Hay una forma particularmente torpe —y peligrosamente cómoda— de matar una obra sin tocar una sola de sus notas, vaciarla de sentido. Eso es lo que entre comillas está ocurriendo hoy con Deftones, una banda cuya música nació del desgarro, la incomodidad y la exploración de zonas emocionales que no estaban hechas para ser digeridas en quince segundos ni convertidas en trend lubricados para algoritmos superficiales. Por un momento estuve tentada a hacer lo que dicta la corriente y escribir sobre lo que hoy parece haberse vuelto tendencia, aceptar sin más que Deftones es “música para el sexo”, quizás recomendar canciones en cierto orden, tal vez incluso levantar una encuesta que confirmara —con cifras— lo que ya circula como verdad prefabricada. Pero algo en ese gesto me resultó inmediatamente ajeno. No porque el deseo sea un problema, sino porque yo no llegué a Deftones por lo sexual. Y esa diferencia, hoy, merece ser dicha en voz alta.
Esto no viene con la intención de ser una crítica moral, nadie aquí está escandalizado por el deseo, el cuerpo o el sexo. El problema es otro, mucho más profundo y es que reducir el universo sonoro y lírico de una banda a “música para culiar” no solo es intelectualmente pobre, es una mutilación simbólica. Es arrancarle la médula a una obra que, para muchos, fue algo más profundo, trascendental y un verdadero espejo emocional en momentos decisivos de la juventud o adolescencia. Vivimos en un presente saturado de sexualización que además está en todas partes expuesta como algo tan mercantil, la vemos en la publicidad, en las redes, en los códigos de validación social. Para las generaciones más jóvenes, iniciarse en la música desde ese lugar es parte de su realidad, aceptémoslo, pero no necesariamente como un error, sino como un punto de partida radicalmente distinto al que muchos tuvimos hace veinte o treinta años. Nosotros no llegamos buscando estímulos, sino traducción de aquello que no pertenecía a la realidad establecida. No buscábamos fondo sonoro para el cuerpo o las actividades, sino una forma de entender lo que pasaba dentro de nosotros.
Deftones fue una de esas bandas que apareció cuando el metal todavía tenía enormes dificultades para nombrar ciertas emociones intensas sin caer en la caricatura o la agresividad rabiosa. La ansiedad, apatía, amor, deseo, pena, disociación, eran estados contradictorios, incómodos, difíciles de verbalizar en esa época en donde los estudios sociales y psicológicos estaban en pañales. Quienes crecimos escuchandolos no llegamos a ellos buscando erotismo, llegamos buscando algo que no sabíamos nombrar, como una tensión constante entre belleza y violencia, entre lo sublime y lo brutal. La primera vez que los escuché fue como oír, por fin, cómo sonaba mi mundo interno. No era música condescendiente, no explicaba nada, no ofrecía alivio inmediato, era más bien una invitación explícita a atravesar todo eso sin suavidad y con todos los sentidos. Esa fricción —incómoda, ambigua, profundamente humana— es lo que hoy las redes sociales y ciertos medios de difusión han decidido aplanar hasta convertirla en un cliché sexualizado, perfectamente digerible y, por lo mismo, estúpido. La lógica es conocida, primero sexualizar vende, simplificar viraliza y en ese proceso, la música deja de ser experiencia para transformarse en accesorio. Un fondo sonoro para historias vacías, virales de mierda y performances que no buscan sentir, sino exhibirse.
El caso de White Pony es especialmente revelador y exige ser reivindicado con honestidad, ya que ese disco nunca fue concebido como una colección de canciones sensuales ni como un artefacto para el consumo rápido, sino como una obra deliberadamente fragmentada, nocturna y ambigua, algo que la propia banda ha señalado en múltiples ocasiones. Chino Moreno ha dicho reiteradamente que el álbum nació de un deseo consciente de incomodar, de dejar espacio a la interpretación y de trabajar con emociones difusas más que con narrativas explícitas o directas, y que muchas de sus letras fueron escritas desde imágenes y sensaciones, no desde historias cerradas ni mensajes claros. El disco además es donde Deftones decidió romper con la etiqueta numetal, ralentizando tempos, incorporando silencios, capas atmosféricas y dinámicas que tensionan al oyente en lugar de complacerlo, algo que Stephen Carpenter y Terry Date han señalado como una búsqueda intencional de contraste y densidad emocional. Por eso es molesto ver hoy ese trabajo descuartizado en clips virales, repetido hasta el agotamiento y vaciado para encajar en lógicas de sexualización superficial porque no es una lectura legítima, sino una domesticación explícita que conflictua incluso con el legado humano/espiritual de Chi Cheng, cuya presencia aportaba una sensibilidad imposible de simular. En ese mismo proceso se borra también la otra cara fundamental de la banda, que es la que rebasó estándares y limitaciones en su momento, la que viene de canciones como Passenger, Rx Queen, Knife Party o Korea, piezas donde la fisicidad, la paranoia y la violencia emocional están lejos de cualquier erotismo complaciente. Reducir White Pony y a Deftones en general a un objeto funcional y sexy no solo traiciona su intención original, sino que niega su verdadero valor, haber sido un disco que buscó abrir grietas y que precisamente por eso marcó a una generación que no estaba buscando estímulo, sino sentido.
