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ANDRÉS LECAROS Y LOS FORAJIDOS: Vida en la Prisión

Centro de Detención Preventiva Santiago Sur (Ex Penitenciaría), 12 de septiembre 2017

Por Freddy Veliz O. /Fotos cortesía de un funcionario del recinto.

 

En el blues, el rock, el punk, el outlaw country, etc., podemos encontrarnos con miles de historias inspiradas en la marginalidad, las drogas, el alcohol, la prostitución o la delincuencia, historias que develan el lado más oscuro de nuestra humanidad, que muchos artistas alrededor del orbe han retratado, ya sea por experiencias personales o simplemente por una mirada a la distancia de personas que viven al límite de las normas establecidas, o derechamente rompiéndolas sin asco. Y no solo se trata de retratarlas en los contenidos líricos o conceptuales, sino que también de trasladar instrumentos y backline donde las papas queman, quiero decir, al epicentro mismo de las cárceles. Johnny Cash, B.B King, Sex Pistols, entre otros, registraron actuaciones en medio de criminales cumpliendo condena, transformando en míticos esos momentos.

Llevar música a los internos es una constante, que muchas veces se realiza en el anonimato, sin registros visuales que den a conocer estas instancias, generalmente para resguardar la seguridad, las normas de las cárceles prohíben el ingreso de equipos de fotografía o filmación, quedando solo grabada en las memorias de quienes vivieron el momento. Este martes 12 de septiembre en iRock tuvimos el privilegio de ser testigos in situ, de un show ofrecido en el  Centro de Detención Preventiva Santiago Sur (Ex Penitenciaría), por la banda chilena de country y blues Andrés Lecaros y Los Forajidos, quienes entregaron minutos de distracción a esas personas que viven el encierro en la cárcel más emblemática del país.

Con la banda reunida en la entrada de calle Pedro Montt, hacemos ingreso por los controles de seguridad, al interior, nos reciben los mozos, internos que su buena conducta les da mayores privilegios y trabajan en distintos servicios del recinto, ellos colaboran en el traslado de los instrumentos hacia el lugar donde se realizará la presentación, sin antes ser acogidos por funcionarios del Liceo de Adultos Herbert Vargas Wallis que se ubica dentro de la Penitenciaría para ofrecernos un reponedor almuerzo. Junto a gendarmes nos guían hacia la calle 5, donde los presos con buena conducta son agrupados. Para llegar ahí debemos cruzar El Óvalo, por un pasillo enrejado caminamos a paso rápido, se ven varios detenidos deambulando por el patio , nos miran con cierta curiosidad, no pertenecemos al lugar, eso está claro, y los integrantes de la banda no pasan desapercibidos, ataviados de sombreros vaqueros, Andrés con lentes oscuros y pelo largo, su hermana Sara con cabellera de un intenso amarillo, Erwin, el armonicista, de larga barba cana, Jano vistiendo chaqueta de cuero y Frank de jardinera de mezclilla cual granjero sacado de algún rincón de Nashville, Pato “Cáscara” de pantalón claro luciendo una desteñida bandera estadounidense en el muslo y Rodrigo Calderón de chaqueta y sombrero, “…Estos no pasan piola” dice un gendarme al momento de autorizar nuestro ingreso, y bastante razón tenía.

Llegamos a destino, la calle 5, ambiente dieciochero, el patio está adornado con las típicas guirnaldas de banderas chilenas plásticas que cruzan de un muro a otro, desde las que cuelgan los tradicionales copihues de papel con los colores patrios, al menos un centenar de reclusos están reunidos en el lugar, donde les han proporcionado un par de mesas de ping pong y un taca-taca, se huele a fiesta, algunos están reunidos en mesas jugando cartas, otros simplemente conversan entre ellos, pero ninguno queda indiferente al paso de la banda, observan los instrumentos, uno bromea con sacar la guitarra, nos saludan, y varios nos siguen con amables intenciones de colaborar, en el fondo del patio hay una pequeña tarima de madera – el escenario – bastante reducida para que se instalen siete músicos, pero en la cárcel, al parecer, todo tiene solución, y uno de los internos ofrece traer una tarima más, para agrandar el proscenio, y rápidamente aparece con un entablado que extiende en, por lo menos, un metro más el largo del escenario, proveen a la banda de una alfombra que cubre el entarimado y se comienzan a instalar los equipos, algunos de propiedad de los músicos  y otros pertenecientes al recinto, como la batería, un par de parlantes y una pequeña consola de sonido operada por uno de los internos.

