Hay noches en que Santiago parece empeñado en poner a prueba la resistencia de quienes lo habitan y el metal decide responder a su manera, como siempre, subiendo el volumen, apretando los dientes y convirtiendo cualquier adversidad en combustible. La primera de las dos presentaciones de Sepultura en Chile tuvo de todo, incluso un escenario climático que parecía sacado de una película de catástrofes, con lluvia y un aluvión golpeando otro extremo de la ciudad. Pero mientras afuera la contingencia imponía su propia realidad, en el Coliseo había una multitud con una misión bastante menos negociable: despedir a Sepultura como corresponde. No había espacio para la tibieza ni para mirar el reloj. Lo que sucedió anoche fue una descarga de memoria, sudor y violencia rítmica protagonizada por una banda que lleva décadas demostrando que sobrevivir a sus propias transformaciones también puede convertirse en una forma de grandeza.
Antes de que Sepultura desatara su tormenta, Mawiza volvió a demostrar por qué se ha ganado un espacio propio dentro del metal chileno contemporáneo. Lo suyo no consiste en utilizar elementos de la cultura mapuche como un simple recurso estético, sino en construir una propuesta donde identidad, lengua, memoria y potencia sonora forman parte de un mismo cuerpo. Sobre el escenario, la banda entregó una presentación de alto nivel de ejecución, firme en lo musical y convincente en su manera de ocupar cada espacio, sin perder de vista aquello que vuelve singular su propuesta. La fuerza de sus composiciones encontró una respuesta que estuvo a la altura, el público no recibió su actuación como un mero trámite antes del plato principal, sino con la disposición de quien entiende que aquí también hay algo importante ocurriendo. Y eso se agradece, porque Mawiza representa una vertiente de nuestro metal que no necesita desprenderse de sus raíces para sonar contemporánea, pesada y desafiante. Hay una energía particular en ver cómo una propuesta que reivindica la cultura mapuche se abre paso frente a una audiencia diversa, dentro de un concierto internacional y sin diluir el sentido de lo que expresa. Cada golpe, cada pasaje y cada intervención contribuyeron a una actuación sólida, de esas que confirman el trabajo que existe detrás de una banda que se toma en serio tanto su música como el mensaje que lleva consigo. El público respondió y la agrupación estuvo a la altura de esa recepción, reafirmando una relación que ya no necesita presentaciones grandilocuentes para demostrar su fuerza. Si Sepultura convirtió el Coliseo en una máquina de demolición, Mawiza recordó que la potencia del metal también puede surgir de la memoria de un pueblo, de la resistencia cultural y de la decisión de transformar las propias raíces en una expresión artística que mira de frente y nos recuerda de una manera bastante potente la importancia de la conciencia en la musica.
Lo de Sepultura con Chile merece un capítulo aparte en la historia de esta relación entre escenario y público. No hablamos solamente de una banda querida, de esas que regresan y encuentran poleras antiguas mezcladas con nuevas generaciones. Hablamos de una conexión que ha sido capaz de transformar festivales en verdaderas zonas de combate y que dejó una imagen inolvidable en Lollapalooza Chile, cuando el mosh terminó recordándonos que este público no necesita un escenario diseñado para el metal para comportarse como si estuviera en el corazón de un festival extremo. Por eso, lo del Coliseo no fue ninguna sorpresa y el mosh parecía no tener fondo, las canciones encontraban respuesta antes de que terminaran de caer los primeros riffs y la gente se entregaba a cada retumbe como si quisiera devolverle a la banda, multiplicada por mil, toda la energía acumulada durante estos años. La lluvia, el barro y las dificultades de una noche complicada no desaparecieron por arte de magia, simplemente dejaron de ser el centro de la historia para quienes estaban ahí. Porque despedir a Sepultura no es ir a escuchar una lista de canciones y recordar con nostalgia lo que fue, es encontrarse con una parte de la propia biografía, esa que se escribió entre discos rayados, conciertos sudorosos, amistades nacidas en el pit y riffs que todavía te hacen apretar los puños.
Y el repertorio fue una invitación directa a perder cualquier rastro de compostura. Inner Self abrió las hostilidades con esa aspereza que sigue sonando como una declaración fundamental, All Souls Rising y Desperate Cry profundizaron el viaje antes de que Kairos y Means to an End recordaran que la historia de Sepultura no se limita a una sola época ni a una formación congelada en el tiempo. «Attitude» y «Against» mantuvieron la presión, mientras Choke y The Place añadieron más munición a una noche que parecía construida para impedir cualquier descanso prolongado. Entonces llegó Escape to the Void, una de esas piezas que conectan distintas generaciones de seguidores sin necesidad de explicaciones, seguida por Kaiowas y una inesperada fusión entre nuestros compatriotas amigos de los cariocas, donde las percusiones fueron el deleite de las masas y una potente inyección de potencia, cuyo carácter ritual ofreció otra textura dentro de la tormenta eléctrica. Dead Embryonic Cells volvió a tensar el ambiente y Convicted in Life empujó la maquinaria hacia un territorio todavía más salvaje. Con Beyond the Dream y Territory, el Coliseo volvió a convertirse en una sola marea de cuerpos, voces y brazos en alto, para cuando Refuse/Resist hizo lo suyo, con ese pulso que parece diseñado para poner en movimiento hasta las paredes. Y cuando Arise apareció en el tramo final, quedó claro que algunas canciones no envejecen, solo esperan el momento exacto para volver a patearte el cráneo. El cierre con Ratamahatta y Roots Bloody Roots fue la clase de desenlace que esta despedida exige, una explosión de percusión, groove y brutalidad tribal que dejó al público convertido en una centrifugadora humana. En medio de todo eso, dos bengalas girando sobre una turba desquiciada al ritmo de Slave New World condensaron la postal de una noche que difícilmente podría explicarse a alguien que no estuvo ahí. Sepultura no vino a pedir silencio para despedirse y nosotros les recordamos que jamás hemos sabido quedarnos quietos cuando suenan.
En el centro de esta maquinaria estuvieron Andreas Kisser, con una guitarra que sigue funcionando como columna vertebral de semejante demolición, mientras Derrick Green, con una polera de los emblemáticos Bad Brains, dueño de una presencia que no necesita imitar a nadie para defender este repertorio con personalidad propia, junto a Paulo Jr., integrante que permanece en la formación desde 1985, sosteniendo desde el bajo una historia que atraviesa el tiempo y las tempestades, y Greyson Nekrutman, incorporado en 2024, que se ha sumado a una banda cuya exigencia rítmica no admite distracciones. La historia de Sepultura está marcada por cambios, separaciones y capítulos que sus seguidores han discutido durante décadas, pero reducir esta etapa a una comparación permanente con el pasado sería perderse lo que ocurrió frente a nuestros ojos. Esta formación tiene una identidad y una responsabilidad enormes, la de cargar con canciones que ya pertenecen a la memoria colectiva del metal mientras continúa haciéndolas funcionar en directo. Eso es lo que vuelve tan particular esta despedida, no estamos hablando de una banda que se limita a enumerar sus victorias, sino de una agrupación que todavía puede convertir un recinto lleno en un organismo fuera de control. Cuarenta años de historia no caben en una noche, pero pueden sentirse en el instante en que miles de personas reconocen el mismo riff y responden como si lo hubieran estado esperando toda la vida.

















