Hubo un momento en que descubrir música dependía de quedarse despierto. No había algoritmos ni playlists: había programación, repetición y azar. En ese espacio, Candlebox apareció con Far Behind, una canción que no solo entró en rotación, sino que se instaló. Durante meses, el video dirigido por Nick Egan volvió una y otra vez en pantalla, hasta convertirse en parte del paisaje nocturno de MTV.
Ese contexto importa. A comienzos de los 90, quienes venían del metal, el thrash o el hard rock se encontraron con un cambio en la forma de escuchar. Las guitarras seguían ahí, pero el foco se desplazaba hacia otra cosa: menos velocidad, más espacio; una interpretación más expuesta, más directa. Far Behind encajaba en ese lugar con una calma particular, pero también con una carga emocional que no necesitaba exagerarse para hacerse presente. La repetición -marcada por su presencia constante en televisión- terminó por fijarla en esa dinámica de emisión.
En ese contexto, la voz de Kevin Martin ocupa un lugar central. No desde el despliegue técnico como exhibición, sino desde el control que exige su interpretación. Hay momentos donde la voz se quiebra, se tensa y empuja con fuerza, rozando el desborde, pero sin perder dirección. Esa intensidad -que en canciones como You se vuelve evidente- no es gratuita: responde a una forma de cantar que exige precisión incluso en los momentos más expuestos, algo que se hace evidente cuando se intenta replicar.
Far Behind funciona de otra manera. No depende de un momento puntual, sino de cómo se va quedando con el tiempo. La progresión es simple, pero efectiva: deja espacio, respira y permite que la voz marque el pulso emocional sin apurarlo. No hay exceso de capas ni giros innecesarios; todo está puesto donde tiene que estar. Esa claridad es precisamente lo que le permite seguir funcionando, incluso fuera del contexto en que fue descubierta.
Por eso, volver a Far Behind no tiene que ver con revisar una época, sino con reconocer una forma de escuchar que ya no existe en los mismos términos. Esa en la que una canción aparecía sin aviso, se repetía lo suficiente como para quedarse y terminaba formando parte de algo más cotidiano que excepcional.
En ese sentido, lo que atraviesa ese repertorio no es solo el recuerdo de su circulación, sino una forma de trabajo que no depende de la inmediatez. Candlebox operaba desde una lógica donde la canción se afirmaba con el tiempo, en la repetición y en la escucha. Y es ahí donde sigue funcionando: no como un vestigio de los 90, sino como evidencia de que ciertas maneras de hacer música no responden a tendencias, sino a una conexión que se percibe de inmediato.
Este 21 de abril, Candlebox llega a Chile como opening show de Rockout 2026 en el Teatro Coliseo. Una oportunidad para reencontrarse con esas canciones en otro contexto, pero con la misma intensidad. Porque hay temas que no dependen del momento en que se escuchan, sino de cómo siguen funcionando cada vez que vuelven a aparecer.
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