El 12 de septiembre, Left To Die no llegó a Santiago a presentarse en un terreno neutral. Llegó a un país que tiene una relación particularmente enferma con el metal extremo y que, antes de dejarlo entrar al escenario, ya había puesto tres nombres nacionales a calentar la maquinaria. Y eso terminó siendo una de las grandes virtudes de la jornada, en donde Left To Die no tuvo que cargar solo con la responsabilidad de representar una parte de la historia de Death, porque Chile se encargó primero de recordar que también tiene su parte en ella.
Coffin Curse abrió la jornada sin la necesidad de comportarse como “la banda que toca antes del plato fuerte”. “Perverted by the Unknown”, “Where Sickness Thrives”, “Swallowed by Dying Hopes”, “Bacchanal of the Mortal”, “Grave Offender”, “Hear the Dead” y “Out of the Grave” fueron suficientes para poner en movimiento una máquina que lleva más de una década construyendo su propio lenguaje dentro del death metal santiaguino. Lo interesante fue precisamente que la agrupación no intentó parecer más antigua de lo que es ni tampoco competir artificialmente con las bandas que vendrían después. Su sonido tiene raíces evidentes en la escuela clásica del género, pero la ejecución se siente contemporánea, compacta y brutal. “Grave Offender” encontró uno de los primeros grandes focos de movimiento de la tarde y “Out of the Grave” cerró una presentación que cumplió algo fundamental, que es hacer que el público entendiera desde temprano que lo nacional no estaba ahí para rellenar el espacio entre una banda y otra. Había death metal suficiente sobre ese escenario como para que la noche comenzara a defenderse sola.
Homicide jugó otro partido. Casi cuatro décadas de historia convierten a esta banda en una pieza demasiado importante del metal extremo chileno como para reducirla a la categoría de telonero. “Thousand Cuts”, “Galley Slave”, “Overthrowing”, “First Emperor”, “Fly My Sentinels” y “Slave Blackest” fueron apareciendo con esa crudeza que Homicide ha convertido en una marca propia, pero fue su dimensión escénica la que terminó sacándolos del terreno puramente musical. La aparición de su vocalista con una indumentaria de inspiración Selk’nam transformó el escenario en algo más performático y ritual, una decisión visual que pudo haber caído fácilmente en la caricatura si no hubiese estado respaldada por la actitud con que la banda enfrentó el repertorio y es por eso que se vieron como una banda que conoce perfectamente el peso de su nombre y que, en lugar de quedarse contemplándolo, sigue intentando convertirlo en algo vivo. En una noche obsesionada con la historia de Death, resultó especialmente interesante que una agrupación chilena pudiera recordar que nosotros también tenemos nombres que llevan décadas escribiendo su propia cronología a punta de ruido, sudor y escenarios trascendentales.
Torturer fue probablemente quien terminó de cerrar el círculo antes de la llegada de los estadounidenses. “Conjuro IV” abrió un set que pasó por “Guerras que sólo inventarán”, “Prince of Darkness”, “Arachnophobia”, “Evil Confession”, “Código de destrucción”, “Torture (Eternal Suffering)”, “Kingdom of the Dark” y “Sepultum”, un repertorio que recorrió buena parte de ese territorio donde el death y el thrash se cruzan sin pedir permiso. Francisco Cautín se apoderó del escenario desde el bajo y la voz, mientras la banda tocaba con la seguridad que solo entrega una propuesta construida durante décadas. Y ahí apareció algo que terminó siendo fundamental para comprender el concierto completo, nosotros, el público, ya estaba preparado para Left To Die antes de que Left To Die apareciera. No había que convencer a nadie de que esa noche se trataba de death metal. Coffin Curse había puesto la primera dosis, Homicide había puesto la osadía y Torturer nos incrustó el género en la cabeza.
Después de eso, Left To Die tenía dos posibilidades, colisionar realmente la realidad con el universo de Death o intentar tocar desde la idea de Death. Por suerte eligieron lo primero y “Legion of Doom” abrió el ataque, fue así como desde ahí el repertorio se dedicó a una época específica, casi primitiva, del universo de Chuck Schuldiner, “Open Casket”, “Scream Bloody Gore”, “Leprosy”, “Archangel”, “Infernal Death”, “Choke on It”, “Death by Metal”, “Left to Die”, “Zombie Ritual”, “Pull the Plug” y “Evil Dead”. Rick Rozz y Terry Butler son la diferencia fundamental entre escuchar estas canciones reproducidas por excelentes músicos y escucharlas desde una formación que realmente estuvo ahí cuando todo esto estaba naciendo. Pero Left To Die no funciona únicamente por ese valor histórico. Matt Harvey entiende algo que muchas bandas tributo jamás consiguen entender, y es que no tiene que convertirse en Chuck Schuldiner para cantar Death. Tiene que creer en lo que está cantando, por eso Harvey lo hace con una entrega casi física, es su voz, sus movimientos y la forma en que se enfrenta a la audiencia lo que hicieron que “Leprosy” o “Zombie Ritual” no parecieran reliquias sacadas de una vitrina, sino canciones que todavía tienen capacidad para provocar una reacción animal. En ese punto, Left To Die dejó de ser un proyecto alrededor de la nostalgia y se convirtió simplemente en una banda de metal tocando muy fuerte algo que le pertenece a la humanidad.
