Connect with us

Live Review Internacional

MetalBeer — Chuck estuvo ahí: memoria viva, fuego y una fuerza llamada metal

Un umbral donde el tiempo se plegó sobre sí mismo y el pasado cruzó al presente sin pedir permiso, con cada muro vibrando como si recordara, cada eco devolviendo nombres, junto a cuerpos y guitarras que ya habían estado ahí.

Lo que ocurrió este sábado en el Teatro Caupolicán no puede archivarse como una fecha más en la agenda metalera chilena, ya que este sin duda este opera como un acontecimiento de densidad histórica, un punto de convergencia entre pasado, presente y una posibilidad futura que, aunque todavía no se nombra del todo, ya comienza a latir. MetalBeer prometía cerveza pero el público recibió doctrina sonora, fuego ritual y una demostración inequívoca de que cuando el metal se ejecuta con convicción absoluta, todo lo accesorio se vuelve irrelevante. Desde temprano, el público comenzó a rodear el recinto bajo un calor sofocante, exacerbado por el retraso en la apertura de puertas —un aspecto que merece revisión si se pretende cuidar la experiencia completa a futuro—. Sin embargo, esa incomodidad inicial operó casi como una antesala purificadora, pues el cuerpo fue empujado al límite incluso antes del primer acto. El calor no sería un obstáculo, sino más bien parte del certamen.

Antes de que el peso internacional terminara de sellar la noche, el festival ya había demostrado que su columna vertebral estaba firmemente anclada en casa como un acto de afirmación del metal chileno en plena vigencia. Amnesia Eterna abrió el fuego con un thrash metal de nervio directo, sin adornos, cargado de una tensión emocional que se tradujo en riffs secos y una ejecución firme, logrando que el público —aún acomodándose al recinto— entrara rápidamente en sintonía. Kythrone,  quienes comenzaron con algunos problemas en el sonido de su guitarra, profundizó ese estado con una propuesta más oscura y abrasiva, de raíz black metal, imponiendo una atmósfera densa y opresiva que envolvió al Caupolicán con una sensación de amenaza constante, sostenida por una precisión rítmica que no dio respiro. Metakiase, a su vez, aportó un peso distinto, más arrastrado y contundente, combinando fuerza y groove con una solidez interpretativa que terminó de encender los primeros desórdenes de cancha de la jornada. Y cuando Dorso tomó el escenario, la respuesta fue inmediata y transversal con oficio, historia y dominio absoluto del espacio, ejecutados con una naturalidad que solo dan décadas de trayectoria, conectando con un público que respondió con respeto, euforia y complicidad total. Hubo un leve atraso en el inicio del bloque, pero lejos de afectar el desarrollo, cada actuación fue ejecutada con una seguridad inquebrantable, demostrando que la escena local no solo estuvo a la altura del desafío, sino que sostuvo el espíritu del festival desde sus primeras notas, preparando el terreno emocional y físico para todo lo que vendría después.

La noche avanzó con Destruction dejando en claro que su relación con el escenario no pasa por la nostalgia sino por la confrontación directa, como si cada presentación fuera una reafirmación de principios. Curse the Gods abrió el ritual con un aire primitivo que conectó de inmediato con la raíz más pagana del thrash europeo, preparando el terreno para Invincible Force, que llegó como un golpe frontal, compacto y sin respiros, reforzado luego por Nailed to the Cross, donde el pulso marcial y los riffs afilados establecieron una dinámica de tensión constante. Scumbag Human Race introdujo un matiz más corrosivo, casi cínico, empujando al público a una respuesta física más intensa, antes de que Mad Butcher emergiera como ese himno indestructible que no necesita presentación y que fue coreado con una mezcla de euforia y respeto. El set continuó con Life Without Sense, que funcionó como un catalizador definitivo para el caos, seguido por Diabolical, donde la banda profundizó en una oscuridad más espesa sin perder velocidad ni precisión. Total Desaster mantuvo la combustión a niveles insostenibles y enlazó de forma natural con No Kings No Masters, una declaración ideológica que encontró eco inmediato en el público, mientras A.N.G.S.T. añadió un tono más sombrío y reflexivo sin romper la agresividad general. The Butcher Strikes Back retomó el filo clásico con una ejecución demoledora que volvió a tensar el ambiente, preparando el terreno para Antichrist, uno de los momentos más intensos de la noche. Eternal Ban y Destruction reafirmaron el dominio absoluto de la banda sobre el escenario, con un público completamente entregado, y cuando llegaron Bestial Invasion y al cierre con Thrash ’Til Death ya no hubo sensación de término, sino de continuidad acentuado por una bengala encendida que no celebró nada, sino que advirtió, como si la banda dejara claro que esta música no se agota en una noche ni en un setlist, sino que se proyecta hacia adelante con la misma ferocidad con la que nació.