Varios reclusos se acercan a preguntar el nombre del conjunto, curiosos también por saber que estilo de música tocaban, Andrés y Pato se mezclan entre ellos entablando conversación, la camaradería es instantánea y el ambiente se torna cada vez más afable, en ningún momento se sintió un clima hostil en el lugar. A un costado, un grupo de funcionarias serán testigos de esta presentación, y una de ellas es responsable de animar y presentar a la banda, que mientras afina detalles, en el lugar se realizan juegos criollos como carreras en saco y otros se dedican a encumbrar volantines que se alejan hacia el cielo, como la única posibilidad de extender parte de si, hacia el mundo exterior.

Cuando el conjunto ya está listo para partir, poco a poco los reclusos se van acercando al pequeño escenario, algunos se acomodan en sillas, mientras los demás se mantienen de pie atentos a lo que se viene. Al conteo de tres, la banda inicia su show con “Desde el día en que nací”, Lecaros canta: “…Me suicido esta mañana, porque estoy muerto en mi cama, ultra borracho y no me puedo levantar, mi cabeza está sangrando, mi conciencia está gritando, ya no hay merca y siento ganas de llorar…”, y las risas y palmas de los presentes comienzan a aflorar. La música de la banda, en especial su contenido lírico conecta rápidamente con la población penal que se encuentra en ese sector, el sonido no es el mejor, los equipos proporcionados por el recinto carcelario son precarios, pero eso pasa a segundo plano, y al menos se entienden las letras, empáticas con este público especial. Frank Jacket llama la atención de la gente con el banjo y la steel guitar que aporta ese sonido montañoso de Tenessee, alguien se me acerca y me hace una observación “Esto es como de los Dukes de Hazzard” me dice, lo miro y aprobando su oído le recalco que sí, ya que es música country , tradicional de la zona donde está ambientada esa antigua serie, su rostro de felicidad, y el de todos los que ahí se encontraban, inevitablemente emocionan. El show sigue y las historias de desamor, de personajes pendencieros, soledad y esperanza, se van multiplicando en cada una de esas vidas privadas de libertad. Jóvenes, adultos y ancianos conviven ahí sus culpas, pagando sus errores. Ladrones, homicidas, estafadores, etc. pero personas al fin y al cabo, los observo aplaudir, reír, bromear, algunos se abrazan, otros miran desde las ventanas enrejadas de un muro contiguo, donde se asoman calcetines y toallas colgando, mientras se escucha la armónica de Erwin, quien además golpea el pandero con el pie, él tiene su show aparte, ubicado bajo la tarima, lo aplauden y celebran.

Las funcionarias del Liceo que organiza esta fiesta, están sentadas a un costado y tampoco quedan indiferentes a la música del conjunto, sonríen con cada verso donde el lenguaje es directo. Andrés dedica “Verano sin Sol” a todos esos hombres que los han dejado sus mujeres, al igual que la despechada e hilarante “La Maraca me echó”, acompañada con las palmas en medio de las risas que se expulsan espontáneamente de esos rostros que se tornan reflexivos con “Al Amparo de tu Amor”, que con frases como “…La botella en la mesa, solo queda recordar, todas las falsas promesas que fallé, y bien se, el diablo ha actuado tanto en mi…”, ¿Cuántas de esas almas se sentirán identificadas con historias de errores  que se repiten una y otra vez en sus vidas? No lo sabremos, pero en cada uno de esos hombres hay una historia detrás, historias muchas veces escabrosas, de dolor, falta de educación, familias completas donde la delincuencia es parte de sus vidas, acechados por la muerte y la cana. “Como el Mar Azul” indudablemente les llega, y lo noto en sus gestos, miradas y la manera en que ríen al escuchar estrofas como “Un lunes, me abandonó mi esposa, por eso yo partí a la capital, al poco tiempo ahí creció una banda, y un viernes yo comencé a robar. Un lunes me reventé con merca, y en la locura a un hombre asesiné, al rato me atrapó la policía, y un viernes en la cárcel terminé. Y es que te extraño amor, te extraño en esta primavera gris, donde no hay nada hermoso como tú, solo el recuerdo que aun palpita en mí. Y en esta soledad, rodeado de odios solo quedas tu, como si fueras esa libertad, te extraño como al mar azul”, una letra que toma un real significado entre esos muros, que solo dejan ver el cielo, y los aviones de la fuerza aérea ensayando para la Parada Militar, que por segundos cortan la atención y la mayoría eleva su mirada hacia esas máquinas que rompen con su cotidianeidad.

