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Live Review Internacional

Massive Attack: cuando miramos el abismo… y la música del abismo nos devolvió la mirada

En un Fauna Primavera impecable, Massive Attack transformó la noche en un espejo del mundo, una liturgia sonora donde la belleza y el horror se miraron a los ojos sin apartar la mirada.

Hay conciertos que te entretienen, otros que te conmueven, y algunos, muy pocos la verdad, que te destruyen para volverte a construir desde la grieta. Lo que Massive Attack ofreció en el cierre del Fauna Primavera 2025 fue precisamente eso, una verdadera ceremonia de revelación, un acto de conciencia que nos vomitó la realidad con la delicadeza que solo los dioses de los sonidos mundanos poseen.

Desde el inicio, con “In My Mind”, reinterpretando el clásico de Gigi D’Agostino, el aire se volvió espeso, casi eléctrico. La banda de Bristol no se limita a versionar, lo que hacen deforma, recontextualiza, convierte la pista en un manifiesto sobre la alienación moderna y nos envuelve en un manto de realidad casi desgarradora. De ahí en adelante, cada pieza fue un descenso hipnótico al subconsciente colectivo. “Risingson” irrumpió con su pulso oscuro y sus bajos cavernosos, como si algo antiguo despertara bajo nuestros pies, recordándonos que el miedo también puede ser una forma de belleza. Con Horace Andy sobre el escenario, la energía se volvió celestial y terrenal al mismo tiempo. Su voz, frágil y sabia, atravesó el aire en “Girl I Love You”.

Y ahí está Massive Attack, fiel a su alquimia, rodeándolo de capas electrónicas que respiran, laten, vibran como organismos conscientes. Cada textura parece tener vida propia, los sintetizadores exhalan, las percusiones se contraen, y el bajo se convierte en una especie de corazón mecánico que impulsa el flujo vital del espectáculo. Nada sobra, nada está al azar y cada frecuencia tiene su propósito emocional. “Black Milk”, con la mítica Elizabeth Fraser, fue uno de esos instantes en que el tiempo se detiene. Su voz sigue siendo un hechizo que no pertenece a este mundo, un hilo de luz flotando sobre un océano de sombras. Cuando volvió para “Song to the Siren”, el cover de Tim Buckley que aún estremece a quienes vivieron This Mortal Coil, el público apenas podía respirar. No hay artificio posible ante esa fragilidad más que solo rendirse.

La tensión se sostuvo con “Take It There” y “Future Proof”, donde Robert Del Naja (3D) desató la otra cara del grupo, la del activista sonoro. En las pantallas, la crudeza política se volvió protagonista. Palestina, guerras, hambrunas, los rostros de los poderosos, los algoritmos, los incendios… todo proyectado con una sola misión, mientras las texturas sonoras parecían replicar el latido enfermo del planeta. Esto no fue un simple acompañamiento visual, fue denuncia, catarsis y espejo brutal. Cuando sonó “Inertia Creeps”, la multitud ya estaba hipnotizada. Ese ritmo serpenteante, esa percusión tribal y su tensión infinita fueron una representación casi física del deseo y la desesperación. Luego vino “ROckwrok”, la relectura de Ultravox, como un guiño al linaje del post-punk y la electrónica británica, ante un puente entre pasado y resistencia. Y “Angel”, una pieza que condensa la espiritualidad del sonido trip hop en su forma más pura. Pero lo de Horace Andy va más allá del canto, es un rezo laico, un gran susurro que contiene siglos de dolor y esperanza. Su interpretación no busca la perfección, sino la verdad, con una voz que tiembla, se eleva y luego se repliega como una ola que no cesa de regresar a la orilla. En escena, Andy parece un chamán moderno, un puente entre lo humano y lo invisible, capaz de transformar la densidad del bajo y el beat en plegarias sonoras. En ese diálogo entre la voz ancestral y la arquitectura electrónica de 3D, el público se vio envuelto en una experiencia casi mística, como si el alma del trip hop, ese híbrido de carne y circuito, de sangre y electricidad, hubiese cobrado cuerpo frente a nuestros ojos.

