Hubo un tiempo en que el ruido era solo ruido. En que las sombras aún no habían aprendido a cantar. Hasta que cuatro hombres, allá en Birmingham, alzaron la voz desde las entrañas del acero y la desesperanza, y lo convirtieron todo en algo nuevo. En algo oscuro, poderoso, honesto. Nació Black Sabbath. Y con ellos, el Metal.
Hoy, cuando se apagan las luces del escenario por última vez para esta banda legendaria, el mundo entero contiene la respiración. Porque no estamos ante un simple adiós, sino ante la despedida de un linaje musical que cambió para siempre la historia del sonido. Este fin de semana, en lo que será su último concierto sobre la faz de la Tierra, las melodías de Sabbath resonarán como una invocación final y aunque el show acabe, su legado quedará retumbando por los siglos de los siglos, así como lo hizo Beethoven, así como lo hizo Alejandro Magno, Ella Fitzgerald, Juana de Arco y todos los grandes personajes de la historia de la humanidad.
Haber sido una de las más de 60 mil almas que los vieron en vivo, cuando vinieron a Chile por última vez, fue asistir a un concierto frente a la realeza del Metal, un acto magnánimo y que recordarlo es emocionante, recordar cada segundo como si estuviera tallado en el mármol de mi memoria es sublime. El rugido del público, la anticipación en el aire, los primeros acordes de “War Pigs” abriendo grietas en el alma, mientras veía la cara de mis hermanas, mi amiga y amigo con la misma expresión, ¿es real qué estamos aquí? Viendo a Tony Iommi, esculpiendo riffs con la precisión de un alquimista y la crudeza de un dios pagano, a Geezer Butler sosteniendo el alma del bajo como si su vida dependiera de ello, y a Ozzy —el eterno príncipe de las tinieblas— desbordando carisma, locura, vulnerabilidad y poder, fue presenciar una liturgia. En ese momento comprobamos empíricamente por qué tantas personas consideran que Black Sabbath no solo inventó un género, sino que le dio identidad a los desterrados, a los que caminan por los márgenes, a los que no encajan y se plantean como una crítica constante, que encontraron en el sonido de ellos un estado musicalizado al fin, porque no existía, no había cómo musicalizar la rabia, el descontento y lo maldito hasta que ellos llegaron. Fueron para muchos un refugio y una forma de resistir, desde la trinchera de la intimidad.
Y esta resistencia incluso la vivían en carne propia. La guitarra de Iommi no solo es reconocida por su sonido pesado y denso, sino por su historia de resiliencia, después de perder las puntas de dos dedos en un accidente laboral, diseñó prótesis para poder tocar. Y no solo volvió a tocar, sino que cambió para siempre la forma de hacerlo. Esa afinación más baja que ayudaba a sus dedos también creó un sonido más oscuro, más visceral, que marcaría el nacimiento del doom, del stoner, del sludge, del heavy, del black y todo lo que ha venido después. Bill Ward, con su batería, tejía ritmos que como sublimes acompañamiento, también cargaban los pulsos vitales para toda una nueva era musical. Su técnica impredecible y su capacidad para oscilar entre la furia más brutal y el groove más sensual convirtieron cada canción en un viaje emocional. Y Ozzy… Ozzy era y sigue siendo el chamán. Esa voz quebrada, angustiada, extrañamente melódica, parecía venir de un lugar más allá de los hombres, como aquel que había mirado al mismo Satanás y había vuelto para contarlo. Muchos músicos que hoy llenan estadios y encabezan festivales aprendieron a tocar guitarra imitando los riffs de “Iron Man” o “Children of the Grave”. Muchos bateristas se iniciaron tratando de seguir los quiebres de “Fairies Wear Boots”. Miles de vocalistas han intentado, en vano, capturar esa mezcla de fragilidad y poder que Ozzy entregaba con cada frase. Y seguirán intentándolo. Porque Black Sabbath es el real Génesis del metal, y como toda creación mítica, no se agota. Se transforma, se filtra en cada rincón de la música pesada, vive en cada distorsión, en cada golpe, en cada garganta que ruge.
Siempre alguien me pregunta cuál es mi banda favorita, –-reconozco que el Metal es uno de los géneros que más me apasionan junto con el rock— , y con gusto debo contestar que es Black Sabbath. La primera vez que los escuché era tan pequeña, no lo recuerdo, solo sé que cuando llegué al mundo ellos ya estaban acá y sonaban en mi hogar. Mis padres, sus amistades y mis primos los escuchaban, mi primer póster fue de ellos, –junto con uno de Lez Zeppelin y Janis Joplin–, y es la portada de este artículo. Crecí sabiendo que “War Pigs” trataba sobre los malditos cerdos de la guerra y su inmundicia, también siempre supe que hubo un periodo en que cantó Ronnie James Dio y que ese periodo era completamente distinto, pero aún así épico decía mi mamá cuando mi papá lo hablaba, yo de niña sentía como si “Heaven and Hell” la cantaba Dios y “Black Sabbath” el Diablo. Para mí el homónimo lo empezó todo pues es el origen del sonido oscuro y pesado que definió el heavy metal y que incluye los temas esenciales como “Black Sabbath”, “N.I.B.” y “The Wizard”. Que Paranoid contiene los clásicos inmortales de “Paranoid”, “Iron Man” y “War Pigs”. Una joya imprescindible en la discografía de cada amante del buen Metal y el rock imperecedero. Y que muchas bandas de Doom hoy le deben la existencia al “Master of Reality”.
Hoy el mundo del metal llora, pero también celebra. Porque el final no borra toda la historia ya consagrada. El hecho de que esta sea su última aparición en un escenario no significa que se apaguen para siempre. Al contrario, están emigrando a las mismísimas Tierras Imperecederas de Valinor a convertirse en eternas leyendas, en eternos mitos trascendentales de la humanidad, con el fuego que otros seguirán alimentando. Es vital que no dejemos morir este legado. Que sigamos hablando de Sabbath en las tocatas, en los foros, en las clases de música, en los fanzines y en las sobremesas. Que los niños y niñas que hoy aprenden a tocar guitarra sepan quién fue Tony Iommi, que si sueñan con cantar en una banda escuchen a Ozzy y entiendan que la emoción no tiene género. Que los fans del futuro comprendan que antes de todo, fue el riff. Cuando fui parte del público esa última vez en Chile, entendí algo profundo, no importa cuántos años pasen, ni cuántas bandas surjan después. Nada será como Black Sabbath. Porque ellos no solo crearon el metal, lo conjuraron desde la oscuridad, como quien pronuncia un hechizo por primera vez. Y ese conjuro sigue flotando en el aire, rugiendo entre las sombras, esperando ser despertado de nuevo, una y otra vez, en cada play y en cada conversación que resuene su nombre. Porque Black Sabbath no muere, son leyendas y ya lo sabemos, son eternas.



















