Las puertas, que debían abrir a las 15:00 horas, sufrieron un retraso que alteró por completo el ingreso del público. Bajo un sol que no daba tregua, las filas se extendían por cuadras, y la ansiedad por entrar se mezclaba con la frustración de ver avanzar los minutos mientras las primeras bandas ya sonaban dentro del recinto. Muchos asistentes, incluso aquellos que llegaron con tiempo, terminaron perdiéndose parte o la totalidad del show de apertura.
Fother Muckers, encargados de dar el puntapié inicial a la jornada, irrumpieron con la fuerza de quien vuelve a reclamar su lugar en la historia reciente del rock chileno. Su set, breve pero intenso, fue una descarga de energía y oficio que recordó los años en que su propuesta marcaba un punto de inflexión entre la irreverencia juvenil y la sofisticación pop. Lamentablemente, gran parte del público seguía atrapada en las interminables filas de ingreso, un obstáculo que restó presencia a un momento que merecía mayor audiencia. Sin embargo, quienes lograron entrar a tiempo fueron recompensados con una presentación vibrante, pulida y emocional, en la que la banda demostró no solo su vigencia, sino también la madurez adquirida tras años de silencio. Entre coros coreados con entusiasmo y una comunión palpable sobre el escenario, Fother Muckers reafirmó que su regreso no era un simple ejercicio de nostalgia, sino una declaración de continuidad y pertenencia dentro de la escena nacional.
La jornada empezó a encontrar su ritmo recién cuando en el escenario Levi’s, Yo La Tengo desplegaba su habitual alquimia sonora, una mezcla de sutileza, ruido y contemplación que parecía flotar en el aire como un hechizo. El trío, con su característica austeridad escénica y precisión emocional, construyó paisajes sonoros que transitaban entre el susurro melódico y la distorsión abrasiva, entre la ternura y el caos. Aunque el sonido no siempre acompañó con nitidez, un problema recurrente a lo largo de la jornada, la banda supo trascender las limitaciones técnicas con una entrega introspectiva que absorbió al público. Hubo momentos en que el tiempo pareció disolverse, suspendido en esa comunión silenciosa entre la vulnerabilidad de los acordes y la intensidad de la experimentación. En un momento particularmente intenso, Ira Kaplan, en un arranque de trance sonoro, golpeó su guitarra hasta hacerla gritar, desatando una ola de estridencia que electrizó al público y recordó la fuerza latente detrás de su aparente calma, recordando por qué siguen siendo una de las agrupaciones más queridas y misteriosas del indie rock contemporáneo. Mientras tanto, El Mató a un Policía Motorizado subía al escenario BCI y, con la naturalidad de una banda en plena madurez artística, envolvía al público en su característico sonido melódico y expansivo. La agrupación argentina, una de las más queridas del circuito independiente latinoamericano, ofreció un show lleno de emoción y sutileza, donde cada tema se convirtió en una celebración compartida de recuerdos y afectos. Con su mezcla de sencillez y magnetismo, lograron que el público cantara cada verso con una energía cálida y contagiosa, reafirmando esa conexión tan especial que mantienen con Chile. Un momento que se vivió como un reencuentro entre amigos de distintas orillas, unidos por canciones que hablan de lo cotidiano, lo sincero y lo profundamente humano.
La tarde se transformó poco a poco en un paisaje de reencuentros, risas y resignación ante las largas filas para comprar comida o bebida, que se sumaron al cansancio acumulado por las demoras iniciales. Sin embargo, el ánimo se sostuvo gracias a lo que realmente importa, la música. Mogwai ofreció uno de los momentos más intensos y memorables del día, desplegando un set que transitó con maestría entre la calma contemplativa y el cataclismo sonoro. La banda escocesa construyó, a través de capas de guitarras y atmósferas casi cinematográficas, un paisaje sonoro que envolvió al público por completo, generando una sensación de inmersión difícil de describir. Una magnifica experiencia sensorial y espiritual, en la que cada crescendo parecía expandir los límites del silencio. Sobre el escenario, una bandera palestina acompañó su presentación, sumando una dimensión política y humana a ese universo de sonidos. En tiempos donde el arte se levanta también como forma de resistencia, aquella imagen, el ruido, la luz y la bandera ondeando, se volvió un símbolo poderoso y con la música no solo como refugio, sino como un lenguaje de empatía, conciencia y una forma solemne de protestar que trasciende fronteras.
