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Editorial

Behemoth: La Evolución del Iconoclasta Moderno

Behemoth nació como un canto blasfemo entre ruinas paganas, y se convirtió en una voz que de alguna forma invoca como un mensaje negro, que atraviesa el tiempo, que no se conforma con destruir templos, sino que erige los suyos propios, dueños de símbolo y arte.

Hablar de Behemoth es hablar de transformación. Es hablar de cómo una banda que emergió desde la crudeza de los bosques polacos con grabaciones de baja fidelidad y riffs primitivos, logró convertirse, tres décadas después, en un monumento viviente de lo que significa derribar ídolos y erigir símbolos propios. Es un viaje que trasciende lo musical, una revolución estética, conceptual y cultural que los ha llevado a ser venerados como iconoclastas modernos en un mundo donde las provocaciones vacías ya no sorprenden, pero donde la autenticidad aún tiene la capacidad de sacudir cimientos. La metamorfosis sonora de la oscuridad al esplendor, ha sido una de sus mejores cualidades maceradas con el tiempo.

El Behemoth de los noventa era una criatura distinta. En sus primeros registros como Sventevith (Storming Near the Baltic) y Grom, la banda era una joya escondida del black metal con un toque más primitivo, saturado de atmósferas paganas y una devoción abierta por la mitología eslava. Había crudeza, sí, pero también una búsqueda incipiente por trascender los márgenes del género. Con el tiempo, su sonido comenzó a tomar cuerpo y musculatura. La llegada de Zos Kia Cultus (Here and Beyond) en 2001 marcó un punto de quiebre. Las guitarras se hicieron más densas, las composiciones más estructuradas, y la voz de Nergal adquirió esa gravedad que más tarde sería reconocible al instante. El disco fue la señal de que Behemoth estaba dispuesto a jugar en una liga mayor, no solo en términos de brutalidad, sino en calidad artística y perfomática, verdaderas figuras rupturistas del dogma de la santísima. 

Luego vinieron Demigod y The Apostasy, obras que consolidaron su nuevo estatus. Aquí ya no había rastros de aquellos adolescentes experimentando en garajes húmedos. Aquí había arquitectura sonora y un discurso elaborado de qye lo que buscaban proyectar. Había orquestaciones, desafiando, destruyendo, renaciendo. Pero fue en The Satanist donde todo confluyó en una sinfonía perfecta de simbolismos y belleza. El álbum, que fue también un regreso tras la batalla personal de Nergal contra la leucemia, fue un manifiesto, la declaración de un artista que se rehúsa a ser prisionero de cualquier dogma, incluso el de su propia escena. Con este disco, Behemoth se consolidó como una de las bandas más relevantes del metal extremo dentro de un espectro que le ha permitido cruzar fronteras, amantes de otros géneros han puesto el oído en su metal por lo que también representan, la banda se convirtió en un fenómeno cultural. El sonido de Behemoth hoy, incluyendo su reciente The Shit Ov God (2025), no es simplemente death metal ni black metal ni siquiera una fusión ortodoxa de ambos. Es un vehículo para la iconoclasia hecha arte. Es un lenguaje propio donde la blasfemia no es fin, sino herramienta. Cada riff, cada golpe de batería, cada verso, es un cincel que esculpe su propio panteón.

Sabemos que la iconoclasia como arte es un transmutador de estética, que mejor que su videografía y refinamiento para dar un ejemplo. Behemoth no se ha limitado a revolucionar el sonido. Han comprendido —como pocos— que la verdadera revolución se construye en múltiples planos. La estética visual de la banda ha sido cuidadosamente refinada a lo largo de los años, evolucionando desde lo crudo y satánico de sus primeras portadas hacia una propuesta casi cinematográfica y onírica. Hoy, ver uno de sus videoclips es asistir a un ritual fílmico de alta factura. Más alllá de ser videoclips de metal, también son piezas visuales cargadas de símbolos paganos, cristos mutilados, iconografía barroca, y un uso magistral del claroscuro que hace eco tanto de Caravaggio como de los místicos herejes de la historia. En obras como God=Dog o Bartzabel, el cuidado por la composición visual roza lo sublime. Los videos no solo ilustran la música, la expanden. La vuelven tangible, palpable, inquietante. Incluso sus puestas en escena en vivo son liturgias. Fuego, columnas, cruces invertidas, cánticos rituales. La línea entre concierto y ceremonia se desdibuja. Behemoth convoca para que la audiencia no solo escuche, sino también participe y sea parte del concilio de iconoclastas.

El éxito de lo prohibido y la blasfemia son hoy un fenómeno cultural, algo que hace unos siglos era castigado incluso con la muerte, hoy se instaura como un nuevo conjunto de valores, regidos por el pensamiento crítico. Lo fascinante es cómo una banda que en teoría debería estar condenada a las catacumbas del underground ha logrado romper esa barrera y alcanzar el éxito de taquilla. Behemoth llena teatros, arenas y festivales alrededor del mundo. ¿Cómo lo hacen? No es una concesión al mercado ni un suavizamiento de su discurso. Lo logran porque el mensaje, aunque incómodo para algunos, es auténtico, profundo y universal, hablan de romper las cadenas, cuestionarse las verdades impuestas, erigir tu propio templo y le dan un valor poéticamente simbólico a ello a través de su trabajo estético, se han convertido en una verdadera marca cultural. Su merchandising se vende como si fueran estrellas del pop, sus giras generan expectación mundial, y su figura trasciende el nicho del metal extremo. La banda aún así no ha perdido su filo ni su esencia, han logrado que el mundo, incluso sin entender todos sus símbolos, se arrodille ante la potencia de su propuesta. En tiempos donde las provocaciones son recicladas y las polémicas parecen estrategias vacías, Behemoth sigue siendo rupturista, subversivo y necesario.

La profecía cumplida de los polacos se ha convertido en lo que canta. Si en sus primeros discos la banda invocaba la destrucción de los ídolos, la caída de los dogmas y la emergencia de nuevos dioses, hoy ellos son la encarnación de esa profecía. Se han convertido en iconoclastas modernos, no por destruir imágenes sin sentido, sino por reemplazarlas con símbolos propios, refinados y poderosos. Lo que alguna vez cantó con una fuerza que devora los viejos altares para construir otros nuevos, hoy son su propia imagen. Son su propio mito. No es solo la destrucción por la destrucción. Es la rebelión consciente, viene de la herejía estética, traspasa las fronteras del arte transformando la blasfemia en belleza.

Y nosotros tendremos nuestro propio ritual de la blasfemia. Esa belleza oscura, ese arte que arde y fascina, llegará a Chile este 2 de octubre de 2025 en el Teatro Caupolicán de Santiago, cuando Behemoth desate su ritual junto a los históricos Deicide y los noruegos Nidhogg en el marco de The Unholy Trinity Latin America Tour 2025. Una noche donde el black, el death y la iconoclasia se entrelazarán en un solo latido brutal y majestuoso. Junto a los nacionales Diabolvs, que son el acompañante perfecto para abrir una jornada demoledora cargada de calidad, maestría sonora y alto nivel escenográfico. Adquiere tu entrada a través de PuntoTicket.

Written By

Editora y Creadora de Contenido en iRock. Leal servidora del Rock, el Metal y los sonidos mundanos. Conductora en "La Previa" y Co-conductora en "Rock X-Files". | Mail: litta@irock.cl

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