Deborah Miller tomó el micrófono para “Safe From Harm” y “Unfinished Sympathy”, y con ello desató uno de los momentos más conmovedores de toda la jornada. Hay algo profundamente humano en su forma de habitar la voz, ella no la impone sino más bien nos la ofrece. Su timbre, a la vez poderoso y cálido, se expande con una naturalidad que recuerda que el alma también vibra en frecuencias graves. En “Safe From Harm”, su interpretación fue un manifiesto de resistencia, en donde cada verso sonaba como un escudo contra la indiferencia, un recordatorio de que la seguridad no está en los muros, sino en la empatía. Y cuando llegó “Unfinished Sympathy”, todo el parque pareció detenerse. Esa canción, columna vertebral del universo Massive Attack, no envejece porque se transforma, crece, sigue hiriendo y sanando al mismo tiempo. La voz de Miller, sostenida por los arreglos milimétricos y esa orquesta de pulsos electrónicos que adquirió una dimensión casi espiritual. Era la fusión exacta entre carne y máquina, entre emoción y denuncia, entre humanidad y tecnología. Las pantallas proyectaban rostros, cifras, silencios, el bajo retumbaba como un corazón herido pero aún vivo. Y en medio de ese torrente de luz y sonido, Miller nos recitaba una verdad universal, la de un amor que resiste al colapso, la de una compasión que aún late en medio del caos del mundo. Fue ahí, en ese instante, donde el mensaje de Massive Attack se volvió palpable, al punto que incluso frente a la distorsión del sistema, aún es posible sentir, mirar y amar sin filtros.

Ya hacia el final, el grupo sorprendió con “Levels”, una reinterpretación del clásico de Avicii que despojó a la canción de su brillo superficial para convertirla en un himno fúnebre, una elegía electrónica que, bajo la mirada lúcida de Massive Attack, se volvió un lamento luminoso por todos los que se perdieron en la era del exceso digital. Fue como si la banda tomara el pulso eufórico de una generación y lo transformara en una meditación sobre la fugacidad, la alienación y la soledad que esconden los espejismos del progreso. El público escuchó en silencio, casi con reverencia, comprendiendo que no se trataba de nostalgia, sino de un acto de expiación sonora. Luego vino el cierre, un verdadero rito de trascendencia, “Group Four / In My Mind” y, finalmente, “Teardrop”, ambas con la voz inconfundible de Elizabeth Fraser, envolviendo el espacio con un halo de eternidad. En la penúltima canción, la tensión se expandió como una llamarada contenida, una súplica entre lo terrenal y lo divino, mientras que “Teardrop”, desnuda de artificio, fue una oración suspendida en el aire, una lágrima hecha frecuencia, un adiós que no dolía, sino que purificaba y cuando la última nota se desvaneció, quedó un silencio denso, hermoso, casi sagrado, como el de quienes acaban de ser testigos de algo irrepetible, de una experiencia que no se aplaude, sino que se lleva adentro, como un recuerdo luminoso.

Massive Attack no vino a entretenernos y tampoco festinar con su espectáculo. Vinieron a recordarnos lo frágiles que somos frente al poder, a mostrarnos —sin anestesia— los rostros de los destructores del mundo, y a devolvernos, sin embargo, la posibilidad de sentir. Su perfección sonora, la impecable sincronía entre músicos, visuales y mensajes, y esa capacidad única de transformar el horror en arte, confirmaron por qué son una de las agrupaciones más trascendentales del último medio siglo. Chile merecía volver a verlos, y después de esta noche, merece tenerlos de regreso en un show propio. Porque cuando Massive Attack suena en vivo, somos testigos de algo que vuelve a despertar en nosotros, es el pensamiento tomando cuerpo en el sonido, la emoción hecha lenguaje antes de las palabras. En esa oscuridad habitada por luces que laten como corazones, comprendemos finalmente que la música que escuchamos también nos piensa y nos recuerda que aún estamos vivos.

Written By

Editora y Creadora de Contenido en iRock. Leal servidora del Rock, el Metal y los sonidos mundanos. Conductora en "La Previa" y Co-conductora en "Rock X-Files". | Mail: litta@irock.cl

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