Pero hubo grietas. Y hay que decirlo precisamente porque la noche fue suficientemente buena como para no necesitar que la maquillemos. Los desperfectos técnicos aparecieron y hubo momentos en que la batería perdió precisión de tempo. Además, Gus Rios no pudo continuar la gira sudamericana por una cirugía de retina y fue reemplazado por Lee Harrison, una modificación que la propia banda comunicó antes de la llegada a Santiago. Nada de esto destruyó el espectáculo, pero sí recordó algo que a veces olvidamos cuando hablamos de músicos históricos, es que también son seres humanos tocando canciones extremadamente difíciles bajo una presión brutal. Y en Chile esa presión aumenta y mucho. Porque el público nacional no acompaña como una agregado externo sino más bien invade. El Cariola rugió, gritó, empujó, cantó y convirtió cada pausa en otra oportunidad para hacer ruido. Más de algún músico debe haber pensado en algún momento “estos hueones me van a hacer perder el metrónomo”, y honestamente, si vas a equivocarte frente a alguien, que sea frente a un público así. Harvey, particularmente, pareció comprenderlo. En lugar de intentar controlar esa locura, se dejó arrastrar por ella. Y fue justamente ahí donde apareció su mayor virtud, pues su manera de estar sobre un escenario tiene algo que no se puede aprender leyendo una biografía de Death. El tipo emana metal. No porque vista de determinada manera ni porque utilice una voz gutural, sino porque cada gesto suyo parece entender que estas canciones no necesitan reverencia, sino más bien necesitan ser atacadas.
Inevitablemente, apareció Death To All en la conversación de varios y obviamente era imposible que no ocurriera. En enero, el Teatro Caupolicán había recibido otra reconstrucción de la historia de Death, con un repertorio más extenso y músicos cuya trayectoria dentro de la banda de Schuldiner también pesa toneladas. Y sí, hay diferencias que vale la pena mencionar. Death To All ofreció una mirada mucho más amplia sobre la carrera de Death, mientras que Left To Die concentró la suya en la etapa más temprana, precisamente aquella que va desde Mantas hasta Scream Bloody Gore y Leprosy. Death To All tuvo el Caupolicán y una producción acorde a un espectáculo de esa escala y Left To Die tuvo el Cariola, un recinto que terminó resultando mucho más adecuado para la mugre, el calor y la cercanía que necesitaba este repertorio. Pero sobre todo hay una diferencia imposible de ignorar y es qye Rick Rozz y Terry Butler no están interpretando una historia que estudiaron después. Ellos la vivieron. Y eso modifica la experiencia. No necesariamente convierte a Left To Die en “mejor” que Death To All, porque son propuestas distintas, pero sí explica por qué esta presentación tuvo un peso particular. Death To All permitió contemplar la obra de Schuldiner en perspectiva. Left To Die hizo algo mucho más perpetuo porque nos metió de nuevo en el lugar donde todo comenzó.
Y quizás por eso la noche terminó siendo mejor de lo que sus pequeñas imperfecciones podrían sugerir. No fue un concierto clínico. No fue una reproducción de laboratorio. No fue una experiencia diseñada para que nadie pudiera discutir una sola nota. Fue un concierto de death metal, en que hubo problemas, hubo desajustes, hubo ruido por todas partes y hubo un público chileno haciendo exactamente lo que sabe hacer cuando encuentra una banda que respeta y por sobre todo desea volverla loca. Pero también hubo tres bandas nacionales demostrando que la historia no siempre viene de afuera, dos músicos que efectivamente ayudaron a escribir los primeros capítulos de Death, un vocalista que entendió que el homenaje no consiste en imitar a un muerto y doce canciones que demostraron que la música de Chuck Schuldiner todavía tiene una capacidad brutal para provocar algo físico. Cuando sonaron “Pull the Plug” y “Evil Dead”, ya no importaba demasiado si todo había salido perfecto. El Cariola estaba perdido desde hacía rato. Y quizá esa sea la mejor forma de evaluar una noche como esta, no preguntando si Left To Die consiguió reproducir a Death exactamente como existió, sino si consiguió que Santiago volviera a sentir lo que esas canciones provocaban cuando todavía eran nuevas.

















