Lo de Dream Theater en el Movistar Arena no era un concierto más. Desde el inicio quedó claro que se trataba de un registro mayor: una presentación pensada también como documento, con la grabación de su próximo Blu-ray.
El show tuvo dos actos más el encore, con Parasomnia como eje de la primera mitad. Temas como Night Terror, A Broken Man y The Shadow Man Incident dieron forma a un bloque donde la banda operó con naturalidad en lo que marca esta nueva etapa de la banda.
En ese contexto, la ejecución fue, como es habitual, impecable. Pero reducirlo a virtuosismo sería simplificar demasiado. Porque incluso en un entorno donde todo parece medido al detalle, hay espacio para lo humano y ahí aparece James LaBrie.
Frecuentemente señalado como el punto más discutido dentro del sonido de la banda, su desempeño en esta presentación tuvo solidez, buena energía y una presencia escénica con poder. Lejos de desentonar, su rol aporta algo distinto dentro de una maquinaria de precisión: una dimensión más cercana, menos calculada, que equilibra el peso técnico del resto del conjunto.
Su interacción con el público, sus desplazamientos por el escenario y la forma en que aborda cada intervención, ya que en los momentos instrumentales no siempre está. terminan por cumplir una función clave: recordar que, incluso en este nivel de ejecución, hay personas detrás de la música.
En paralelo, el nivel instrumental se mantuvo en el estándar magnífico que define a la banda. John Petrucci volvió a demostrar por qué es un referente absoluto en la guitarra, no solo desde la ejecución, sino también desde la construcción de sonido.
Más allá de cualquier discusión sobre mezcla, su despliegue fue también un recorrido visual y técnico por su arsenal de instrumentos. Modelos como la JP15 -con cuerpo de caoba africana, tapa de roasted maple y configuración con pastillas DiMarzio Illuminator, piezo y boost integrado- convivieron con distintas variantes de la línea Majesty, en una sucesión de cambios que no solo aportaban color, sino también matices dentro del show.
Ese mismo nivel de detalle se replicó en John Myung, cuyo bajo Bongo signature volvió a cohesionar el andamiaje del concierto con una precisión absoluta con su sonido definido, equilibrado y de ejecución virtuosa. Es, sin duda, uno de los bajistas más sólidos y técnicamente brillantes de su generación.
En teclados, Jordan Rudess operó como un verdadero laboratorio en tiempo real, alternando entre texturas digitales, controladores expresivos y recursos poco convencionales que expanden constantemente el espectro de la banda y siempre aporta una genialidad al sonido conjunto. Mientras que Mike Portnoy entregó una ejecución energética y visualmente conectada con el público, incluso sin recurrir a la interacción verbal directa todo el tiempo. Su presencia escénica reinstala un elemento que forma parte esencial de la identidad histórica de la banda.
La segunda parte del show, con temas como The Enemy Inside, Fatal Tragedy y The Dark Eternal Night, mantuvo el nivel de intensidad, incorporando además guiños reconocibles -‘Wish You Were Here’ y ‘Wherever I May Roam’- en Peruvian Skies, antes de desembocar en un cierre que terminó por consolidar la experiencia.
El encore con A Change of Seasons no solo funcionó como clímax, sino también como punto de encuentro entre banda y público. Ahí, la respuesta fue total. Y en una noche donde todo estaba siendo registrado, esa conexión también formó parte del resultado.
Porque más allá de la precisión, de la complejidad o del despliegue técnico, lo que terminó de definir la noche fue otra cosa: la conciencia de estar construyendo un momento que iba a permanecer. Y en ese sentido, tanto la banda como el público entendieron su rol.
El resultado fue un show a la altura de su propia historia.


















