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Editorial

Del ruido a la anestesia: cómo la música ha dejado de incomodar al poder

Hubo un tiempo —no mítico ni romántico, sino históricamente verificable— en que el arte y la música sí representaban un peligro concreto para el poder. No porque movilizaran a “todos”, sino porque abrían grietas. Grietas simbólicas, culturales y emocionales que el sistema no podía controlar del todo. Hubo un tiempo en que el arte incomodaba porque no tenía dónde caer bien.

Este artículo fue pensado muchas veces antes de escribirlo, porque no nace desde la nostalgia sin sentido ni desde el fetiche por una época que no viví, sino desde la memoria heredada y que hoy adquiere un sentido contundente. Mi padre nos hablaba a mi y a mi hermana del Woodstock como si hubiera sido una grieta en la historia, un festival ilegal en un momento en que la música era de verdad, un enemigo del sistema. No un producto sólo incómodo, no una pose estética, sino una amenaza real para él status quo. En ese entonces el arte todavía tenía la capacidad de cambiar el juego, de zamarrear al poder, de generar miedo en quienes necesitaban orden, obediencia y silencio para sostener el mundo que estaban construyendo. Pues el Rock no irrumpió solo con guitarras distorsionadas y cuerpos vibrantes. Irrumpió en un mundo que ya comenzaba a mostrar las primeras señales de su declive moral, político y humano. Guerra, racismo, violencia institucional, un capitalismo que empezaba a mutar hacia algo más sofisticado y peligroso. Frente a eso, el rock —y la contracultura que lo rodeaba— golpeaban la mesa contra la tiranía y sus adeptos no negociaban buscando ser aceptados. Era ruido, era exceso, era comunidad, era una forma radical de decir “no” cuando todavía se podía creer que ese “no” tenía consecuencias reales. 

Antes no existía un espacio diseñado para contener la disidencia, digerirla y devolverla convertida en espectáculo, y esto no es algo nuevo ni exclusivo del rock, esto sucede desde la mismísima invención de la música. Basta recordar cómo ciertos compositores clásicos fueron vistos como una amenaza real por el poder y la moral dominante, el gran Niccolò Paganini por ejemplo, fue acusado de satanismo porque su virtuosismo parecía inhumano, y Giuseppe Tartini llegó a alimentar el mito con El trino del diablo, obra nacida —según él mismo— tras un sueño en el que el demonio tocaba el violín. La música, en particular, nunca fue un lenguaje neutro, sino una forma de intervención directa sobre la sensibilidad colectiva. Cuando una obra molestaba, no se la discutía en comentarios ni se la resignificaba con humor, se la prohibía, se la sacaba del aire y se la perseguía. La reacción del poder era torpe, violenta y explícita, porque aún no había aprendido la lección más eficaz del capitalismo cultural contemporáneo, no es necesario callar la crítica si se la puede administrar, dosificar y convertir en parte del mismo engranaje que aparenta cuestionar.

Durante buena parte del siglo XX, el conflicto entre arte y sistema fue real. La gente creía de verdad en el poder de una canción, y no porque todos los artistas fueran revolucionarios conscientes, sino porque la música operaba en un registro que escapaba al control total. Las canciones no eran únicamente productos o material de entretenimiento, eran vehículos de afecto, de rabia y de identificación. Por eso se prohibía bailar ciertos temas y por eso ciertos estilos o cantantes representaban un peligro concreto para el orden establecido. Cuando Billie Holiday cantaba Strange Fruit, no ofrecía una metáfora elegante para la diversión, obligaba a un público blanco a escuchar, sin filtros, la descripción de cuerpos afros y su cultura. Cuando los jóvenes de la Alemania nazi se negaron a abandonar el Jazz y el Swing, y bailaron incluso de forma clandestina hasta ser enviados a campos de concentración, no estaban simplemente divirtiéndose ni haciendo “cosas de jóvenes”, estaban torciendo la historia para que, años más tarde, el rock and roll pudiera zarpar. El Aparato lo entendió antes que la crítica cultural, esas voces eran peligrosas, no tanto por lo que decían, sino por lo que hacían sentir. Lo mismo ocurrió con Dylan cuando se negó a suavizar letras incómodas para la televisión, o con Hendrix cuando convirtió el himno estadounidense en un paisaje sonoro de guerra frente a cientos de miles de personas. La incomodidad no era un concepto abstracto, era una experiencia física, colectiva, difícil de neutralizar.

A partir de 1938, el régimen nazi comenzó a denominar como Entartete Musik —“música degenerada”— a toda aquella expresión sonora que consideraban perniciosa, decadente o contraria a los valores del Estado. Bajo esta proclama se organizaron una serie de exposiciones propagandísticas destinadas a desacreditar géneros como el jazz.

No fue distinto cuando el rock endureció su lenguaje y comenzó a mirar de frente a los miedos colectivos. Bandas como Black Sabbath fueron perseguidas, censuradas y demonizadas no solo por su sonido denso y oscuro, sino por letras que hablaban de guerra, alienación, locura y destrucción social en un lenguaje que los jóvenes entendían demasiado bien. Se les acusó de corromper a la juventud, de incitar al satanismo y de fomentar la rebeldía, cuando en realidad estaban nombrando aquello que el poder prefería mantener oculto. Más tarde, el punk repetiría la escena, junto a tantas otras bandas, fue visto como una amenaza directa al orden establecido, no por su técnica ni por su éxito, sino por su capacidad de politizar el descontento juvenil, de transformar frustración cotidiana en identidad y acción. Cada generación tuvo su música “peligrosa”, no porque adoctrinara, sino porque despertaba preguntas incómodas, porque ofrecía un lenguaje emocional y colectivo allí donde el sistema solo ofrecía obediencia y consumo.