Ya entrada la noche, James se alzó como uno de los grandes triunfos de la jornada, transformando el cansancio acumulado en una ola de entusiasmo y alegría colectiva. Con una puesta en escena llena de energía, precisión y un carisma que traspasó cualquier barrera generacional, la banda británica convirtió su presentación en una auténtica celebración compartida. Tim Booth, magnético y entrañable, borró la distancia entre artista y público, él bailó entre los asistentes, extendió las manos, se lanzó a nadar entre el mar de manos que lo sostenían, sonrió y conversó con una naturalidad que recordó por qué siguen siendo sinónimo de comunión y entrega. Con un gran repaso de éxitos, el concierto fue una reafirmación de lo que significa estar vivos en la música, al cantar juntos, emocionarse, reconocerse en las letras y los gestos. En medio de un festival que hasta entonces había sido más agotador que fluido, su actuación fue un bálsamo de humanidad y entusiasmo que por un instante hizo olvidar el caos y devolvió la sensación de estar exactamente donde había que estar.
El cierre de la noche se vivió en un equilibrio casi poético entre dos universos paralelos. En el escenario Levi’s, Stereolab propuso un viaje sonoro que desafiaba las convenciones del pop, entrelazando capas electrónicas, texturas análogas y pulsos hipnóticos que invitaban a la inmersión más que al canto. Su set, lleno de sutilezas y precisión matemática, se desplegó como una constelación de sonidos que parecían expandirse y contraerse con elegancia, dejando una sensación de ensueño y contemplación. Mientras tanto, en el escenario BCI, Weezer canalizaba la otra cara de la emoción en una avalancha de nostalgia, energía y comunión colectiva. Con una seguidilla de himnos, Hash Pipe, Island in the Sun, Buddy Holly, la banda estadounidense logró que el público cantara a todo pulmón, celebrando esas canciones que definieron una época y siguen resonando con fuerza en nuevas generaciones, como si se tratase de una gran reunión entre las amistades de la vida. Sin artificios ni pretensiones, Weezer apostó por la honestidad de su fórmula, guitarras luminosas, melodías directas y una conexión genuina con quienes crecieron a su ritmo. Así, el cierre del Fauna se dividió entre la introspección sofisticada y el entusiasmo popular, dos miradas complementarias de lo que el festival sigue representando, un espacio donde conviven la experimentación y la emoción pura, la vanguardia y el recuerdo, en una misma noche de celebración musical.
Si bien es inevitable comparar con la edición anterior, en la que la organización demostró mayor fluidez y un sonido más equilibrado entre escenarios, este año la balanza se inclinó hacia lo caótico. Las demoras en los accesos, los puntos de hidratación limitados y las filas interminables dejaron en claro que aún hay aspectos logísticos que deben ajustarse. Sin embargo, esta observación no pretende ser una crítica destructiva. Al contrario, Fauna Primavera sigue siendo uno de los festivales más importantes y esperados del país, un espacio donde conviven generaciones, estilos y sensibilidades. Lo que ocurre cada año en su recinto es un reflejo del pulso cultural de un público que, pese al cansancio, no deja de creer en la experiencia colectiva de la música en vivo. Porque si algo quedó claro en esta primera jornada es que, incluso cuando la organización tambalea, la música sigue siendo la gran redención. Entre filas, calor y esperas, fueron los acordes, las letras y los gestos sobre el escenario los que recordaron por qué vale la pena insistir. Y cuando el último acorde se apagó en el aire de esta pasada noche primaveral, quedó la sensación de que, a pesar de todo, Fauna Primavera sigue siendo un refugio donde la música se eleva por sobre el caos.
Fotos José Miguel Araya


















