Por @jaime_gonzalez_vocalista | Fotos: @sebastiandominguez.photo
La noche anunciaba a Nexus Polaris íntegro, lo que se entendía previamente como un portal hacia lo desconocido, un llamado a sumergirse en la vastedad del black metal y sus múltiples rostros. Porque si el disco de 1998 significó abrir el género hacia lo cósmico y lo trascendente, la antesala estaría a cargo de dos agrupaciones que saben abrazar ese espíritu y hacerlo propio. Aisthesis, con su teatralidad sinfónica y sideral, junto a Born in Saturn, con la densidad ritual de su propuesta cargada de simbolismo. Así, era entendido y así era esperado, seríamos parte de un viaje donde lo oriundo y lo extranjero se fundirían en una misma constelación sonora.
Aisthesis
La noche comenzó con la irrupción de Aisthesis, trío nacional que en un solo segundo ya demostraba una propuesta cimentada en un profesionalismo escénico y sonoro digno de escenarios mayores. Con un sonido potentísimo y una preparación evidente, la banda se presentó enfundada en armaduras que evocaban las clásicas puestas en escena del blackmetal europeo, recordando por momentos a Cradle of Filth en su estética oscura y teatral. Sus proyecciones de fondo, funcionaron como un elemento narrativo, cada canción acompañada de visuales que anunciaban su título y temática, entre imágenes cósmicas y alegorías visuales que potenciaban el carácter conceptual de su propuesta.
El setlist fue extenso y variado, comenzando con “Unveiled” y “The Hunter”, donde ya se dejaba sentir el peso de las secuencias que añadían atmósferas orquestales y vientos sinfónicos, aportando dramatismo en momentos precisos. En “Cosmogony” y “The Fallen Sun” se consolidó la sensación de estar frente a un viaje sideral, con un black metal que abrazaba tanto lo agresivo como lo etéreo. La coordinación entre música e imágenes proyectadas alcanzó su mejor expresión en “Stellar Navigator” y “Chaotika”, donde los recursos proyectados y auditivos se amalgamaron de manera impecable, logrando una experiencia inmersiva para la audiencia.
El clímax llegó con “Revelación de la serpiente” y “Timeless Death”, que cerraron un espectáculo tan sólido como bien diseñado. Entregaron un show de alto nivel, planteando una propuesta artística integral, dejando en claro que su lugar no es únicamente en la escena underground, sino en escenarios donde el black metal se funde con lo sinfónico y lo conceptual.
Born in Saturn
La segunda banda en tomar el escenario fue Born in Saturn, quienes no necesitaron mucho tiempo para convencer el por qué hoy se perfilan como una de las apuestas más firmes del metal nacional. Desde “Missing Time” y “Upon”, la voz de Maurice Bundy marcó el camino con guturales profundos, cavernosos y de una contundencia que estremecía las paredes del recinto. Entre cada canción, se dio tiempo de saludar con energía al público, estableciendo un vínculo cercano que sumó aún más intensidad a la descarga musical.
Uno de los puntos más destacados de la presentación fue sin duda Johanna Sánchez en los teclados. Su interpretación no solo reforzaba las atmósferas místicas y densas de la propuesta, sino que su entrega en escena era total. Moviendo su cabello al viento, sumida en un trance evidente, parecía vivir cada acorde con una devoción hipnótica, robando miradas y convirtiéndose en un eje visual del show. Esa compenetración se convirtió en uno de los elementos más memorables de la actuación.
El setlist viajó entre piezas profundas y cargadas de simbolismo como “Pazuzu”, “TheFool” y “Eridu”, hasta llegar a la presentación de un tema nuevo, “I Don’t Know”, recibido con entusiasmo por la audiencia. El cierre con “Enlil’s” reafirmó el carácter de una banda que combina potencia, coherencia estética y un cuidado notable en los detalles, desde las proyecciones de fondo que acompañaban cada tema con imágenes alusivas, hasta el trato respetuoso y apasionado hacia su público. Con una presentación redonda, demostraron que están listos para trascender fronteras, representando con orgullo al metal nacional.
