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Molchat Doma: Una ola gélida desde Minsk

Hay bandas que no buscan pertenecer, y por eso terminan marcando una época. Molchat Doma es una de ellas. Desde las grises calles de Minsk, este trío bielorruso consiguió que la estética del post-punk soviético encontrara un nuevo latido en la era digital. Su música tiene algo magnético y distante a la vez, una pulsación fría que, en lugar de repeler, atrae con fuerza casi hipnótica.

Egor Shkutko, Roman Komogortsev y Pavel Kozlov comenzaron su historia en 2017, cuando lanzaron С крыш наших домов (Desde los techos de nuestras casas), un debut que parecía destinado a los subterráneos de Europa del Este. Guitarras ásperas, bajos espigados, sintetizadores austeros y una voz grave que parece cantar desde una fábrica abandonada. Nadie imaginaba que aquel sonido, tan ajeno a la lógica del pop global, acabaría por recorrer el mundo. El segundo álbum, Этажи (Etazhi, 2018), cambió el rumbo. Una de sus canciones, Судно (Sudno), basada en un poema del escritor Boris Ryzhy, se viralizó de forma inesperada. TikTok, ese improbable amplificador del underground, convirtió la melancolía bielorrusa en un fenómeno global. Lo que nació como un lamento minimalista terminó siendo la banda sonora de una generación que baila con nostalgia de algo que nunca vivió.

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Sin embargo, reducir a Molchat Doma al estatus de “banda viral” sería injusto. Lo suyo es otra cosa. En una época de saturación sonora, su música se sostiene en la contención, líneas simples, estructuras limpias, y una emotividad que no necesita estallar para sentirse. Las letras cantadas en ruso, con ese tono seco y profundo de Shkutko, cargan el peso de una historia colectiva, pero en vivo, lejos de hundirse en la tristeza, la transforman en energía. Su identidad se ha interpretado muchas veces como “poder ruso”, aunque en rigor la banda proviene de Bielorrusia. Más allá de la geografía, hay una carga cultural innegable en su propuesta, una mezcla de dureza, disciplina y melancolía que trasciende fronteras. Esa herencia soviética se filtra en los ritmos mecánicos, en la estética gris, en la forma en que suenan como si cada canción se tocara dentro de una máquina. Pero cuando suben al escenario, ese rigor se convierte en una experiencia casi ritual. El trío no necesita moverse demasiado para capturar a su público, ya ese trabajo queda para las luces, frías y precisas, que acompañan beats programados con la exactitud de un metrónomo. Los cuerpos frente al escenario se balancean, muchos sin entender una palabra, pero entendiendo todo. En ese trance colectivo, Molchat Doma logra lo que pocos, hacer que la distancia lingüística se disuelva bajo una emoción compartida.

En Chile, su llegada tuvo algo de acontecimiento. El 9 de abril de 2022 debutaron en el Teatro Caupolicán, luego de agotar un recinto más pequeño. Esa noche, Santiago pareció enfriarse. Cuando sonaron KletkaLyudi NadoeliNa Dne o Tishina, el público, en su mayoría jóvenes, melómanos y especímenes del bajo submundo, bailaron, corearon en ruso y se dejó arrastrar por una melancolía que no deprimía, sino que unía. Fue un debut solemne, intenso, y de una belleza poco común, una fiesta gélida donde la emoción se respiraba en silencio. Desde entonces, el nombre de Molchat Doma no ha dejado de expandirse. Su disco más reciente, Belaya Polosa (2024), demuestra que la banda no vive anclada en la nostalgia. Canciones como Chernye Cvety abren nuevas texturas sin perder la oscuridad que los define. DiskotekaSudno o Lyudi Nadoeli siguen siendo himnos en sus conciertos, donde el aislamiento se transforma en comunión y cada espectador parece encontrar en su frialdad un refugio emocional.

Molchat Doma no necesita traducción. Su poder no reside en las palabras, sino en la textura del sonido, en la forma en que la electrónica se mezcla con la crudeza del post-punk, en cómo convierten la alienación en una forma de pertenencia. Lo que alguna vez fue un retrato de la vida postsoviética hoy funciona como espejo de una juventud global que busca sentido entre el ruido del presente. Su relevancia no depende de tendencias ni algoritmos. Lo que los sostiene es la autenticidad de un lenguaje propio, el de la contención, la sombra, el pulso constante. En un mundo que exige brillo y ruido, Molchat Doma recuerda que la emoción también puede venir del silencio. Que lo gélido, cuando se comparte, puede incendiar una sala entera.

El 11 de noviembre tienen una nueva fecha con nuestro país en espacio Basel.

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Editora y Creadora de Contenido en iRock. Leal servidora del Rock, el Metal y los sonidos mundanos. Conductora en "La Previa" y Co-conductora en "Rock X-Files". | Mail: litta@irock.cl

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