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Santiago en penumbras: The Sisters of Mercy abren el mes gótico con un ritual de sombras

Nota: Litta | Fotos: CrisRock

Anoche, Blondie se transformó en la antesala de un reino nocturno, la presencia de The Sisters of Mercy descendió sobre Santiago como un ritual gótico perfectamente calculado, una ceremonia de sombras y humo que, pese a la ausencia tangible de luz, vivirá en la memoria de quienes la presenciaron.

Desde el instante en que las luces se atenúan y Andrew Eldritch —cual vampiro medieval— emerge apenas visible en los límites de la penumbra, sentimos que ya no estábamos en un concierto, sino dentro de un reino aparte. Él, figura casi omnipresente en cada acorde, invoca la herencia de más de 45 años de historia musical con una presencia fungiendo de eje místico de la velada y a su lado, Ben y Kai —sus gárgolas– sosteniendo la atmósfera con una lealtad majestuosa, como si nos hubieran arrastrado a un universo en que quimeras vienen a danzar bajo la eterna oscuridad. La alineación oficial actual de The Sisters of Mercy sigue teniendo a Andrew Eldritch como único integrante original permanente, mientras que Doktor Avalanche (la venerada máquina de percusión) funge como batería implacable y sigilosa, resguardando el metrónomo de la agrupación y sus ritmos. En los últimos años, la escuadra en vivo incluye también a Ben Christo en guitarras y coros, y a guitarristas de soporte (como Kai de Esprit D’Air), que ayudan a recrear esa textura oscura, densa y teatral.

El repertorio desplegado fue exactamente acorde a un rito ancestral, manteniendo la integridad del setlist completo. Las primeras canciones desplegaron esa melancolía oscura inherente, “Don’t Drive on Ice” cortó el aire con su guiño industrial como un latido interno, seguida por la furia controlada de “Crash and Burn”. “Ribbons” tejió sus tensiones, y al llegarnos “Doctor Jeep / Detonation Boulevard”, el escenario vibró con esa conjunción de marcha implacable y retórica casi perfecta. “More” y “I Will Call You” bajaron el pulso para evocarnos en penumbras íntimas, antes de que “Alice” acariciara el alma con su poesía gótica.

Al llegar a “Dominion / Mother Russia” sentimos el peso épico de la historia oscura como si camináramos sobre hielo negro. Con “Summer”, una canción que sorprende por su luminosidad relativa, nos permitieron movernos, respirar —algo poco habitual en shows tan densos—. Pero fue “Giving Ground” la gema inesperada, con un homenaje al proyecto The Sisterhood que sumó un matiz reverente al rito, capturando la devoción interna del culto. “Marian” nos devolvió a la región de los sueños sombríos, y “But Genevieve” agitó las cuerdas del anhelo oscuro. “Eyes of Caligula” tronó como un presagio, “Here” nos depositó en calma ecuánime, “Quantum Baby” agitó tensiones subterráneas, “On the Beach” envolvió con su cadencia fantasmal, “When I’m on Fire” incendió lo interno, y “Temple of Love” cerró el acto antes del encore con su poder emblemático.

Pero el ritual no terminaba sin una segunda oleada, y así fue como un fragmento de “Never Land” nos situó en ese limbo entre vida y eternidad, antes de que “Lucretia My Reflection” nos arrastrara al clímax gótico colectivo, y finalmente “This Corrosion” nos coronara entre himnos y espesor lúgubre de la tundra del recinto.

En cuanto a energía pura, no puedo negar que el concierto del año pasado, para muchos presentes, resultó un estallido más salvaje, más visceral. Hubo momentos en que parecía que el vértigo mismo saltaría del escenario. Esta vez, sin embargo, el show fue más contenido, más dirigido, más teatral, ciertamente un espectáculo pensado para sumergirnos en la mística de la oscuridad. Menos desenfreno, más succión hipnótica, mientras la atmósfera se sostuvo en un velo continuo de humo, apenas roto por luces oblicuas que apenas penetraban la penumbra consus colores y matices, así el efecto fue que Andrew parecía emerger y hundirse en la neblina al mismo tiempo, como un ente espectral moviéndose entre planos. La constancia de la nubosidad generó una sensación de clausura ritual, reforzada por las escasas palabras entre canción y canción, no se trataba de proximidad, sino de invocación.

Kai, actualmente guitarrista de la nueva formación, le brindó al ambiente una energía exquisita y muy pura del rock de los ochenta, algo que algunos podrían comparar con una deidad asiática emergiendo desde el lóbrego umbral. Su sola presencia añadió un contrapunto precioso al dominio vocal de Andrew, cuando ella rasgaba las cuerdas, esos instantes parecían anunciar algo mayor, una ruptura luminosa en medio de la noche. Aun con la falta de una batería humana —un detalle no menor para quienes sentimos la pulsación orgánica del ritmo—, la máquina Doktor Avalanche cumplió con un rigor alucinante. Pero uno no puede evitar imaginar qué efervescencia adicional podría haber surgido con una batería real. Aun así, fue un suceso épico, más que un concierto, una ceremonia velada de sombras y latidos mecánicos.

Al salir, fuimos abducidos por el pasado, cada nota parecía rememorar décadas de glorias y penumbras. Quizás no fue el más salvaje de los espectáculos, pero sí fue, sin duda, uno de los más intensos en atmósfera, uno en que cada canción cobró un sentido casi litúrgico. Un ritual vampírico consumado, del que salimos no solo con el eco del sonido, sino con la sensación de haber sido parte de algo eterno.

Written By

Editora y Creadora de Contenido en iRock. Leal servidora del Rock, el Metal y los sonidos mundanos. Conductora en "La Previa" y Co-conductora en "Rock X-Files". | Mail: litta@irock.cl

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