THE KOVENANT – NEXUS POLARIS EN CHILE
Nexus Polaris es uno de los discos fundamentales para entender la transformación del blackmetal en los años noventa. Publicado en 1998, marcó una ruptura con el canon satánico y sombrío de la primera ola, apostando por un enfoque cósmico y futurista. Su lírica gira en torno al universo, la trascendencia y la idea de un viaje intergaláctico donde lo humano se funde con lo desconocido. Que la gira actual estuviera dedicada a esa obra no era solo un guiño nostálgico, era la oportunidad de revivir un momento clave en la evolución del género.
El Teatro Cariola se impregnó de esa atmósfera desde el primer segundo. El sonido fue notablemente decente, permitiendo distinguir con claridad cada instrumento y, sobre todo, las voces guturales y graves de Nagash, que parecían salir desde una caverna subterránea. A su lado, Sarah Jezebel Deva entregaba un deleite auditivo con coros precisos, equilibrados y armónicos, envolviendo la crudeza instrumental con una capa de dramatismo celestial.
La puesta en escena reforzó el concepto. Los músicos aparecieron con rostros pintados de símbolos negros, pero vestidos de blanco, casi como una sátira del black metal ortodoxo, un sarcasmo visual que subrayaba su origen cósmico y no satánico. Solo Sarah vestía de negro, coronada con una tiara impactante, una mezcla de puntas afiladas que evocaban a la reina del ajedrez. Nagash, por su parte, complementaba su figura con una mandíbula metálica y cromada que le daba un aire post-humano, mitad predicador espacial, mitad demonio futurista.
Dado la profundidad del disco reverenciado, se esperaba un concierto contemplativo, pero terminó siendo lo contrario. Desde The Sulphur Feast comenzaron los primeros amagos de mosh, que con Bizarre Cosmic Industries se transformaron en círculos cada vez más grandes. La canción, que retrata la industrialización del cosmos y la perversión del progreso humano llevado al espacio, fue un punto de quiebre, el teatro rugía, mientras los riffs se entrelazaban con la voz gutural en una mezcla avasalladora.
Uno de los momentos más celebrados llegó con Planetary Black Elements, una pieza que habla de la oscuridad misma como elemento constitutivo del universo, no como maldad, sino como fuerza inevitable y creadora. Todos coreaban con fuerza, balanceando cráneos al ritmo incesante, atrapados en esa mística interplanetaria.
En Bringer of the Sixth Sun, la banda alcanzó uno de los puntos más poéticos de la jornada. La canción sonaba como un presagio apocalíptico, un amanecer cósmico que anuncia el fin de los tiempos y el inicio de otra era. Fue donde, entre luces frías y un Nagash erguido como sacerdote de otro plano, el Cariola parecía más un templo que un teatro.
El cierre del set principal se tiñó con la energía industrial de su segunda etapa. Canciones como Jihad y New World Order desataron bailes inesperados en algunos sectores de la platea, recordándonos que The Kovenant también supo experimentar con sonidos más mecánicos y futuristas, sin perder agresividad. Lejos de mostrarse distantes, se veían gozando cada segundo, celebrando la respuesta enérgica del público.
Finalmente, como un gesto hacia la memoria, la banda despidió la noche con dos canciones de su debut In Times Before the Light (1997), cuando aún se llamaban Covenant con “C”. Con Towards the Crown of Nights y Monarch of the Mighty Darkness, viajamos hacia aquel black metal más primigenio, crudo y atmosférico. Fue un cierre perfecto, un recordatorio de dónde comenzó todo y de la evolución que los llevó a desafiar etiquetas para siempre.
Su presentación fue un viaje cósmico a través del tiempo y del sonido, una celebración de un disco que cambió paradigmas y de una banda que sigue recordándonos que el metal no solo se alimenta de oscuridad, sino también de estrellas.




