Pero lo que vino después se desplazó fuera del tiempo habitual de los conciertos y entró en una zona distinta donde la memoria deja de ser recuerdo y se vuelve materia viva. Death To All no apareció en escena para reconstruir un pasado ni para repetirlo con prolijidad museográfica sino para prolongar una obra inconclusa, para tomar el pulso de algo que sigue respirando. Que esto ocurriera en el mismo recinto donde en 1998 Death pisó suelo chileno por primera vez cuando el lugar aún llevaba el nombre de Teatro Monumental no fue un gesto anecdótico sino un movimiento circular cargado de sentido. El Caupolicán no actuó como contenedor sino como testigo silencioso de una continuidad que tardó décadas en completarse. 

El inicio con Infernal Death fue apenas un murmullo primigenio, una grieta abierta hacia Scream Bloody Gore, ese punto cero donde todo era urgencia, instinto y carne aún sin pulir. No fue un arranque grandilocuente, sino una forma de recordar de dónde proviene esta música antes de que adquiriera complejidad. Desde ahí, Living Monstrosity emergió como un espejo brutal de la manipulación y el control, un tema cuya vigencia resulta inquietante y que anoche sonó singularmente actual, seguido por Defensive Personalities, que tensó el ambiente con su lectura afilada sobre la fragilidad del ego humano, y Lack of Comprehension, avanzando como una acusación directa, sin rodeos ni indulgencias. Altering the Future introdujo una sensación clara de tránsito, como si el set comenzara a mutar de estado, preparando el terreno para Zombie Ritual, que devolvió todo al cuerpo, al golpe primario, al movimiento irreflexivo del mosh entendido como lenguaje ancestral. The Philosopher marcó un punto de quiebre, no por su velocidad sino por su peso conceptual, sirviendo como pausa lúcida dentro del vendaval. Spiritual Healing cerró ese primer bloque como un manifiesto mayor, una obra donde el alma de Chuck Schuldiner alcanzó una madurez que no renuncia a la agresión, pero la dirige con precisión hacia la conciencia.

Con Symbolic, la noche entró en combustión absoluta junto a las bengalas que  se encendieron en el momento exacto, como si el público entendiera que ahí debía arder todo mientras las hordas compuestas por generaciones completas sin distinción de edad ni procedencia coreaban sin cesar. El humo, el rojo y el calor transformaron el recinto mientras Zero Tolerance caía como un martillo sin concesiones y Empty Words se expandía con una elegancia feroz, demostrando que la precisión también puede ser profundamente emocional. 1,000 Eyes abrió capas más profundas, desplegando su arquitectura progresiva y su tensión interna, hasta que Without Judgement introdujo una gravedad distinta, casi introspectiva, antes de que Crystal Mountain se elevara como un himno absoluto. Misanthrope devolvió la aspereza con un filo casi nihilista, y Perennial Quest cerró el recorrido principal como una declaración de búsqueda interminable, una afirmación de que el sentido no se encuentra… se persigue.

El encore no ofreció descanso… Spirit Crusher como una embestida final que sono a una descarga que exprimió las últimas reservas físicas del público, y Pull the Plug clausuró la ceremonia con la violencia justa de un cierre inevitable. Y es aquí donde la noche adquiere su verdadera dimensión, porque lo vivido deja de ser solo una ejecución magistral y se transforma en una pregunta abierta. Death To All ya no puede entenderse únicamente como un acto conmemorativo, pues su solidez interpretativa, la cohesión emocional y la respuesta transversal del público revelan una entidad capaz de avanzar, de crear, de dialogar con el espíritu de Chuck Schuldiner sin caricaturizarlo ni fijarlo en el pasado. La posibilidad de que esta agrupación entre al estudio no sería una osadía, sino un gesto de responsabilidad histórica con el metal que necesita obras que comprendan su linaje y se atrevan a expandirlo con honestidad. Cuando Steve Di Giorgio afirmó desde el escenario que Chuck estaba ahí con nosotros, no fue una consigna meramente emotiva, sino más bien una constatación física, audible y visible. Estuvo en el sonido, en el sudor, en el calor insoportable, en la acústica sublime del Caupolicán y en esa certeza silenciosa que quedó flotando al final de la noche, de que  hay obras que no mueren porque siguen creando futuro.

Written By

Editora y Creadora de Contenido en iRock. Leal servidora del Rock, el Metal y los sonidos mundanos. Conductora en "La Previa" y Co-conductora en "Rock X-Files". | Mail: litta@irock.cl

Destacado

Angelo Pierattini publica emotiva carta comunicando su alta médica

Chile

Horsegirl anuncia su debut en Chile

Conciertos

Tenten Caicai Vilu Metal Fest se apodera de Chiloé este 7 de febrero

Chile

Cynic: ¿por qué el metal progresivo no llega a ser mainstream?

Artículos

Advertisement

Connect
Suscríbete a #iRockCL