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Yngwie Malmsteen en Chile: Exhibicionismo incendiario

Esta fue la primera de dos presentaciones que realizará en Santiago.

El Teatro Cariola fue abatido este viernes 21 de octubre en el primero de dos shows , de uno de los máximos héroes de la guitarra de la historia musical, escrita a partir de los ochentas. El sueco Yngwie Malmsteen logró marcar a toda una generación que vio en él a un fenómeno que rompía los límites de velocidad, con su pulcra digitación y épica propuesta que se influenciaba en la música barroca. Si Ritchie Blackmore metió mano en el hard rock con sus intervenciones sinfónicas, Yngwie lo evolucionó hacia el heavy metal, con un extremo virtuosismo que nos hizo imaginar a Paganini incendiando las cuerdas de una guitarra eléctrica.

Con los años el sueco se ha ganado tantos admiradores como detractores, con un carácter complejo, donde el ego se filtra por los poros, y que gradualmente ha hecho que su carrera se mantenga viva, pero sin una propuesta renovadora, más bien estancada en una fórmula que a estas alturas no impresiona más allá de su circense ejecución sobre el escenario.

Lo que vimos este viernes, no dista mucho de lo que fuimos testigos el 2013 en su última visita, esta vez el chileno Alejandro Silva con su Power Cuarteto, tuvo la responsabilidad de la apertura, con una presentación no exenta de problemas, ya que hubo un atraso de tres horas en la prueba de sonido, según lo explicó el mismo guitarrista durante la presentación, pero logró zafar con un show sólido. El músico se ve bastante en forma, luego de estar alejado un buen tiempo de los escenarios. El público lo ovaciona y expresa su admiración, Silva se ha ganado el respeto en un circuito ingrato con sus artistas, y a punta de un trabajo serio y profesional, demostrado con creces sobre el escenario, ofreció en un acto compacto, un resumen de su trayectoria que va por los 25 años. Clásicos como 80 o K2 fueron parte del deleite para los oídos de los que en un acto de generosidad, respondieron al músico que la mayoría estaba ahí por él y no por Malmsteen, ante la pregunta que el mismo guitarrista realizó hacia el término de su presentación. Un muy buen pié para prepararnos a lo que se venía. 

Alejandro Silva

Cuando el reloj ya marcaba algunos minutos más allá de las nueve, llega el momento del plato fuerte, y una vez se apagan las luces, se escuchan acordes de guitarra que vociferan la aparición del afamado guitarrista sueco. En medio del humo, y frente a un muro de cabezales Marshall se vislumbra la silueta de Yngwie junto a su banda, apostada hacia un costado del escenario, para iniciar con uno de sus más reconocibles clásicos: “Rising Force” da la partida, lamentablemente con problemas en el sonido, que impidió se oyera la voz de Nick Marino, el tecladista que complementó en vocales a Malmsteen. El sueco no escatima en decibeles, y sus solos se van inyectando como proyectiles en nuestros tímpanos. El Cariola vive una experiencia incendiaria de metal neoclásico que no da respiro. 

Malmsteen improvisa, se mueve ocupando el escenario en toda su extensión, eleva su guitarra y saluda a los asistentes que están ubicados en los palcos. Cada vez que cambia su guitarra la lanza por los aires y su atento roadie la recibe para desaparecer hacia el backstage, mientras el guitarrista se acomoda otra más adecuada para el tema con el que continuará su exhibicionismo extremo. Cada uno de los cortes que va presentando pasan como una ráfaga destructora, temas como “Soldier”, “Into Valhalla/Baroque” o “Relentless Fury” se encargan de ir armando esta noche incendiaria. Uno de los momentos épicos de la jornada, que en mi opinión, es parte de lo más representativo de Malmsteen, llega con el músico invitándonos a una sección sinfónica a partir de su interpretación de ‘Badinerie’ de Johann Sebastian Bach, último movimiento de su suite orquestal nº2, unida al Adagio de Paganini, para desembocar en la extraordinaria pieza “Far Beyond the Sun” incluyendo además un guiño a “Bohemian Rhapsody” de Queen, en medio de un público rendido ante la magnánima interpretación del nórdico. 

El espectáculo continúa bajo un manto de estridencia y el afán del sueco por desafiar la velocidad de sus dedos, este se comunica en pocas oportunidades con el público, quienes elevan sus manos y elogian su destreza, de la que poco se podía apreciar a nivel visual, debido al exceso de humo que cubrió gran parte del cuadro escénico, dejando entrever la silueta del guitarrista, que arma todo en son de su instrumento, incluso en desmedro de sus músicos, en especial del teclado que en pocas oportunidades podía oírse con claridad, algo solicitado por el artista en todos sus show en vivo.

No es secreto que su mentor instrumental, además de los clásicos barrocos, es Ritchie Blackmore, y justamente a Deep Purple rinde homenaje con una discreta versión de “Smoke on the Water” acompañado del público que coreó el icónico estribillo de un clásico eterno. Entrega versiones improvisadas de emblemas como Trilogy Suite Op5, flirtea con el blues, como también da tiempo a sus músicos de tener algo de espacio para exhibir sus dotes. Para el final deja clásicos como la enorme “You Don’t Remember, Ill Never Forget” que el público corea con entusiasmo antes del encore con otra de sus obras representativas, Malmsteen arpegia en la electroacústica para entrar en la fabulosa “Black Star’ con una interpretación más acotada, que baja la cortina de este reencuentro con uno de los exponentes más representativos del metal neoclásico mundial.

Yngwie Malmsteen

Yngwie Malmsteen deslumbra, de eso no cabe duda, pero también agobia, porque si hay algo de lo que carece un show del sueco, es de la emoción y de crear atmósferas que vayan hilando el espectáculo con matices. El concierto se concentra en la pericia fenomenal del guitarrista para crear shreds colosales a volumen brutal, en esos riffs densos y veloces, de arpegios míticos , acompañado de una banda también virtuosa pero que solo le sirve como un complemento, que está más bien como a la orden de la estrella que acapara intencionadamente la atención. Ni siquiera se ve una complicidad como banda, es muy notoria esa estructura de jefe/empleado, que empobrece finalmente el espectáculo.

Malmsteen desaprovecha la oportunidad de ofrecer un encuentro musical realmente cautivante, donde nada falte ni nada sobre, lamentablemente en su espectáculo sobran demasiadas cosas, puede ser esa fallida propuesta compositiva de sus últimos años que lo tienen repitiendo una y otra vez la fórmula, con solos eternos que parecen todos iguales, y que finalmente recaen en que sus conciertos sean solo una exhibición ególatra de pericia acrobática, con algunos destellos de musicalidad en su expresión más emocional. Este sábado 22 subirá nuevamente al escenario, esta vez con un teatro en su total capacidad que agotó rápidamente las entradas, lo que demuestra el gran arrastre del músico europeo. La partida estará a cargo del experimentado guitarrista chileno Claudio Cordero y su proyecto Plasma, otra jornada donde las filosas cuerdas serán las protagonistas.

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Noticia publicada por el área editorial.

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