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La Rockola: Metal Gods – Judas Priest

Por Claudio Miranda

No vamos a descubrir la trascendencia de Judas Priest como lo que viene siendo durante medio siglo en la carretera: la epítome del Heavy Metal y sus derivados. Tampoco pareciera necesario, por ahora, ahondar una vez más sobre la figura de Rob Halford como la voz que moldeó todo un estilo, tanto en lo musical como en lo estético. El cuero, las tachas, la motocicleta y, era que no, una voz portentosa que puede rasgar el cielo y la tierra con esos agudos asesinos. Metal por dentro y afuera, en la música y la apariencia. Y en lo que importa ante todo: en los principios. Sin principios, nada tiene sentido.

   Precisamente cuando uno habla de Rob Halford, lo primero que se nos viene a la mente es el apodo con que tanto él como sus “hermanos” de correrías son reconocidos hasta hoy: “METAL GODS”. Y con justa razón, porque si bien Black Sabbath estableció los cimientos, fue con Priest que el blues dejó de ser EL ingrediente secreto al que los artistas de la década del ’70 recurrían para sonar peligrosos. Así es como una serie de trabajos discográficos editados durante aquellos años, con puntos altos en “Sad Wings Of Destiny” (1976) y el más brutal “Stained Class” (1978), dio cuenta de un estilo que sonaba extraño y nuevo, oculto para las masas –hasta la década del ’80- y capaz de moverse a pulso ante la reticencia de los medios de gran alcance. Guitarras mortíferas que van al ataque, a matar o morir. Una base rítmica que arrasa con todo a su paso. Una estampa que reúne el peso de Led Zeppelin, la velocidad de Deep Purple y la oscuridad de los propios Sabbath, todo convergiendo en una firma que, hasta hoy, ejerce como base para todo lo que sea Metal, da igual el subgénero.

  Llegamos hasta 1980, cuando ve la luz el multiventas “British Steel” y es a partir de ahí Judas Priest y el Heavy Metal comienzan a formar parte de la cultura pop sin sacrificar un ápice de su identidad, con los singles “Breaking The Law” y “Living After Midnight” escalando posiciones impensadas para un estilo musical poco y nada de amigable. Pero también hay un corte al que tanto los fans como la prensa asociarían de manera automática con sus creadores. Hablamos de “Metal Gods”, el track nro 2 del álbum en su edición original y por lejos, un infaltable en los directos. Una pieza potente y marcial que, sin proponérselo, es capaz de hacer cantar a todo un estadio sin transar sus valores.

Lo que quizás no muchos saben es que, contrario a lo que se tiende a creer, “Metal Gods” no nació de ninguna autorreferencia, sino de la afición de Halford por los comics y, en especial, la Ciencia-Ficción. Los dioses de Metal, robots gigantes que aparecen para exterminar a la humanidad y construir un imperio cibernético en todo el planeta. Un concepto que a simple vista parece desfasado y lo más cercano a las películas ochenteras sobre futuros distópicos y máquinas vivientes, pero que, en realidad, adquiere sentido en estos tiempos de relaciones impersonales y “activismo” detrás de un teclado. La rebelión de las máquinas, en toda su forma y en todas sus latitudes. Y al parecer, no hay mucha diferencia entre la era tecnológica y la digital.

La canción comienza hablando del surgimiento de estas máquinas pensantes y, la alusión a las “tecno-semillas” que estos androides plantaron primero, se lee tenebroso. Más aún si estas máquinas desarrollan una “mente propia”. Máquinas que no necesitan ser programadas por humanos porque, lisa y llanamente, poseen ideas propias. Las ideas te dan poder, y cuando una máquina adquiere consciencia de aquello, no hay nada que hacer salvo rezar.

Las máquinas salen a las calles y marchan elegantes ante la mirada impotente de una raza humana que asume su sentencia. Y precisamente, en medio de este desfile de máquinas asesinas, la carnicería es inminente. El Dios de Metal se erige como tal contemplando su perfección incuestionable, apunto de sentirse con la libertad de hacer lo que se le plazca. Lo mismo va para sus esbirros cibernéticos, quienes esparcen sus dominios como si se tratara de una enfermedad, un virus que no distingue sexo, edad ni color de piel. Una infección que escapó al conocimiento de los líderes del mundo y la opinión pública, y ante la cual nada se puede hacer una vez que los medios dan por enterada a toda la población.

 El secretismo que rodea esta insurrección cibernética alcanza un punto en que hasta el escondite más seguro deja de serlo cuando los robots logran descubrir a sus blancos. No había otra opción ante la masacre llevada a cabo en la superficie y las órdenes son claras: erradicar todo rastro humano de la faz de la tierra y sus recovecos. Robots armados que asesinan a sangre fría a cada persona, con o sin resistencia de por medio. Te puedes poner en los pensamientos de esa persona que siente su vida en peligro y trata de sobrevivir al holocausto humano, aunque todo esfuerzo termina siendo vano cuando la Gran Máquina hace gala de su condición divina. Es un Dios metálico, ¿Cómo vas a poner en duda su idea si es la única que vale? Pensar distinto cuesta caro… incluso la vida. Y aquí en Chile sabemos de sobra de qué trata el asunto porque lo vivimos en carne propia a partir del ‘73. Y no precisamente en manos de robots, sino de humanos que se creyeron dueños del derecho a matar y censurar al disidente.

Las máquinas toman el control total y a los pocos humanos sobrevivientes no les queda otra que acatar las órdenes del Todopoderoso metálico. Nada alejado de lo que ocurre ad portas de la segunda década del siglo XXI, con la tecnología decidiendo por nosotros y nuestras identidades moldeadas por una base de datos que nos define como individuos. Suena absurdo pero es lo que ocurre hoy con el teléfono inteligente, los videojuegos en línea y, más aún, el campo laboral cada vez más condicionado por el uso de tecnología de punta. Y en ese aspecto, la humanidad tiene su responsabilidad al someterse sin chistar a la esclavitud de sus propios artefactos, el camino más viable para quienes se dejan llevar por el aliento fundido del Dios hecho con engranajes y electricidad, y cuya computadora se transformó en un cerebro a la altura de uno humano.

  El paralelo con la saga cinematográfica Terminator es inevitable, y en un mundo repleto de pos verdad y propaganda astuta da la impresión de que las tres leyes de la robótica planteadas por Asimov constituyen un acto terrorista al pensamiento convencional. La ambición del ser humano en sus avances científicos puede llegar a un nivel en que las consecuencias son irreversibles, como podemos atestiguar hoy en día. Quizás exista una solución antes de que la hecatombe sea total, pero depende exclusivamente de nosotros que esto no ocurra. Rob Halford la tenía clara hace 40 años respecto al mundo de hoy, con el escepticismo de entonces evolucionando a la resignación de un mundo cada vez más frío e inhumano.

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Esta noticia fue publicada por el área editorial de iRock.CL

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