Por @jaime_gonzalez_vocalista
Antes de que se abrieran las puertas de Blondie, la noche ya tenía forma. Afuera, la vereda convertida en previa, latas abriéndose sin pausa, botellas circulando de mano en mano, chaquetas con parches agitándose entre risas y cánticos improvisados. La cerveza corría a destajo como un lenguaje, como una forma de entrar en sintonía antes de ingresar. Más que una espera, era un futbolista en precalentamiento. Un punto de encuentro donde el thrash comenzaba a respirarse y ya sabemos cómo huele…
Disaster: Melipilla desata la primera embestida
La previa ya anticipaba que la jornada de Tankard no sería elegante ni contenida, y el arranque con Disaster dejó eso claro. Directo desde Melipilla, con años de carretera y escenarios compartidos con nombres como Destruction, Nuclear Assault y Hirax, entre muchos más. la banda salió a hacer lo que mejor sabe, acelerar, ensuciar y prender fuego desde abajo.
“Escalada de violencia” abrió sin rodeos ni sutilezas. Chaquetas con parches agitándose, cerveza elevándose desde la cancha y el primer empuje colectivo tomando forma. Aunque fue con “Criaturas del mal” donde el público respondió de verdad, coreando con hambre, como si ya se tratara de un clásico instalado. La Blondie empezaba a transformarse en lo que prometía la noche, un campo de batalla sudado y feliz.
“Atormentado” desató el primer mosh real. No ese tanteo inicial, sino el círculo que se abre a golpes, desordenado, urgente, necesario. El piso comenzó a sentirse más corto, más resbaloso, más vivo. “Vigilados” mantuvo la presión sin dejar caer la intensidad, preparando el terreno para uno de los momentos más recordados del set.
“Motosierra del infierno” fue puro espectáculo thrash llevado al exceso correcto. Alejandro apareció con una motosierra lanzando humo, desatando gritos inmediatos y una euforia que cruzó todo el recinto. Era una extensión del espíritu de la banda, exagerado, violento, entretenido y completamente alineado con lo que la noche exigía.
El cierre con “Genocidio” y “Thrash metal” llevó todo al límite. El mosh en su punto más alto, gente chocando sin pausa, coros gritados con la garganta ya desgastada. Alejandro, como frontman, sostuvo todo con carisma y cercanía, incluso bajando la barrera entre la banda y el público al tomar celulares, grabar desde el escenario y devolverlos a los fans entusiasmados.
Un show completamente acorde a la jornada, directo, intenso e implacable. El terreno quedó listo, caliente, sudado… esperando la embestida principal.
Tankard cerveza, caos!
Si nuestra nota previa hablaba de una celebración cervecera elevada a culto, lo que ocurrió anoche fue exactamente eso… pero llevado al extremo. Tankard dejó claro que venía a desatar a energía sin control.
El arranque fue puntual y directo a la yugular. “One Foot in the Grave” encendió la mecha, pero fue como si en realidad todo comenzara con un grito de guerra, puños arriba, empujones inmediatos y el primer mosh tomando forma sin pedir permiso. No hubo transición, ni calentamiento. Esto partió arriba y se quedó ahí.
“The Morning After” mantuvo el caos en expansión, y cuando las guitarras se apagaron momentáneamente, lejos de frenar la intensidad, “Guerre” su cantante y la batería sostuvieron el pulso como si nada. El público siguió girando igual, como una masa autónoma. Cuando las guitarras volvieron, la explosión fue aún más violenta. Ese tipo de detalles separan un buen show de una experiencia real de thrash, aquí nadie baja la intensidad.
“Rapid Fire (A Tyrant’s Elegy)” y “Ex-Fluencer” siguieron golpeando con esa media marcha aplastante, donde el mosh deja de ser un estallido puntual y se transforma en un flujo constante. Nunca hubo pausas, solo distintos niveles de agresión. En medio de eso, el llamado a levantar las manos fue inmediato, todos arriba, todos inmersos.
