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Conciertos

Iron Maiden: Entendiendo que vivimos los años dorados

Después de cincuenta años, Iron Maiden sigue siendo mucho más que una banda para quienes hemos crecido con su música.

Por @jaime_gonzalez_vocalista | Fotos: @crisrock_photography

Cincuenta años de historia, nueve álbumes fundamentales (con un ausente) y un repertorio que atraviesa algunas de las páginas más trascendentales del heavy metal. Iron Maiden regresó al Estadio Nacional para ofrecer una sucesión de clásicos, con un espectáculo cargado de épica, teatralidad y momentos de profunda conexión. Entre himnos generacionales, pasajes conmovedores y una despedida que dejó abierta la puerta a un nuevo encuentro, la segunda noche en Santiago tuvo una intensidad difícil de olvidar.

Nuclear fue la encargada de incendiar el Estadio Nacional y lo hizo con una energía arrolladora. La agrupación, nacida en Arica en 2003, cuenta con una trayectoria que la ha llevado a realizar diversas giras por Europa y compartir escenarios con importantes nombres del metal internacional, entre ellos Testament, Destruction y Brujería. Frente a las aproximadamente 20 mil personas que ya ocupaban el recinto, el quinteto desplegó un thrash metal potente y de sonido muy definido, que por momentos evocaba la crudeza de Sepultura en la época de Beneath the Remains. La apertura con “Abusados” y “ViolentDNA” provocó inmediatamente los primeros mosh, mientras que el saludo de Matías Leonicio fue recibido con una fuerte ovación. La respuesta del público fue creciendo con “E-Faith” y “Heaven DNA”, cuando distintos sectores de la cancha comenzaron a convertirse en focos simultáneos de actividad. Durante una de las pausas, cuando Leonicio manifestó lo significativo que resultaba para ellos compartir escenario con una institución como Iron Maiden, el estadio respondió espontáneamente coreando el nombre de la banda: ¡Nuclear, Nuclear!

La presentación continuó con “Belligerence” y “Apátrida”, manteniendo una intensidad que nunca decayó y una puesta en escena muy propia del thrash metal, marcada por la entrega y una ejecución instrumental contundente. Bastaron sus canciones, la potencia de su sonido y una actitud que transmitía absoluta convicción sobre el escenario. Cuando llegó “Blood to Spare”, encargada de cerrar su actuación, la convocatoria ya había aumentado considerablemente, alcanzando aproximadamente 30 mil personas, muchas de ellas respondiendo con entusiasmo a cada intervención de los músicos. Fue una presentación especialmente sólida, en la que una banda surgida desde el extremo norte del país consiguió hacerse escuchar ante una multitud y demostrar que su recorrido internacional no es casualidad. Nuclear aprovechó la oportunidad y dejó una primera impresión contundente en una jornada donde todavía quedaba mucho por suceder.

Tras la intensa presentación de Nuclear, llegó el turno de Mammoth, la agrupación de hardrock liderada por Wolfgang Van Halen, hijo del legendario guitarrista Eddie Van Halen. La banda apareció frente a aproximadamente 30 mil personas, mientras el Estadio Nacional continuaba recibiendo asistentes que seguían llegando para presenciar el espectáculo principal. Su propuesta tomó una dirección musical bastante diferente a la descarga de thrash metal que acabábamos de presenciar. Con un sonido correcto y una ejecución instrumental bien resuelta, Mammoth desarrolló un repertorio que transitó por canciones como “Another Celebration at the End of the World”, “The Spell”, “Like a Pastime”, “Optimist” y “Right?”. Sin embargo, su puesta en escena, más bien estática y sin grandes despliegues de movilidad, tampoco consiguió generar una conexión especialmente intensa con la multitud. La mayor parte del público permaneció observando desde sus lugares, con una actitud respetuosa y receptiva, aunque sin alcanzar la efervescencia que había caracterizado la presentación de Nuclear. Esto no significa que el espectáculo careciera de calidad, sino que existía una diferencia evidente entre disfrutar de una propuesta musical y sentirse verdaderamente involucrado con ella.

