El regreso de Opeth a Santiago, este domingo 1 de noviembre, tuvo la virtud de recordar por qué la agrupación sueca ocupa un lugar privilegiado dentro de la música pesada contemporánea. En el Santander Arena, con aproximadamente la mitad de su aforo habilitado, la banda encabezada por Mikael Åkerfeldt desplegó un espectáculo de dos horas que encontró su mayor fortaleza en el equilibrio entre precisión instrumental, complejidad compositiva y una sensibilidad artística capaz de transitar entre la contemplación y la violencia sin perder coherencia. Lejos de depender de una producción escénica desmesurada, el conjunto apostó por una puesta en escena sobria, con pantallas de fondo que acompañaban cada composición mediante imágenes vinculadas a sus atmósferas, permitiendo que la música conservara el protagonismo absoluto.
La jornada comenzó con una presentación especialmente significativa para la escena nacional. Mar de Grises asumió la responsabilidad de abrir el espectáculo con un repertorio de seis composiciones, precedidas por una introducción instrumental, que permitió recorrer distintas dimensiones de su propuesta atmosférica. Starmaker, Shining Human Skin y The Bell and the Solar Gust establecieron progresivamente un paisaje sonoro dominado por la densidad de las guitarras, la construcción de capas melódicas y una tensión que se desarrolla sin necesidad de recurrir a la velocidad o al impacto inmediato. Tras un interludio que funcionó como punto de articulación dentro del repertorio, Surrender to the Fall profundizó el carácter melancólico y envolvente de la presentación, mientras Recklessness cerró el set con la amplitud instrumental necesaria para reafirmar la identidad de una agrupación que ha sabido construir un lenguaje propio dentro del doom/death metal. La ejecución dejó en evidencia una formación capaz de administrar con madurez los contrastes dinámicos, la superposición de texturas y los desarrollos de largo aliento que exige su música, elementos que requieren tanto precisión técnica como una comprensión colectiva de las composiciones. El regreso de Mar de Grises no parece sostenerse únicamente en el valor histórico de su catálogo, sino también en la capacidad de sus integrantes para recuperar y proyectar este material con solvencia sobre el escenario. Frente a una audiencia convocada principalmente por Opeth, los nacionales ofrecieron una apertura de gran nivel musical y profesional, demostrando que su propuesta conserva la profundidad necesaria para dialogar con los estándares de una jornada internacional de estas características. Su presentación funcionó, además, como un recordatorio del lugar que la banda ocupa dentro de la evolución del metal extremo chileno, particularmente en esa intersección entre la crudeza del death metal, la pesadez del doom y una sensibilidad progresiva que convierte la atmósfera en un componente estructural de la composición.
Opeth, por su parte, presentó un repertorio que combinó tres composiciones de The Last Will and Testament con distintas estaciones de su discografía, respetando la estructura que viene desarrollando durante esta etapa de la gira. La apertura con §1, seguida por Hjärtat vet vad handen gör y Godhead’s Lament, estableció desde temprano una dinámica en la que la arquitectura progresiva y la densidad interpretativa convivieron con una ejecución rigurosa. La posterior aparición de §7, The Devil’s Orchard y Windowpane permitió apreciar las distintas dimensiones del catálogo sueco, desde los pasajes rítmicos y angulares de su etapa más experimental hasta la delicadeza melódica de Damnation. En este recorrido, cada instrumento encontró su espacio sin competir por protagonismo. Las guitarras de Fredrik Åkesson y el trabajo de Martin Mendez sostuvieron los cambios de métrica y las modulaciones con absoluta solvencia, mientras los teclados de Joakim Svalberg ampliaron el espectro tímbrico y la batería de Waltteri Väyrynen aportó precisión, dinámica y contundencia. El resultado fue un sonido nítido, con separación instrumental y una definición que permitió seguir tanto los detalles de los arreglos como la construcción global de cada pieza.
Uno de los momentos más destacados llegó con The Grand Conjuration, una composición que concentra buena parte de los recursos que han convertido a Opeth en una referencia del metal progresivo. Su desarrollo hipnótico, la reiteración de motivos y la acumulación de tensión desembocaron en una interpretación donde Åkerfeldt volvió a demostrar su extraordinaria capacidad para alternar voces limpias, expresivas y cargadas de matices, con guturales de una profundidad que remite directamente a los años más extremos de la banda. Con Demon of the Fall, el vocalista anunció un auténtico viaje en el tiempo hacia la década de los noventa, cuando el death metal constituía el núcleo de su identidad. La respuesta del público confirmó que esa herencia sigue siendo fundamental dentro del vínculo entre Opeth y sus seguidores chilenos. Antes del encore, The Drapery Falls desató uno de los momentos de mayor intensidad colectiva, mientras §3 y Hex Omega, esta última perteneciente a Watershed, profundizaron el carácter sombrío de una presentación que nunca necesitó recurrir a lo efectista para sostener la atención. Cada transición estuvo construida desde la música, con un manejo del contraste que permitió que la agresividad y la introspección coexistieran dentro de un mismo relato.
Entre composición y composición, Mikael Åkerfeldt volvió a demostrar que su presencia escénica se sostiene tanto en su calidad musical como en un sentido del humor que descomprime la solemnidad de su propia obra. Los tradicionales sobrenombres chilenos, especialmente Miguelito y Peluca, se escucharon reiteradamente desde el público, provocando la complicidad de un músico que ya conoce esta costumbre y que incluso reconoció que los apodos han comenzado a extenderse a otros países. Los diálogos también incluyeron preguntas sobre quiénes habían asistido el día anterior al concierto de Iron Maiden y una anécdota protagonizada por Bruce Dickinson. Según relató Åkerfeldt, el vocalista británico se acercó alguna vez a saludarlo y le preguntó cómo conseguía realizar sus guturales, después de intentar imitarlos, dejó al líder de Opeth con una pregunta para la audiencia: si alguna vez habían escuchado a Dickinson hacer guturales. La ocurrencia provocó risas y permitió apreciar la naturalidad con la que el sueco administra los espacios entre canciones. También recordó su anterior presentación en el mismo recinto junto a Judas Priest, comentando que esta vez el lugar parecía más pequeño, una observación que adquirió sentido al considerar que aquella ocasión utilizó una estructura de escenario distinta y de mayor capacidad.
El encore terminó de sellar una noche que encontró en la combinación de virtuosismo y espontaneidad una de sus características más valiosas. Åkerfeldt anunció la canción más corta de la historia y sorprendió con You Suffer, de Napalm Death, interpretándola dos veces para que el público pudiera corearla, un gesto absurdo y entrañable que encajó perfectamente con el carácter del vocalista. Finalmente, Deliverance cerró el concierto con su característico desarrollo rítmico y una intensidad que provocó mosh pits en distintos sectores de la cancha. Más allá de la respuesta física de los asistentes, el desenlace sintetizó la amplitud expresiva de Opeth, una banda capaz de moverse entre la delicadeza progresiva, la oscuridad del death metal y el humor sin que ninguna de esas dimensiones parezca ajena a su identidad. Su presentación en el Santander Arena fue un ejercicio de madurez artística, solvencia técnica y respeto por una discografía que continúa expandiéndose sin renunciar a sus raíces. Y si Mar de Grises confirmó que su retorno tiene argumentos musicales suficientes para proyectarse hacia una nueva etapa, Opeth recordó que su grandeza no depende de la espectacularidad externa, sino de una capacidad excepcional para convertir la complejidad en emoción y la ejecución impecable en una experiencia profundamente humana.
Fotos @sebastiandominguez.photo















