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Conciertos

Nivel, clase y carisma: el rock de Divididos en Chile

La Aplanadora del Rock abrió en el Teatro Coliseo la primera de dos noches en Santiago con un show de 25 canciones, clásicos, homenajes y un tramo final que confirmó por qué después de casi cuatro décadas siguen mandando en la cancha.

Por Cristián García A. | Fotos: @crisrock_photography

Divididos volvió a Santiago sin discursos grandilocuentes ni escenografía recargada. A las 21:15 en punto, con el Teatro Coliseo lleno y el público ya en modo barra, el trío salió a tocar con la tranquilidad de quien sabe que tiene catálogo y oficio de sobra. Mucho antes del primer acorde, el canto ya estaba instalado:

“Escúchelo, escúchelo, la Aplanadora del Rock and Roll, es Divididos, la puta que los parió, decícelo”.

Desde ahí, el tono de la noche quedó claro: nada de pose, puro escenario, canciones y un ida y vuelta constante con la gente.

Un comienzo notable

Ricardo Mollo (voz y guitarra), Diego Arnedo (bajo) y Catriel Ciavarella (batería) entraron directo con “Haciendo cosas” y “Cuadros colgados”. Guitarra al frente, el sonido del Bajo ocupando todo el aire del teatro y la Batería firme, sin adornos innecesarios. “Paisano”, “Casi estatua” y “Tanto anteojo” terminaron de afirmar un comienzo que no necesitó grandes presentaciones ni explicaciones. Se trataba de llegar y tocar.

“Salir a comprar” y “Salir a asustar” mantuvieron el pulso arriba, mientras el Coliseo se acomodaba al sonido del trío. En “Azulejo / Qué tal / Rubia…” aparecieron los primeros guiños más marcados a Sumo, esa historia que los persigue desde siempre y que aquí se sintió más como una continuidad natural que como nostalgia programada. “Qué ves?” cerró ese primer tramo con el teatro entero convertido en coro, justo antes de la pausa breve alrededor de las 21:55. La banda se tomó un respiro, pero el público, no.

Spaghetti, limones y burritos

El papel del setlist al que pudimos acceder marcaba “SPAGHETTI” en mayúsculas, separado del resto, como si fuera capítulo aparte. Y así se vivió. “Spaghetti del rock” fue uno de esos momentos donde el Coliseo se transformó en un verdadero karaoke. Todas las estrofas eran cantadas desde lo alto y lo bajo, Mollo dejando que la audiencia se hiciera cargo, mientras la base del tema seguía tal cual.

El bloque siguió con “Dame un limón”, “Ortega” y “El burrito”, confirmando que Divididos puede moverse entre climas y ritmos sin perder el hilo. No fue una lista de grandes éxitos al azar, sino una secuencia pensada, con subidas, descansos y cruces entre discos y épocas que mantuvieron la atención todo el rato.

Folklore electrificado y rock pesado

La segunda parte del concierto tuvo uno de sus puntos más altos con “El arriero”. El tema entró después de un solo de batería que subió la tensión del ambiente hasta romper una baqueta. Ahí, con el público ya excitado, esa mezcla de aire folklórico y distorsión mostró otra vez la zona donde Divididos se mueve con más naturalidad. Básicamente un cruce entre raíz y rock tocado fuerte.

“Nene de antes” y “Sábado” mantuvieron la línea, mientras “Tengo” (el clásico de Sandro), encajó perfectamente en ese bloque. No son covers al pasar. Ellos los hacen propios, sin suavizarlos ni volverlos formato tributo.

“Cielito lindo” fue directamente un despegue. No solo se cantó, también se saltó sin parar. Platea y cancha convertidas en pogo, brazos arriba, gente coreando desde el primer “Ay, ya, ya, ya, ay…”, con la banda tocando sin generar mayores arreglos. Uno de los momentos más bravos de la noche.

El tramo se cerró con “Sucio” y “Crua Chan”, manteniendo viva la conexión con el legado de Sumo y con ese rock argentino que Divididos ayudó a definir, pero sin quedarse colgados en el pasado.

Zapatillas, trompetas y Telecaster

Entre tanta densidad, hubo también espacio para el juego. En medio del show, una zapatilla terminó en el escenario y Mollo la usó como si fuera una uñeta. Sacó sonido como si nada, arrancando risas y aplausos sin perder la concentración. Pequeño gesto, pero muy claro, dando a entender que ellos pueden jugar con cualquier cosa, las canciones igual se sostienen.

En otro momento, el vocalista se puso a imitar una trompeta con la voz, mientras Diego Arnedo (que pasó casi toda la noche manejando el peso del sonido desde el bajo), tomó una guitarra tipo Telecaster negra y se sumó a Mollo en un diálogo a dos guitarras, con Ciavarella marcando desde atrás. También hubo espacio para la armónica, sumando otro punto a la

Jornada, ya que invitaron a un par de músicos a modo de apoyo miéntras el trío se lucía cambiando de instrumentos.

Banderas, respeto y cercanía

La relación con Chile no se quedó en el repertorio. Desde el público subió una bandera chilena que quedó colgada en los amplificadores del costado izquierdo del escenario, acompañando a la banda durante casi todo el show. Más tarde apareció otra, que en el tramo final terminó en manos de Diego Arnedo: el bajista se la puso en la cabeza, a modo de velo, casi una imagen de virgen rockera que sacó carcajadas y aplausos.

En un momento, al caerse una de las banderas, Mollo pidió que la levantaran y la devolvieran a su lugar. Sin discursos largos, el gesto bastó para marcar respeto y la respuesta del Coliseo fue inmediata.

La recta final

El cierre vino cargado. “Paraguay”, “Rasputin”, “El 38”, “Ala delta” y el bloque final etiquetado simplemente como “Sumo” terminaron por redondear una noche sin puntos bajos. “El 38” sonó con la energía de siempre, y sin arreglos nuevos (no se necesitaron). “Ala delta” volvió a levantar todo, confirmando su lugar como uno de los temas más fuertes del repertorio en vivo.

Para las 23:26, después de alrededor de dos horas y cuarto de música, la primera de las dos noches en el Coliseo llegaba a su fin. Pero aún quedaba un gesto más: Mollo se tomó el tiempo de bajar desde el escenario hasta la reja para saludar a la gente de cerca, uno por uno, apretando manos y agradeciendo sin micrófono. Imagen de banda grande que todavía se comporta como banda de sala.

La Aplanadora, otra vez

En total fueron 25 canciones, un recorrido amplio por distintas etapas de su historia, versiones ajenas y guiños a Sumo incluidos. Con una pantalla gigante con videos en vivo de los integrantes, pero con diferentes filtros (o efectos especiales), Divididos sostuvo el concierto con canciones probadas, interacción real y un sonido compacto, sin dificultades ni necesidad de demostración extra.

De esta manera. La Aplanadora del Rock volvió a pasar por Santiago y lo hizo fiel a sí misma: con nivel, clase y carisma, apoyada en un repertorio que no requiere introducción. Para quienes estuvieron, más que un reencuentro fue una confirmación de que la banda sigue más potente que nunca. Para los que vuelvan en la segunda noche, la cita ya tiene garantía: Divididos sigue siendo una de esas bandas que no solo se ve, se experimenta de manera fantástica cada vez que regresa.

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Noticia publicada por el área editorial.

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