La presentación continuó con “Feel”, “I Really Wanna” y “Take a Bow”, antes de cerrar con “Don’t Back Down”. Cada vez que Wolfgang Van Halen invitaba a participar, el público respondía con palmas y vítores, demostrando que existía disposición para acompañar a la banda. Uno de los momentos más particulares llegó cuando el músico expresó su felicidad por visitar Chile por primera vez. La fanaticada nacional, siempre dispuesta a introducir una cuota de humor incluso en los momentos más solemnes, comenzó a corear su nombre, aunque transformándolo rápidamente en un sonoro «¡Mamón!», generando un honesto momento divertido. Mammoth terminó su presentación ante aproximadamente 40 mil personas, que reconocieron su actuación con una importante ovación. Fue un espectáculo correcto y musicalmente bien ejecutado, aunque la sensación general era que buena parte de los asistentes reservaba sus energías para lo que realmente había convocado a semejante multitud. El Estadio Nacional seguía llenándose y la expectativa por lo que vendría a continuación ya se hacía sentir.

Unos minutos antes de las nueve de la noche, el Estadio Nacional, con aproximadamente 60 mil personas, comenzó a vivir un ritual que solo unas pocas bandas son capaces de provocar. “Doctor Doctor”, el clásico de UFO que Iron Maiden utiliza desde hace décadas como introducción a sus conciertos, empezó a sonar por los parlantes y, aunque los músicos todavía no aparecían sobre el escenario, el público ya cantaba, saltaba y vitoreaba como si la banda estuviera tocando frente a nosotros. Es curioso cómo una canción que no pertenece a su discografía terminó convirtiéndose en parte inseparable de su identidad en vivo. La euforia fue creciendo hasta que llegó “The Ides of March”, acompañada por imágenes alusivas a la época de Killers, preparando el terreno para la aparición de la banda y el comienzo de “Murders in the Rue Morgue”. La respuesta fue inmediata con gritos, saltos y un estadio completamente entregado. Iron Maiden apareció con la energía de siempre y, a diferencia de algunos comentarios que habían circulado después de la primera fecha, esta vez el sonido fue realmente sobresaliente, potente, definido y equilibrado.

“Wrathchild” elevó todavía más la intensidad. El bajo de Steve Harris se escuchaba con una claridad espectacular, permitiendo apreciar ese golpeteo característico de sus dedos sobre las cuerdas, una marca registrada que ha acompañado al llamado gran jefe durante toda su trayectoria. Después llegó “Killers”, una canción especialmente hermosa de escuchar en vivo y que fue coreada de principio a fin. La gente no dejó de cantar en ningún momento. Esta primera parte del repertorio, centrada en los dos primeros discos, tenía además un significado particular, canciones originalmente interpretadas por Paul Di’Anno estaban siendo defendidas ahora por la voz de Bruce Dickinson, una de las figuras más representativas de toda la historia de Iron Maiden. “Phantom of the Opera” mantuvo laconexión con los primeros años, desatando distintos sectores de mosh en la cancha, antes de dar paso a “The Number of the Beast”, una composición que marcó un antes y un después. Publicada en 1982 como canción principal del tercer álbum y primera grabación de estudio de la banda con Dickinson, ayudó a consolidar su proyección internacional. Su riff, su introducción y su grito inicial forman parte del heavy metal en su identidad. El estadio respondió como sabiendo que estaba frente a un himno que nunca perderá vigencia.