Hoy, mirar hacia atrás duele un poco y no por lo que fue, sino por lo que ya no somos. El arte y la música han sucumbido al sistema y se posicionan mayoritariamente como productos. Pueden contener crítica explícita al poder, sí, pero esa crítica rara vez atraviesa la superficie. Se queda atrapada en discusiones de redes sociales, en hilos eternos, en likes, en cancelaciones, en la ilusión de participación política que ofrece el teclado. El mensaje no transforma estructuras, apenas agita conversaciones que el propio sistema sabe absorber, monetizar y olvidar. Ese tipo de fricción se fue perdiendo no porque el arte se haya vuelto menos lúcido, sino porque el sistema se volvió infinitamente más sofisticado. Hoy no hace falta censurar al artista, basta con ofrecerle un escenario lo suficientemente grande como para que su gesto quede atrapado en la lógica del espectáculo. El conflicto ya no se reprime, se exhibe. Se vuelve parte del show y se consume. El mundo se durmió en algún punto y la pandemia, junto con la crisis informativa que vivimos, no hizo más que profundizar ese letargo, en donde la incoherencia de lo que se escucha con lo que se practica se hizo abismal.

Es una especie de edad oscura en plena modernidad, en la que lo tenemos todo y, sin embargo, no tenemos nada. Información infinita, pero pensamiento crítico escaso. Acceso total, pero una incapacidad profunda de conmovernos de verdad. Cada intento por sensibilizar o concientizar termina convertido en trend de TikTok, en fondo musical para coreografías o contenido viral despojado de contexto. Pasó con They Not Like Us de Kendrick Lamar, una canción cargada de lectura política y cultural que rápidamente fue vaciada de sentido por la lógica del consumo rápido. En el rock ocurrió antes y ocurre siempre, Killing in the Name de Rage Against the Machine sonando en comerciales, Smells Like Teen Spirit convertida en himno generacional sin rabia, sin peligro, sin amenaza. Uno de los ultimos vestigios que oincomodaron fue el videoclip de Pearl Jam Do The Evolution, pero MTV se encargó de adormecer su impacto.

Mientras tanto, los géneros extremos —donde hoy se concentra gran parte del pensamiento crítico más honesto de la música— siguen siendo escuchados casi exclusivamente por su mismo público de siempre, un público que habita las orillas de la sociedad “normie”. Black metal, hardcore, crust, noise, escenas que no buscan fama ni ser digeribles, pero que también quedan encapsuladas, sin capacidad real de infiltrarse en el centro del discurso cultural. No porque no tengan algo que decir, sino porque el sistema aprendió a aislar lo que no puede domesticar. Las redes sociales aceleraron este proceso hasta un punto casi obsceno. Todo puede ser dicho, pero nada logra permanecer. La indignación dura lo que dura un trending topic. La crítica se formula en el mismo espacio donde se diluye. Los memes —esa forma aparentemente inocente de humor popular— cumplen una función clave, desactivar el peso emocional de los acontecimientos. Incluso las violaciones a los derechos humanos, incluso la guerra, incluso la miseria, son procesadas como material reutilizable, resignificado, compartible. No es que falte información, nos sobra. Lo que falta es afectación real. Ya no nos conmueve lo que entendemos. Y sin conmoción, no hay desplazamiento interno, no hay ruptura y es importante decirlo con claridad, no es culpa de los músicos ni de los fans. Es culpa de un sistema que supo, una vez más, cómo adormecernos. Históricamente, todas las eras han sido atacadas, cooptadas y neutralizadas en cierto punto. Pero ahí está lo verdaderamente maravilloso de la historia, porque siempre hay un momento de quiebre y un flanco débil de la maquinaría. Siempre hay un despertar. Siempre aparece una fisura…

Decir que “hemos sido dormidos” suena exagerado, pero tal vez sea preciso y no porque alguien nos haya impuesto el sueño, sino porque aprendimos a convivir así. Confundimos despertar con reaccionar, confundimos conciencia con visibilidad y crítica con performance. El problema no es que el arte ya no incomode. El problema es que ya no sabemos qué hacer con la incomodidad cuando aparece y la dejamos pasar mientras la comentamos, la archivamos y seguimos. Tal vez el desafío no sea pedirle al arte que vuelva a ser peligroso, sino preguntarnos si aún somos capaces de sostener aquello que duele sin convertirlo en espectáculo. Porque mientras toda crítica tenga un lugar asignado, una plataforma adecuada y un ciclo de consumo predecible, el sistema no tiene nada que temer. Tal vez ya no se trate de repetir Woodstock ni de romantizar el pasado. Tal vez se trate de entender su espíritu y de buscar nuevas formas, retomar eso que nos pausaron. Basta de clean look. Basta de pensamiento conservador disfrazado de moderación en las juventudes, basta de no hablar de esto. Basta de permitir que el conservadurismo y la complacencia del exitismo devoren el pensamiento. El poder de la música no está muerto, pero está anestesiado y despertar, hoy más que nunca es un acto radical y necesario, porque sino por más lúcido que sea, seguirá gritando en una habitación perfectamente insonorizada.

Written By

Editora y Creadora de Contenido en iRock. Leal servidora del Rock, el Metal y los sonidos mundanos. Conductora en "La Previa" y Co-conductora en "Rock X-Files". | Mail: litta@irock.cl

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