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Live Review Internacional

Disturbios, pogos y resistencia: la noche más caótica en RockOut

Nota: @jeff.qlo | Fotografías: @josemiguelaraya

Anoche, 25 de abril, el festival RockOut 2026 vivió probablemente una de sus ediciones más cargadas al punk, hardcore y desobediencia callejera desde que existe.

Desde temprano se notó que la jornada iba a ser distinta. El horario arrancó con una puntualidad poco habitual para festivales de esta magnitud y el Stage 2 abrió sus puertas con Mano de Obra desatando el primer golpe de energía de la tarde.

Apenas comenzaron a sonar los primeros acordes, los asistentes que llegaron temprano ya estaban completamente encendidos. No era el típico público esperando con calma a que avanzara la jornada; había una ansiedad, cuerpos chocando entre sí y una necesidad constante de movimiento. El mosh apareció prácticamente desde el inicio, haciendo  empujones entre desconocidos que parecían entenderse solamente a través del caos.

Algunos corrían en círculos mientras otros levantaban los brazos cantando con rabia cada frase. El ambiente olía a cerveza derramada, cigarro y adrenalina. La gente quería descargar algo y el festival recién comenzaba.

Después apareció Tenemos Explosivos, una banda que ya carga con años de escenarios encima y que entiende perfectamente cómo transformar la angustia en ruido. Su presentación tuvo esa intensidad emocional que caracteriza al grupo, mezclando furia y melancolía entre su sonido Post- hardcore, logrando un público que seguía respondiendo con empujones y saltos. La conexión con la audiencia fue notoria no hacía falta presentación extensa porque gran parte de los asistentes ya sabía a qué iban.

Luego fue el turno de Machuca, quienes volvieron a demostrar por qué siguen siendo una de las agrupaciones más confrontacionales del circuito nacional. Con años de trayectoria encima, la banda descargó su descontento político acompañado de visuales y mensajes proyectados en pantallas que reforzaban cada crítica lanzada desde el escenario. La rabia social fue parte central de su presentación, era provocación, memoria y denuncia lanzada directamente al rostro del público.


El cierre nacional quedó en manos de Los KK, pioneros absolutos del punk en Chile. Su aparición fue brutal. Vieja escuela, actitud sucia y un despliegue que recordó por qué siguen siendo fundamentales dentro de la historia del género en el país. La banda levantó al público con violencia sonora y dejó en alto el nombre del punk chileno frente a un festival donde la agresividad y la resistencia fueron protagonistas constantes.

Desde Argentina llegó 2 Minutos, una agrupación que ya no necesita ningún tipo de introducción. Su punk rock callejero sigue funcionando con una precisión salvaje. Himnos coreados por generaciones completas explotaron en medio de un público que parecía no cansarse nunca. Cada canción era recibida como un clásico de batalla urbana.
Pero mientras por dentro el festival seguía avanzando entre música y pogos interminables, afuera comenzaba a desarrollarse otro escenario mucho más caótico.

Según información entregada por personas presentes en el sector exterior, una gran aglomeración de gente intentó ingresar en malos términos al recinto, provocando tensión inmediata. El carro lanzagua y otros dispositivos de control comenzaron a actuar intentando dispersar a quienes buscaban entrar a toda costa. El perímetro de la plaza empezó a llenarse de funcionarios mientras comerciantes cerraban apresuradamente sus negocios. Incluso quienes vendían ropa en las afueras terminaron empapados por el agua lanzada durante el operativo.

Sin embargo, nada parecía detener a quienes querían entrar. Los ojos rojos de muchos asistentes no eran solamente por las lacrimógenas o el ardor provocado por el ambiente exterior, también reflejaban desesperación por ser parte de una jornada que desde antes prometía descontrol. El festival había adoptado una identidad mucho más punk y eso también arrastraba sus consecuencias de su misma naturaleza, tensión, disturbios, peleas y desobediencia alrededor de un evento donde la calle terminó mezclándose con la música.