Con “Gorditas” dedicada  a “mis mujeres favoritas”, aclara Andrés, todos ríen, se olvidan de su situación, es un momento que la música les regala, abstraerse de la rutina del encierro. Existe un feedback especial entre músicos y reos, mientras para los primeros debe ser gratificante sentir que aportan con un pequeño grano de arena en las complejas vidas de estas personas, los segundos se sienten agradecidos de que estos siete personajes les regalen su arte para sentirse más vivos, uno de ellos lo dijo hacia el final del show “Gracias por venir a sacarnos un rato de la volá”. Ese es el poder de la música y el arte en general, entrega instantes únicos en la vida de cualquiera de nosotros, la diferencia es que los que estamos fuera, vamos en busca del panorama diario, tenemos la elección a mano, y muchas veces siquiera nos detenemos a pensar en ese privilegio, lo vemos en bares, teatros, recintos culturales, festivales, etc., donde llevar público es tan difícil, porque nos sentimos cómodos en nuestras casas, frente al televisor que nos muestra el mundo a su manera, frente al computador instigando al odio o a una falsa revolución, preocupados de lo que hace el vecino y no de nuestras propias vidas. Es fácil a veces, apuntar con el dedo al delincuente común, nuestras emociones actúan generalmente desde el odio hacia el asesino, el violador, y no lo cuestiono, es natural, porque nos atacan, causan dolor, y es totalmente justo que paguen sus delitos, pero no podemos desatender las causas que provocaron su forma de vida, generalmente educados en mundos que muchos de nosotros no imaginamos.

“Este hueón debe ser mas bueno pal hueveo” expresa uno de los reclusos, refiriéndose a Andrés, yo solo sonrío, y desde el escenario el cantante y guitarrista se va comunicando con el público, les cuenta que hace años visitaba a un amigo que estuvo ahí recluido, llevándole algunas encomiendas, pero explica que no al “camaro”, término utilizado para referirse a los camarotes, todos ríen, bajo el amenazante alambrado que se encumbra varios metros sobre los muros. Un par de gatos observan desde un rincón, son parte del paisaje carcelario, y la música sigue. Lecros se dirige a los presentes y les dice “No puedo decir gracias por haber venido” y se va despidiendo “Renegado” invita a corear y a golpear palmas, Sara y Pato acompañan en las voces, la guitarra de Jano poco se oye pero la entrega se mantiene, “Un Niño Llamado Mamá”, versión castellanizada de “My Named is Sue” de Johnny Cash, nos lleva hacia el final de este especial show, la alegría inunda en esos rostros que difícilmente pueden proclamarse felices. Se acercan a los músicos, los felicitan, saludan con honesto agradecimiento, algunos piden llevarse un setlist, otro recibe un pañuelo de Lecaros, Erwin regala su pandero, en un rincón del escenario, Sara, la única mujer de la banda, es asediada por un joven corazón conquistado, ella le entrega el pañuelo que llevaba puesto, y este lo recibe prometiendo cuidarlo, se lo enrolla en el cuello y se pierde entre los demás reclusos, quienes le gritan, “¡Ahí va el Mamá!”. Todos ríen, mientras la animadora da por finalizada la fiesta, rápidamente comienza el desmantelamiento de la improvisada escenografía, se baja el telón rojo que luce la frase “Fiestas Patrias”, y los instrumentos son puestos en el carro de traslado, la misión está cumplida, regresamos de vuelta por el óvalo, los accesos a las demás calles están cerradas con solidas puertas de fierro, entre las que se agolpan los reos, con sus rostros de miradas perdidas, ansiando libertad, una que varios pierden una y otra vez, regresando a este lugar donde al parecer pertenecerán de por vida.

Continuamos la misma ruta de cuando entramos, nos controlan el timbre que estamparon en nuestros brazos al ingreso, se abren las puertas y con la banda completa llegamos a la avenida, dejando atrás a ese grupo de hombres que continuarán cumpliendo su condena en una rutina que agobia, pero conservarán en sus almas la música que los sacó de la ‘volá’,  en aproximadamente 45 minutos que fueron libres para emocionarse, para reír, para celebrar, para sentir que la vida les da oportunidades. Fuera del recinto los músicos se sienten conformes con la experiencia, cada uno sigue su camino, caminando con la libertad que otros perdieron, y con la certeza de que entregaron desde la música una buena porción de humanidad.

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