Uno de los momentos más curiosos llegó con la introducción de “Need Money for Beer”. Entre risas y complicidad, Guerre vocalista recordó los excesos de hace décadas, hablando de una vida más desatada en el pasado… para luego anunciar que por esta noche, todo eso volvía a cobrar sentido. La Blondie respondió como debía: “Olé olé olé… Tankard… Tankard…”, retumbando con fuerza.
“Rectifier” y “Rules for Fools” fueron una fiesta desatada. El contraste era evidente, poca cerveza dentro del recinto, pero afuera corría como río. Adentro, el espíritu estaba intacto. El mosh no necesitaba combustible líquido, ya estaba completamente encendido.
El falso respiro con la intro envasada que sirvió de antesala para el siguiente bloque funcionó como un engaño perfecto. Cuando volvieron, lo hicieron con más violencia. “Beerbarians” dejó clara la consigna, esto es true thrash metal, para empujar, gritar y resistir hasta que el cuerpo no dé más.
“Die With a Beer in Your Hand” trajo uno de los momentos más coreados. Desde el inicio, el público acompañó las armonías de guitarra como si fueran parte de la letra. La canción, con su temática casi festiva sobre la muerte abrazada desde la identidad cervecera, se transformó en un himno. Manos de lado a lado, siguiendo esa especie de marcha fúnebre convertida en celebración.
“Octane Warriors” bajó levemente la intensidad, pero solo en apariencia. El fuego seguía ahí, cocinándose lento. El bajista, completamente metido en el show, recorría el escenario con pequeños bailes que marcaban el pulso, manteniendo la energía viva incluso en los pasajes menos explosivos.
El humor volvió con “A Girl Called Cerveza”. Una interacción con el público sobre una supuesta pareja derivó en la presentación de la canción, Guerre le pregunta a alguien del público si son pareja. Uno dice que sí y el otro que no, lo que genera risas automáticas. Él le replica que sabe como se llama su novia: A Girls called Cerveza! Pero el chiste duró poco: el riff entró y el “tuca tuca” volvió a apretar el acelerador. La letra, simple y efectiva, conectó al instante. Acá nunca encontraremos profundidad filosófica, sino letras de identificación directa.
El viaje al pasado llegó con “Chemical Invasion”. Subiendo como invitada a “Abra Hell” sobre el escenario, para realizar un semi baile thrash en complicidad total. Luego, una fan entregando un polerón desde el público, que desataba gestos sinceros de agradecimiento. Todo sumaba a una sensación de cercanía que pocas bandas logran mantener con tanta naturalidad después de tantos años.
Y entonces… “Zombie Attack”. El punto de quiebre. La Blondie se convirtió en un torbellino. Todos cantando, todos empujando, todos dentro de un mismo caos organizado. Era una de las más esperadas, y se sintió así mismo.
El cierre se acercaba, pero el golpe final aún estaba guardado. El encore trajo el remate definitivo, y con “(Empty) Tankard” la noche alcanzó su punto máximo. No quedó nadie quieto. El mosh más grande, más desordenado, más eufórico. Gente saltando, chocando, cantando como si fuera la última canción que escucharían en la vida. Algunos todavía con cerveza en mano, levantándola como si fuera parte del final apoteósico. La letra, que transforma el acto de beber en identidad, un estilo de vida, en bandera, encontró su máxima expresión en ese momento.
Lo de Tankard fue exactamente lo que prometía la previa: intransigente, sin pausas e implacables. Thrash metal en su forma más pura, más sudada, más real.
Al final, esto fue un desahogo colectivo, una estampida de riffs, sudor y convicción. Afuera había empezado la ceremonia con cerveza corriendo sin freno, y adentro terminó convertida en puro instinto, en cuerpos chocando como si no existiera mañana.
Y saltaba a la vista al terminar todo, zapatillas pegajosas, gargantas rotas, parches empapados y sonrisas de agotamiento absoluto. Porque el thrash no se mide en perfección, se mide en cuánto aguantas, cuánto empujas, cuánto dejas en cada vuelta del mosh… y siempre va a haber alguien listo para entrar de nuevo al círculo.
Fotos: @brutal_pebre





