Pero uno de los momentos más conmovedores llegó con “Infinite Dreams”, perteneciente a Seventh Son of a Seventh Son. El álbum, concebido como una obra conceptual alrededor de la figura del séptimo hijo de un séptimo hijo y sus capacidades proféticas, mantiene una reflexión sobre los sueños, las visiones, la muerte y el temor a aquello que no podemos comprender. Musicalmente, es una de sus composiciones más hermosas, y escucharla en esta gira fue un regalo para quienes conocen y valoran especialmente esa etapa. Personalmente, fue uno de los primeros momentos en que se me humedecieron los ojos. La emoción continuó con “Powerslave”, otra de las grandes piezas épicas de su discografía. La canción nos introduce en la perspectiva de un faraón que, pese a su condición divina y su aparente poder, no puede escapar de la mortalidad. Bruce se tomó un momento para conversar con el público antes de comenzar, en un ambiente de mucha algarabía y cercanía. También se notaba una diferencia importante respecto de la jornada anterior, aunque durante “Phantom of the Opera” se encendió una bengala, los guardias actuaron rápidamente, retirándola y sumergiéndola en un recipiente con agua. La coordinación fue evidente y permitió que la situación no se prolongara. Bruce se mostró mucho más tranquilo, cercano y dispuesto a compartir con la gente, sin los momentos de molestia ni los reproches que habían marcado su actitud la noche del sábado.

“2 Minutes to Midnight” devolvió al estadio la celebración, con miles de personas cantando y saltando al ritmo de uno de los sencillos más reconocidos de su historia. Luego “Rime ofthe Ancient Mariner”, una de las composiciones más ambiciosas de Iron Maiden y, con sus más de trece minutos, la más extensa de este recorrido por sus primeros nueve discos. Inspirada en el poema homónimo de Samuel Taylor Coleridge, publicado en 1798, relata la travesía de un marinero que, después de matar a un albatros, queda condenado a soportar las consecuencias de su acto y una experiencia marcada por la culpa, la muerte y la redención. Es una canción que los seguidores más apasionados de la banda suelen guardar en un lugar especial, no solamente por su extensión, sino por la manera en que combina la narración, sus atmósferas y pasajes instrumentales. Fue un momento magnífico, aunque una de las guitarras dejó de sonar durante parte de la interpretación. Afortunadamente, el problema se resolvió con rapidez, al igual que otros pequeños desajustes de volumen que aparecieron ocasionalmente durante el concierto.

Tras semejante despliegue llegó “Run to the Hills”, y el Estadio Nacional volvió a convertirse en una enorme celebración. El coro fue ensordecedor, todo el recinto conocía cada palabra. La energía de los músicos acompañaba perfectamente esa respuesta. Janick Gers recorría el escenario de un extremo a otro, jugando con su guitarra, lanzándola al aire para recuperarla y convirtiendo cada movimiento en parte del espectáculo. Steve Harris también se desplazaba constantemente, demostrando que su despliegue físico sigue siendo impresionante. Esa intensidad dio paso a uno de los pasajes más solemnes de la noche, “Seventh Son of a Seventh Son”. Desde sus primeros compases, el público acompañó la melodía principal de las guitarras, reproduciendo incluso aquellos motivos instrumentales que no tienen letra, mientras los sintetizadores contribuían a construir la atmósferacaracterística de la obra. Dave Murray estuvo particularmente inspirado, con solos hermosos y llenos de sensibilidad. Fue otro de los momentos en que la emoción terminó ganando y las lágrimas aparecieron nuevamente. Como observación crítica, SimonDawson, el nuevo baterista, tuvo algunos pasajes en que pareció perder cierta conexión con lo que ejecutaba el resto de la banda. Es un aspecto que se hizo perceptible en determinados momentos y que, tratándose de una agrupación de este nivel, merece mencionarse, aunque no llegó a opacar el resultado general.

La intensidad volvió con “The Trooper”, acompañada por los tradicionales cambios de vestuario de Bruce Dickinson, quien apareció primero con una bandera británica y luego la reemplazó por la chilena. También hizo su aparición un segundo Eddie, dispuesto a enfrentarse a Janick Gers en una escena que ya forma parte del imaginario desusconciertos. Después “Hallowed Be Thy Name”, una de las composiciones más teatrales y profundas de su repertorio. La canción presenta los últimos pensamientos de un hombre condenado a muerte, enfrentado a la inminencia de su ejecución y a las preguntas que surgen cuando la vida está a punto de terminar. Bruce permaneció buena parte de la interpretación dentro de una jaula, mientras la banda desarrollaba la canción sobre el escenario. En su momento más intenso, el cantante consiguió liberarse de sus ataduras y salir de ella para continuar interpretando. Una representación visual que acompañó perfectamente el dramatismo de la música y que fue seguida con enorme atención por el público.

