perteneciente al álbum To Hell With the Devil, es una declaración abierta de fe y redención, donde el creyente se transforma, por gracia, en algo superior. El dramatismo del estribillo, sumado a la entrega escénica de Stryper, hizo de este uno de los puntos más intensos de la jornada.
Otro detalle memorable fue la posición de Robert Sweet, el baterista, montado de lado como es habitual en él, permitiendo que el público lo observe sin barreras. Esta disposición única, que utiliza desde fines de los 70, aporta un elemento visual extraordinario, demostrando que el show no es solo música, sino también espectáculo.
El cierre, con “Sing-Along Song” y la brutal “To Hell With the Devil”, fue la coronación de una noche que marcó una experiencia de fe, música y comunión. En una velada donde cada acorde parecía tener un propósito más allá del entretenimiento.
Y así, entre truenos de guitarra, himnos de redención y un público entregado, Stryper convirtió la jornada en un acto de fuego sagrado. Como si el cielo se hubiese abierto por una hora y media para recordar que también se puede predicar entre riffs, dobles bombos y voces que, aún con los años, siguen tocando el alma como en los tiempos dorados del metal.


