Luego llegó Soziedad Alkoholika, quienes regresaron a tierras chilenas después de un tiempo sin presentarse en el país. Su mezcla de hardcore, punk y crossover convirtió el lugar en una zona de combate físico constante. El mosh jamás se detuvo. Volaban piernas, aparecían cuerpos haciendo crowdsurfing y los golpes eran inevitables entre la masa humana comprimida frente al escenario. La banda descargó toda su rabia política mientras el público respondía con una violencia colectiva . Uno de los momentos más coreados fue cuando lanzaron el grito de “Palestina libre… ostia”, encendiendo todavía más a la multitud.

Con Eterna Inocencia el ambiente tomó otro rumbo emocional. Su hardcore melódico logró tocar algo más interno dentro de la audiencia. Entre tanta agresividad física, la banda generó momentos donde la melancolía y la reflexión aparecieron entre los coros colectivos. Había abrazos entre desconocidos y personas cantando con los ojos cerrados, como si las canciones removieran heridas personales más profundas que cualquier golpe dentro del pogo.

Después apareció Non Servium y la violencia volvió a sentirse real dentro del recinto. La banda descargó un mensaje frontal contra las injusticias, el fascismo y la represión. El momento más tenso ocurrió cuando Carlos, su vocalista, detuvo la última canción para increpar directamente a un guardia de seguridad por la forma en que trataba al público. “¿Cómo tratas así a la peña? Me cago en la ostia, no somos animales”, gritó frente a todos. El episodio recordó inmediatamente a momentos históricos dentro del hardcore y el punk donde músicos enfrentan a personal de seguridad por agresiones innecesarias hacia asistentes. La escena evocó incluso aquella vez en que Evan Seinfeld de Biohazard encaró a un guardia exigiendo respeto hacia el público.

Más tarde fue el turno de La Vela Puerca. Aunque cuentan con una base de seguidores sólida y una propuesta respetada, su presentación bajó un poco las revoluciones de una jornada dominada por el punk y el hardcore. Muchos aprovecharon ese momento para descansar, ir al baño o simplemente recuperar energías después de horas de golpes y empujones. Aun así, la banda sonó sólida y mantuvo su estilo melódico característico.

El gran momento del Stage 2 llegó con Bad Religion. Ver a músicos sobre los 60 años manteniendo semejante nivel de energía fue impresionante. La banda demostró que todavía lleva el punk en la sangre y realizó un recorrido demoledor por su discografía. Cuando comenzaron canciones como “Punk Rock Song” y “Los Angeles Is Burning”, las bengalas comenzaron a iluminar el lugar constantemente.

Pero fue con “No Control” donde se desató la verdadera demencia. Los coros fueron ensordecedores y el público parecía cantar desde algún lugar profundamente ligado a la adolescencia y la memoria. Había niños acompañando a sus padres y adultos que probablemente crecieron escuchando a la banda durante décadas. Para muchos, aquello se sintió como una culminación emocional. Aunque varios asistentes comentaron que el sonido se percibía algo bajo, eso jamás logró arruinar la intensidad del momento.

Finalmente apareció Evaristo Páramos, quien actualmente se encuentra realizando su gira de despedida. El año pasado ya había repletado dos veces el Teatro Caupolicán y ahora cerraba la noche en un escenario todavía más grande.

Evaristo salió fiel a sí mismo, usando una polera del FPMR, dejando claras sus ideas políticas y esa actitud provocadora que siempre lo ha acompañado. A pesar de que el show se sintió corto y quedaron canciones fuera del repertorio, el público respondió con entrega total. Hubo baile, pogos, risas y una sensación constante de estar viendo a una figura fundamental del punk mundial acercándose lentamente al final de una era.

El RockOut Fest 2026 terminó dejando una imagen difícil de ignorar, una jornada donde el punk recuperó el protagonismo entre sudor, rabia, memoria política y caos tanto dentro como fuera del recinto. Entre pogos interminables, disturbios en el exterior, mensajes contra la represión y generaciones completas unidas por la música, el festival logró convertirse por una noche en algo más que un simple evento masivo. Fue una descarga colectiva donde la violencia, la emoción y la resistencia convivieron bajo el mismo ruido.

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A veces lo que escribo incomoda.

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