El cierre de la primera parte llegó con “Iron Maiden”, que desató una verdadera locura en la cancha. Se formaron aproximadamente diez focos de mosh, con círculos que giraban a gran velocidad mientras miles de personas seguían cantando y saltando. Fue un final espectacular, aunque también quedó una sensación de decepción por la ausencia del Eddie gigante que habitualmente emerge durante esta canción. En su lugar, apareció una representación a través de las pantallas, con animaciones que no consiguieron transmitir el mismo impacto visual. Para muchos seguidores, la aparición de Eddie es uno de los momentos más esperados de cada concierto y ninguna imagen proyectada parece estar a la altura de esas figuras monumentales que los han acompañado históricamente. Fue, sin duda, el punto débil de la puesta en escena.

El encore comenzó con “Aces High”, una descarga de energía en la que Dickinson volvió a demostrar su excelente estado vocal y su capacidad para dominar el escenario. La canción, inspirada en los pilotos de la Royal Air Force durante la Batalla de Inglaterra, es una de las grandes representaciones del espíritu épico de Iron Maiden. “Fear of the Dark”, probablemente la canción más coreada de toda la jornada. Publicada en 1992, se transformó con el tiempo en uno de los himnos más reconocibles, incluso entre quienes no conocen en profundidad toda su discografía. Bruce apareció con un nuevo vestuario, representando una figura oscura que recorría el escenario con un candelabro, creando una atmósfera teatral bajo la iluminación de la noche y la luna en su espalda. La respuesta fue extraordinaria,decenas de miles de voces cantando al unísono el coro, que parece pertenecer tanto al público como a la propia banda.

Con “Wasted Years” es difícil explicar lo que significó escucharla en ese momento. Su letra nos invita a dejar de perseguir permanentemente los recuerdos, a no quedarnos atrapados en lo que ya pasó y a comprender que los años que estamos viviendo también pueden ser nuestros años dorados. Una reflexión especialmente poderosa cuando pensamos que Iron Maiden está celebrando cincuenta años de trayectoria. La emoción fue absoluta. Fue el momento en que las lágrimas aparecieron con mayor intensidad, al pensar en todo lo que esta banda ha significado a lo largo de la vida. Iron Maiden ha sido la agrupación que ha introducido a mucha gente en este camino musical y que los ha mantenido recorriéndolo durante todos estos años. Por eso, cada vez que anuncian su regreso, uno siente que debe estar ahí, como si se tratara de una renovación de votos con una parte fundamental de lapropia historia. Y esta vez no fue diferente.

Existe también un pensamiento inevitable, no sabemos cuántas oportunidades más tendremos de verlos sobre un escenario. Quizás estemos presenciando algunos de los últimos capítulos de una historia que ha acompañado la vida de tantas generaciones. Por eso “Wasted Years” adquirió una dimensión todavía más profunda, se trataba de mirar hacia atrás y recordar, también de entender que el presente es el tiempo que todavía tenemos para disfrutar lo que amamos. Sin embargo, Bruce Dickinson quiso dejar una última señal de esperanza. En su despedida aseguró que esta no sería la última vez y pidió que nos preparáramos, porque Iron Maiden volvería nuevamente con un nuevo espectáculo. Una promesa que fue recibida con entusiasmo y que permitió que la noche terminara con la ilusión de un próximo encuentro.

Después de cincuenta años, Iron Maiden sigue siendo mucho más que una banda para quienes hemos crecido con su música. Es parte de nuestras historias, de nuestros recuerdos y de las personas en las que nos hemos convertido. Anoche, en el Estadio Nacional, volvimos a entender por qué hay conciertos que uno siempre necesita vivirlos. Y mientras sigan existiendo oportunidades para encontrarnos frente a ellos, habrá que estar ahí, cantando, emocionándose y disfrutando cada instante, porque quizás esos sean, precisamente, nuestros años dorados.

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Noticia publicada por el área editorial.

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