Hay bandas que tocan conciertos eternos y hay otras que abren portales emocionales con solo minutos de duración. Cuando Deftones subió al escenario de Lollapalooza Chile, lo que ocurrió durante una hora y quince minutos pasó de ser un mero show dentro de un festival a adelantarse en una grilla cargada de tendencia, como un pequeño desgarro en el tiempo, un recordatorio de por qué esta agrupación lleva décadas acompañando a quienes encontraron refugio en sus canciones.
El setlist fue una declamación desde el primer segundo. Sin preámbulos, las primeras guitarras de Be Quiet and Drive (Far Away) comenzaron a expandirse por el parque como una ola que venía desde otra época. Ese riff sigue teniendo algo hipnótico, una especie de magnetismo que inmediatamente conecta con quienes crecieron con la banda. Desde el inicio se percibió algo interesante en el público. Había un cruce generacional evidente, miles de rostros muy jóvenes mezclados con quienes cargan décadas de memoria musical en la espalda. En las primeras filas se notaba que muchos de los asistentes estaban descubriendo a la banda en tiempo real o conectando principalmente con el material más reciente. Más atrás, en cambio, se concentraba esa marea de seguidores que lleva años esperando cada visita o desde los días del Get Louder, gente que conoce cada cambio de ritmo y cada silencio.
La noche siguió avanzando con el material nuevo sonando, incluyendo cortes como “My Mind Is a Mountain” y “Locked Club”, donde quedó claro que Deftones sigue explorando territorios sonoros sin abandonar esa mezcla única de densidad y melancolía que los ha definido durante toda su carrera. Fue interesante observar cómo estas canciones dialogaban con el público más joven, que parecía reconocerlas con especial entusiasmo.
Pero la verdadera combustión emocional llegó cuando comenzaron a aparecer los pilares de su historia. Diamond Eyes y Rocket Skates encendieron definitivamente la audiencia, recordando que la banda domina ese equilibrio extraño entre agresividad y belleza atmosférica. Cada riff era celebrado con la intensidad de quienes llevan años esperando estos momentos. Luego llegó uno de los pasajes más delicados del set. Cuando sonó Sextape, el ambiente cambió por completo y el parque se transformó en un espacio suspendido entre nostalgia y contemplación. Las guitarras flotaban sobre el anochecer mientras miles de voces acompañaban en un coro casi íntimo. Fue uno de esos instantes en que la música parece detener el ruido del mundo.
La banda continuó alternando tensión y calma con precisión divina. Swerve City devolvió la velocidad, mientras Rosemary desplegó ese carácter expansivo y cinematográfico que hace de esta canción uno de los viajes más intensos del catálogo de la banda. En medio de ese recorrido también aparecieron piezas nuevas como “Ecdysis”, “Infinite Source” y “Cut Hands”, reforzando la sensación de que el presente creativo del grupo sigue tan inquieto como siempre. El tramo final del set principal fue puro peso emocional. Hole in the Earth abrió un portal directo a los años dos mil, antes de que el parque entero quedara envuelto por la atmósfera inconfundible de Change (In the House of Flies). Justo cuando el cielo comenzaba a apagarse alegóricamente desde el escenario, la canción se volvió una escena perfecta, el crepúsculo, las luces del escenario y miles de voces cantando al unísono una de las composiciones más emblemáticas de la banda. El set siguió con Genesis y nuevas piezas como “Milk of the Madonna”, recordando que el universo sonoro de la banda sigue expandiéndose incluso después de tantos años de carrera.
El encore fue el golpe definitivo a la memoria y el subconsciente. Primero con la fragilidad emocional de Cherry Waves, una canción que siempre parece llegar directo al corazón de quienes crecieron con ella. Luego, la marea de gente explotó cuando comenzaron los primeros acordes de My Own Summer (Shove It), un clásico absoluto que todavía suena como un rugido desde los orígenes de la generación X. Y cuando parecía que la intensidad no podía subir más, apareció el cierre perfecto, 7 Words. Cruda, rabiosa, casi primitiva. En medio del caos apareció incluso una bengala entre el público —un destello rojo que iluminó la cancha durante unos segundos— evocando momentos que el festival ya había vivido en el pasado con bandas como Sepultura.
También fue imposible no notar el paso del tiempo. Chino Moreno ya no tiene la misma ferocidad vocal de hace veinte años, y en algunos pasajes las notas altas se apagaron antes de lo esperado. Pero lejos de restarle intensidad al show, ese detalle solo recordó algo inevitable y es que las bandas también envejecen con nosotros. Y cuando lo hacen con honestidad, el vínculo se vuelve aún más fuerte. Quizás por eso muchos quedaron con una sensación innegable de querer más. Muchos esperaban que la banda cerrara la jornada —lo merecían, sin duda—, pero el cartel de este año dejó claro que las prioridades del festival apuntaban hacia otras corrientes sonoras, más cercanas al pop y a las nuevas tendencias. Pero incluso dentro de ese tiempo limitado, Deftones logró lo que muy pocos artistas consiguen en un festival, convertir un escenario masivo en una experiencia profundamente personal.
Un lugar al que volver cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso.
Un lugar donde, aunque sea por un momento, todo vuelve a tener otro sentido.
Fotos @javiajerap


