De todos los himnos, el más despojado de su significado para ser convertido en un accesorio ha sido Change (In the House of Flies), una canción que nunca habló del amor como promesa ni del deseo como refugio, sino de la transformación dolorosa, de ese instante en que algo muere mientras todavía se mueve, de la pérdida de identidad y del miedo que provoca mirarse y no reconocerse, aquí Chino Moreno ha explicado más de una vez que la canción nace desde la idea del cambio forzado, de la mutación interna que no siempre se elige y que suele vivirse en soledad, muy lejos de cualquier gesto romántico, y sin embargo hoy se la utiliza como telón de fondo para escenas que niegan su carácter inquietante. Algo similar ocurre con Digital Bath, un tema cuya raíz es indudablemente erótica, pero no desde la excitación simple, sino desde una fantasía oscura y perturbadora donde el deseo se mezcla con control, violencia y obsesión, una imagen casi cinematográfica que incomoda más de lo que seduce, pues la canción no celebra el acto, lo tensiona, lo vuelve extraño, y ahí está su verdadero sentido, en esa zona ambigua donde el placer deja de ser placentero y se transforma en una experiencia mental, fría y peligrosa, muy lejos del uso superficial al que hoy se la quiere reducir.
Y siendo honesta, cada disco es un mundo lleno de matices y profundidades. Adrenaline es el disco del desborde primario, la rabia sin procesar y la urgencia física, la propia banda lo ha descrito como un registro casi instintivo, más cercano a la descarga que a la reflexión, y la crítica lo ha leído como un grito juvenil donde el metal aún no sabe cómo decir lo que siente pero igual lo escupe. Posteriormente Around the Fur, representaría la violencia emocional sin filtros, el choque entre el deseo, la frustración y alienación, un álbum que, según Chino Moreno, capturó una etapa caótica de la banda y que muchos críticos señalaron como el momento en que Deftones aprendió a sonar peligroso y sensual sin suavizarse. El homónimo por su parte, es introspectivo, pesado y opresivo, marcado por tensiones internas que la banda ha reconocido abiertamente y que muchos ven como un reflejo de aislamiento y desgaste emocional; Saturday Night Wrist (2006) representa la fragmentación, la desconexión y el agotamiento creativo, un álbum difícil incluso para ellos mismos, pero valorado con el tiempo por su vulnerabilidad cruda; Diamond Eyes (2010) es el disco de la resiliencia y la luz contenida, nacido tras la tragedia de Chi Cheng, descrito por la banda como un renacer emocional y por la crítica como un equilibrio maduro entre belleza y peso; Koi No Yokan (2012) encarna la intimidad, la melancolía y la aceptación del deseo como fuerza compleja, celebrado por músicos y críticos como uno de sus trabajos más cohesionados y emocionales; Gore (2016) representa la fricción interna, la incomodidad creativa y el riesgo, un disco que la banda defendió como necesario aunque divisivo; Ohms (2020) es la síntesis consciente de todo su recorrido, una obra que, según Chino, busca reconectar con la identidad profunda de Deftones y que la crítica ha leído como un cierre de ciclo cargado de claridad emocional sin perder oscuridad.
Por eso este artículo. No desde la nostalgia cómoda ni desde el gesto romántico de mirar atrás, sino desde la necesidad real de volver, aunque sea por un instante, a ese primer encuentro que nos marcó. La adultez pesa, el mundo se volvió más ruidoso, más rápido y más superficial, y volver a ver a Deftones sobre un escenario es asistir a una experiencia casi terapéutica, un ansiolítico emocional que no adormece ni evade, sino que activa la memoria profunda, esa que recuerda quiénes fuimos, cómo sentíamos y por qué esa música no estaba ahí para adornar momentos ni acompañar poses, sino para sostenernos cuando no teníamos lenguaje ni herramientas para entender lo que nos pasaba. Reivindicar a Deftones hoy no significa negar el presente ni desautorizar otras formas de disfrute, sino resistirse a que todo sea reducido a lo mismo, a que toda experiencia sea vaciada de espesor y convertida en objeto funcional, esto es insistir, casi como un acto de supervivencia emocional, en que hubo y sigue habiendo, música hecha para atravesar la vida y que aunque no sea viral ni encaje en las lógicas actuales, sigue siendo profundamente necesaria.
Recuerda que Deftones estará presente en una de las jornadas de Lollapalooza Chile, una oportunidad única para volver a encontrarse cara a cara con una banda que no se escucha a la ligera, sino que se atraviesa con el cuerpo entero. Las entradas ya están disponibles a través de Ticketmaster.cl



















