Por: @jeff.qlo
Evaristo Páramos llega de nuevo a chile para ser parte del festival RockOut y es porque prácticamente es el símbolo por defecto del punk, no porque haya buscado serlo, sino porque nunca dejó de escupir lo que pensaba, y sigue más vigente que nunca.
Hablar de él es volver inevitablemente a La Polla Records, pero no desde la nostalgia típica, sino desde lo que realmente significó. Una patada directa a todo lo establecido en esa época, siendo parte de un género el “Rock radical vasco“ que parte de su ideología se construyó desde la rabia contra el Estado, la policía, el desempleo juvenil, la marginalidad y también contra las instituciones tradicionales como la Iglesia, que todavía tenía un peso fuerte en la vida cotidiana. Había un rechazo abierto al fascismo, pero también una crítica constante al sistema en general, sin alinearse necesariamente con una postura política única, sino más bien desde una desconfianza total hacia cualquier forma de poder.
Lo potente es que ese discurso no quedó atrapado en una época. No es música que funcione solo como recuerdo de los 80 o 90. Es música que hoy sigue sonando vigente, casi demasiado vigente. Porque las cosas que criticaba siguen ahí, solo que con otras caras, otros nombres, otras estrategias más sofisticadas. Y eso le da un peso distinto a su figura.
Cuando La Polla Records termina o se transforma, lo fácil habría sido quedarse con ese legado y vivir de eso. Pero Evaristo nunca ha sido de caminos fáciles. Ahí aparecen proyectos como Gatillazo, The Kagas, The Meas y también Tropa do Carallo. Y no, no son intentos de repetir lo mismo. Hay algo más crudo en esas etapas, más directo, incluso más cansado, como si ya no hubiera paciencia para explicar el mundo, solo para reaccionar ante él.
Gatillazo, por ejemplo, suena como alguien que ya entendió cómo funcionan las cosas y simplemente decidió dejar de tolerarlas. Tropa do Carallo, en cambio, tiene algo más frontal todavía, más inmediato, casi como una descarga a todo lo impuesto y sin importar consecuencias, The Kagas y The Meas se mueven en ese terreno más sucio, más desordenado, donde el punk vuelve a ser el impulso de gritar y decir lo que uno piensa antes que estructura musical.
Pero lo más fuerte no está solo en su música, está en la gente que mueve. Porque no se trata de seguidores pasivos. Lo que genera es otra cosa. Es identificación. Es gente que ve en sus letras algo que no encuentra en otros lados. Y eso se vuelve aún más evidente cuando miras hacia Latinoamérica.
Chile, en particular, no es un lugar cualquiera para recibir a alguien como él. Acá hay historia reciente, hay tensión acumulada, hay una sensación constante de que las cosas no terminan de resolverse nunca. El estallido social no fue un evento aislado, fue una expresión de algo que venía creciendo hace años. Y aunque el tiempo ha pasado, esa incomodidad sigue ahí, más silenciosa quizás, pero igual de presente.
Y eso cambia todo. Porque no es lo mismo escuchar esas canciones desde la distancia que hacerlo en un lugar donde ese contenido tiene peso real. El público no va solo a cantar. Va a descargar, a reconocerse, a sentirse parte de algo que va más allá de la música. Ese tipo de conexión no se fabrica. Y hay algo que lo confirma de forma concreta. El año pasado, cuando volvió a Chile, llenó dos veces el Teatro Caupolicán. Dos noches completas, dos espacios reventados de gente que no fue a recordar, fue a vivirlo. Eso habla de vigencia, pero también de necesidad.
Ahora el contexto es distinto, pero el peso es aún mayor. Porque lo que viene no es otra gira más, es su despedida… es entender que ese momento no se va a repetir de la misma forma. Que hay algo que se está terminando en vivo, al menos como lo hemos conocido hasta ahora.
Tampoco hay que romantizarlo demasiado. Lo que él representa no es bonito. No es cómodo. No es ese tipo de artista que te deja tranquilo después de escucharlo. Hay algo incómodo en su manera de decir las cosas, en su forma de pararse frente al mundo. Probablemente no haya grandes sorpresas cuando suba al escenario. No es un artista que juegue a reinventarse en cada presentación ni a construir momentos calculados. Lo suyo es más directo, salir a cantar, decir lo que hay que decir y dejar que el resto pase solo. Pero dentro de esa simpleza hay algo potente, porque lo que sostiene todo no es la puesta en escena, es la verdad detrás de lo que hace.
Evaristo no necesita demostrar nada a estas alturas. No necesita validación, ni reconocimiento nuevo, ni encajar en tendencias. Y eso le da una libertad que pocos tienen. Puede seguir siendo exactamente lo que siempre fue, sin negociar, sin adaptarse, sin pedir permiso. Porque mientras esa incomodidad exista y en Chile claramente está permitido dejar que hable lo que quiera, su voz no va a dejar de tener sentido.
La presentación de Evaristo Páramos en el Rockout será en el Estadio Santa Laura, y no se espera un show tranquilo… se pronostica una descarga intensa, un público convertido en una jauría y un caos que se vivirá de principio a fin.


















